Archivo para febrero 2012
Cinco ciudades marroquíes: 2. Fez
Sobre la hora de comer llegamos a Fez, tercera ciudad de Marruecos, con alrededor de un millón de habitantes. Nos instalamos en un hotel en la zona moderna de la ciudad que, al menos en la parte por la que nos movemos, no tiene demasiado interés, más allá del “antropológico” de ver las terrazas de bares y caferterías atestadas de hombres -sólo hombres- que pasan las horas sentados observando a quienes pasan por la calle.
Enseguida nos vamos a Fez el-Bali, la zona antigua intramuros, lo que nosotros llamamos “medina”, palabra árabe que significa ciudad. Accedemos a ella atravesando una de las puertas de la muralla: Bab Boujeloud.
Fuera se quedan los coches, dentro es territorio de los peatones, no en vano esta medina está considerada como la mayor zona peatonal del mundo. El transporte se confía a mulas, pollinos y motos, únicos “vehículos” capaces de moverse en el laberinto de más de 9.200 calles, callejuelas y callejones -muchos sin salida- en el que viven, en el sentido más rotundo de la palabra -incluyendo el vertido de toda suerte de desperdicios a las fétidas a guas del río que abastece a las curtidurías- más de 300.000 personas.
Aunque a veces se encuentra alguna zona más ancha,
en lo profundo de la medina apenas es posible cruzarse con los pobres equinos que pasan su vida cargados y sin pisar la hierba.
La tipología urbana es variada y, junto a callejones un poco sórdidos,
apuntalados
y poco transitados,
hay calles techadas llenas de pequeñas -algunas increiblemente pequeñas- tiendas,
puertas que se atraviesan para acceder a patios con más tiendas,
y hasta un gran espacio, la plaza de Sid Laaouad, en la que tomarse un respiro sentados en las gradas que hay en una de sus esquinas, mientras asimilamos todo lo visto, olido, gustado, oído y tocado en el interior de la medina y nos preparamos para volver de nuevo a la falta de espacio.
Sería fácil recurrir al tópico de “ciudad medieval”, “vuelta al pasado” y expresiones similares empleadas habitualmente al referirse a esta ciudad-dentro-de-la-ciudad que es Fez el-Bali, y por más que estemos tentados de hacerlo al ver sus famosas curtidurías desde una de las terrazas de las tiendas de artículos de cuero a las que subimos los turistas, ansiosos del espectáculo del trabajo durísimo que allí desarrollan unos cuantos hombres,
al ver el escurrido de la lana recién teñida,
o al pasear por la plaza as-Seffarine, lugar de trabajo de los caldereros,
no tendremos más remedio que salir de esa extraña “ensoñación aventurera” al ver cómo quienes viven aquí utilizan las herramientas propias del siglo como en cualquier otra parte ,
y habremos de convenir en que las diferencias son sólo circunstanciales,
de gustos,
o de modas.
Hasta los mercadillos de ropa son igualitos que los nuestros, estando una vez más la diferencia basicamente en los usos en el vestir, que pueden ser menos,
o más radicales.
Se trata, en cualquier caso, de que alguien compre lo que alguien vende, y ya sea menor
o mayor el tamaño del local,
la profusión de comercios en la medina es absolutamente abrumadora.
Aquí, como en cualquier otra ciudad de clima hospitalario, los niños juegan en la calle
y miran con curiosidad a los turistas.
Tenemos una extraña experiencia cuando una chica joven, que resulta ser una maestra, nos mete en su minúscula escuelita en la que hay cinco niñas y dos niños, saca a una de las niñas al centro para que cante ‘Frère Jacques” y a continuación nos pide dinero.
En la medina, cuya auténtica dimensión sólo se puede apreciar desde alguna de las terrazas que se elevan sobre los callejones,
también hay lugares en los que refugiarse del tumulto, y son habitualmente establecimientos religiosos, como la gran mezquita de Kairaouine (Quaraouiyyine), cuyo interior -vedado a los no musulmanes- sólo podemos atisbar desde la puerta entreabierta,
o la madrasa (medersa) de Bou Inania (Bouananiya), donde sí podemos entrar. Es un auténtico remanso de paz en el que disfrutar del silencio, el trabajo de azulejos, estuco y madera y los vencejos y cernícalos que pasan atravesando el rectángulo de cielo que se ve desde el patio (hablando de cernícalos, hay una colonia de cernícalos primilla (Falco naumanni) en el minarete de la mezquita Er Rcif, compuesta por un mínimo de cuatro parejas).
Aquí, algunos hombres leen textos sagrados que, como los de todas las religiones, no parece que hayan enseñado el camino de la paz, la solidaridad, la justicia y ese tipo de valores tan poco de moda.
Afuera sigue la increíble actividad de la medina, que no se detiene ni de día ni de noche (al menos en nuestras horas de actividad crepuscular). Así, el trajín de gente que atraviesa Bab Mahrouk -otra de las puertas de la muralla- es contínuo,
aunque al menos parte de la colonia de vencejos reales (Apus melba) que anida en los mechinales de la muralla sí se toma un respiro con la caída del sol.




































