Archivo para enero 2011
Gatos
Nunca he tenido demasiada afición a los gatos. Como buenos felinos, son tipos fríos que van a lo suyo y, con la excepción de los leones, son solitarios.
Los cánidos son otra cosa: no dotados de las poderosas armas de guerra de los felinos, han basado su éxito evolutivo en la construcción de grupos sociales organizados y en la cooperación. Quizás por eso algunos de los miembros de la familia se han adaptado a la convivencia con los seres humanos, ayudándolos en multitud de tareas.
Bueno, pues eso, como decía, no tengo especial predilección por los gatos, y me refiero a los “gatos domésticos”. Todos ellos, unas 30 razas actuales, descienden de la subespecie norteafricana del gato montés -Felis silvestris libyca- y, aunque se pensaba que fueron domesticados por primera vez en Egipto (¡buena suerte a los hermanos egipcios en su búsqueda “a la tunecina” de una vida mejor!) hace cuatro o cinco mil años, el hallazgo de restos de gatos en excavaciones en Chipre, donde no hay gatos monteses, con una antigüedad de seis mil años, hace que ahora se crea que llegaron allí por mar junto con colonizadores humanos y que los pueblos del Mediterráneo capturaban y domesticaban gatos monteses desde muy antiguo. Ahora no sólo se trasladan en embarcaciones,
y aprovechan la protección de esos modernos medios de transporte para resguardarse del viento invernal y calentarse adecuadamente.
Claro que ésto, lo de calentarse, es una afición que no depende del lugar de nacimiento.
También les gusta explorar y conocer nuevos territorios lo que, a veces, les causa alguna que otra complicación.
A pesar de su depurada estética,
y de su aspecto relajado, aunque alerta,
no podemos olvidar que se trata de depredadores especializados, y el haber sido llevados por nosotros a todas partes los convierte en especies introducidas invasoras, con graves consecuencias para la fauna local. En Estados Unidos, se ha estimado que los aproximadamente 100 millones de gatos (60 caseros y 30-40 millones asilvestrados) cazan anualmente más de mil millones (sí, mil millones) de pequeños mamíferos y 200 millones de aves (Coleman el al., 1997. ‘Cats and wildlife: a conservation dilemma’), siendo responsables de la extinción de varias decenas de especies en todo el mundo. Así que, cuando nos parezca que son ‘lindos gatitos’ que comparten amigablemente el territorio con otros animales, aparentemente sin consecuencias,
hemos de recordar que tras esa mirada despierta se esconde un refinado cazador dispuesto a encontrar comida donde haga falta.
En el jardín de debajo de casa hay un grupo de gatos bastante numeroso -en algunas épocas llegan a ser 14- que son un poco como leones por su tendencia al gregarismo. Están bastante gordos y saludables ya que, además de lo que cazan, entre los vecinos existe la costumbre de echarles restos de comida que devoran con entusiasmo. A pesar de que a veces te miran de una forma un tanto inquietante,
y de todo lo que he comentado antes de su lamentable influencia en las poblaciones locales de pájaros y micromamíferos, he de confesar públicamente que el otro día, cuando limpiaba unas pechugas de pollo para hacer un curry (por cierto, me salió buenísimo), les eché los trozos de grasa eliminados. Duraron escasos segundos en el jardín y ellos, insaciables, seguían buscando y mirando hacia arriba esperando más comida. Prometo no volver a hacerlo.
Las fotos han sido hechas con una cámara Nikon D-700, con objetivos Nikon AF Nikkor 50mm 1:1.8 D y 180mm 1:2.8 D, salvo la de las leonas y la de Jara que las hice con una cámara analógica Nikon F-2 y objetivos Nikon de 300 y 50 mm, respectivamente; la del gato sobre el coche rojo hecha con la cámara de mi teléfono móvil, y la del gato inglés y la del de Ochagavía, que fueron hechas con una Nikon D-200, con objetivo Nikon AF-S Nikkor 18-200 mm 1:3.5-5.6 GED.
¡Viva Túnez!
De pequeño, cuando me quedaba a dormir en casa de mis tíos Mari -hermana de mi padre- y Tino, me encantaba jugar con mi primo Miguel Ángel, de mi misma edad, a un juego de estrategia que se llamaba “Grandes Batallas”, en el que se planteaban batallas entre romanos y cartagineses como las que los enfrentaron en las guerras púnicas, sobre todo en la segunda, en la que el general Aníbal, nacido en Cartago el 247 antes de cristo, salió de Cartagena en el año 218 a.c., entrando en la Península Itálica tras cruzar los Pirineos y los Alpes con un gran ejército que incluía, al principio del viaje, a 38 elefantes. Los dos queríamos ser cartagineses, aunque entonces no teníamos muy claro que, en realidad, queríamos ser tunecinos.
Muchísimos años después de aquellos juegos, Túnez fue el primer país del Magreb que visité, en septiembre de 2006. En ese viaje estrené mi primera cámara fotográfica digital. Y también nuestro primer -y único hasta ahora- viaje organizado. Muchas primeras veces como para no sentir un cariño especial por el país de Aníbal, el héroe de la infancia.
El viaje consistía en una estancia de una semana, durante la primera parte de la cual éramos transportados en un autobús que iba recorriendo lugares turísticos -llenos de belleza- depositándonos al final del día en hoteles más o menos lujosos,
sin haber podido charlar -y poco- más que con los vendedores de recuerdos o los guías que nos acompañaban o nos esperaban en los sitios a visitar.
El resto de la semana nos colocaron en un hotel de playa, cerca de Hammamet, desde donde, con un coche alquilado pudimos visitar algunas ciudades más y acercarnos algo más al Túnez de los tunecinos. En el recorrido por la franja central y la esquina nororiental del país, pasamos por el impresionante anfitetaro romano de El Djem, el cuarto más grande del mundo,
por ciudades a las puertas del desierto, en las que apenas tenemos una hora libre y nos bajan del autobús en el sitio adecuado para comprar todos los productos imaginables para turistas
por viviendas trogloditas con diversos usos,
o por increíbles oasis de montaña
También adivinamos el desierto,
por cuyo borde damos un turístico y breve paseo en dromedario,
que no es el único sistema de transporte utilizado habitualmente.
Por la carretera se ven vendedores de fruta,
y, en determinadas zonas, de gasóleo, según dicen pasado de contrabando desde la vecina Argelia.
En las zonas que visitamos parece prevalecer la sensualidad oriental sobre el rigorismo integrista
y, aunque se ven mujeres vestidas al estilo tradicional -no vimos ninguna con la cara cubierta-
también son habituales las que visten más a “la occidental”,
o completamente a “la occidental”.
Los hombres parecen ser los encargados mayoritarios de las tareas “públicas”, como vender y comprar en el mercado,
o sentarse en las terrazas de los bares,
y se ven frecuentes grupos de hombres jóvenes con aspecto de desocupados, como los que han iniciado la actual revolución.
Vimos algunas mezquitas importantes desde fuera, como la Gran Mezquita de Kairouan, o mezquita de Uqba, construida por primera vez el año 670 y declarada Patrimonio de la Humanidad,
o la de Ez Zitouna, en pleno zoco de la capital Tunis (o Túnez); curiosamente, las dos veces llovía.
Algunas escenas me recordaron a mi propia infancia,
y las medinas de las ciudades que vimos están llenas de rincones evocadores, ya sea en Kairouan,
en Sidi Bou Said,
o en Hammamet.
Aunque hemos visto algunas puertas cerradas,
por todas partes se ven puertas entreabiertas ligeramente,
aunque sea cubiertas por leves visillos,
o francamente abiertas
por donde han entrado los vientos de cambio que están arrastrando las nubes de la dictadura.
Como ciudadano que ha vivido bajo una dictadura que experimentó una transición pacífica a un régimen democrático, sólo puedo desear a los hermanos tunecinos toda la suerte del mundo en el apasionante viaje que están comenzando, de forma que lo que ahora se mira con inquietud y curiosidad
se viva rápidamente como un proceso alegre y lleno de libertad con un final feliz para todos los habitantes del país.
Las fotos fueron hechas con una cámara Nikon D-200, con objetivo Nikon AF-S Nikkor 18-55 mm f3.5-5.6 que, en este su primer trabajo, sufrió un fuerte golpe que lo dejó maltrecho, motivo por el que algunas fotos tienen una especie de neblina o un cerco negro por las esquinas.
Fin de año en kayak
Teniendo en cuenta que el embalse del Pontón Alto, ubicado al lado de La Granja y a escasos 15 minutos de mi casa en Segovia, se había llenado al deshacerse las primeras nieves caídas en la sierra de Guadarrama, el 31 de diciembre decidí que estaría bien terminar el año remando, así que cargué mi kayak Kodiak en la baca del coche y me dirigí a media mañana a la zona de embarque, junto al puente de Segovia.
El embalse se forma represando el río Eresma que, despues de reunir las aguas de varios arroyos de la ladera norte de la sierra de Guadarrama, atraviesa el pinar de Valsaín y se dirige hacia el norte rodeando la ciudad de Segovia, siguiendo su camino hasta desembocar en el río Adaja cerca de Matapozuelos, poco antes de que éste se diluya en el padre Duero junto al pequeño pueblo de Villanueva de Duero, en las proximidades de Tordesillas. Antes en el Eresma, en las proximidades de La Granja, y ahora en el propio embalse, también vierte sus aguas el Cambrones, tras nacer cerca del puerto de Malangosto y formar las espectaculares Calderas.
La mañana, aunque templada para la época, estaba muy oscura,
y ya desde antes de embarcar llovía de forma suave.
Como siempre, tras remar aproximadamente el primer kilómetro, giré en dirección este dirigiéndome hacia la desembocadura del río Cambrones y, como muchas veces ocurre en invierno, encontré una zona bastante grande en la que, a pesar de la buena temperatura, todavía quedaba bastante superficie de agua cubierta de hielo. Rompí un canal con el kayak en el hielo fino y salí de nuevo a aguas libres antes de que hubiera algún problema.
Sin más complicaciones, más que alguna parada para quitarme-ponerme una sudadera bajo el chubasquero, llegué a la desembocadura del Cambrones donde la estrechez del cauce y la cantidad de ramas bajas de sauces hace que me sea muy difícil maniobrar con los más de 5 metros de mi Kodiak, así que reculé y volví al tramo del embalse -que yo llamo ‘el ramal del Cambrones’- que constituye un estrecho brazo que discurre en dirección este desde el cuerpo principal del embalse.
Ya de vuelta, remando cerca de la orilla norte del ramal, pude pasar por uno de los “shallows” (zonas de muy poca profundidad) que me sirven para medir el nivel del embalse: si puedo pasar por ellos remando es que el agua ha alcanzado su nivel máximo; en cuanto éste baja un poco ya no es posible cruzarlos en el kayak.
Un poco más hacia el oeste, antes de llegar a la salida del ramal, ví otro tramo con hielo pegado a la orilla norte; como no ocupaba demasiada superficie y tenía una fina capa de agua por encima, producto del deshielo que se estaba produciendo, no varié el rumbo pensando en cruzar por encima abriendo un canal con el peso del kayak. Cuál no sería mi sorpresa cuando, sin apenas darme cuenta, me encontré atrapado por un hielo bástante más grueso de lo que había imaginado. Por el lado norte, el más cercano a la orilla, ni siquiera podía romper la capa de hielo golpeando con el remo de canto; sin pensar en sacar la cámara de fotos de la bolsa estanca para “inmortalizar” el momento, me apliqué a romper el hielo en el lado sur del kayak y a todo lo largo de éste. Finalmente, dando paladas de lado por la zona liberada pude sacar el kayak del hielo y, con un resoplido de alivio, seguir remando.
Iniciando la vuelta hacia el sur siguiendo la orilla occidental del embalse, se podía ver la sierra cubierta por unas nubes muy negras.
Cuando hay agua suficiente suelo cronometrar lo que tardo en remar ese tramo del embalse, de algo más de kilómetro y medio. Nunca he conseguido hacerlo en menos de diez minutos, aunque desde 2004 siempre lo hago en menos de 12 minutos, casi siempre en menos de 11. Además de la forma en la que esté el remero, el tiempo empleado depende de que el agua esté más o menos movida, de la presencia o no de viento, de detalles de la técnica de remado y de la ruta más o menos recta que consiga trazar.
De forma casi repentina salió el sol, proporcionando bonitas imágenes en el agua.
En las cercanías de Santa Cecilia pasé por el otro “shallow” que menos veces se puede cruzar, mientras una pareja de azulones se dirigía al agua con parsimonia.
Finalmente, tras cerca de tres horas de remo, un montón de azulones, una docena de cormoranes y una gaviota reidora (sin noticias ni de exóticos falaropos ni de comunes zampullines chicos), salí del agua, subí el kayak a sus ruedas de transporte y me dirigí de vuelta a casa esperando que no pase mucho tiempo antes de volver a remar.
Todas las fotos han sido hechas con una cámara Nikon D-700, con un objetivo Nikon AF Nikkor 50mm 1:1.8 D.




























































