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Galápagos, 6ª parte: viaje a la isla Plaza Sur
Esta mañana, cuando voy a desayunar a mi banco de los últimos días, antes de que venga a recogerme un microbus para hacer la excursión que he contratado, las calles están muy tranquilas
aunque ya hay negocios abiertos.
Quiero ver iguanas terrestres, y uno de los mejores sitios para hacerlo es en la isla Plaza Sur, al nordeste de Santa Cruz. Hay que ir obligatoriamente en una excursión organizada, así que no tengo más remedio que renunciar a la soledad; a pesar de que el precio total (incluido microbús, lancha, guía y comida) es de 120 dólares, más 5 dólares por el alquiler del equipo de buceo, es de las excursiones más asequibles y populares de las que se pueden hacer aquí. El plan es ir por carretera hasta el canal Itabaca, y desde allí navegar las casi 11 millas náuticas a las que se sitúa la isla (unos 20 kilómetros), ubicada a menos de 400 metros -en su punto más próximo- de la costa nororiental de Santa Cruz.
Tras alcanzar Santa Rosa (¡qué cómodo y rápido me ha resultado hoy el viaje!), se incia el largo descenso hasta el canal por una carretera absolutamente recta, que atraviesa grandes extensiones de palo santo, Bursera graveolens, un árbol que pasa sin hojas la mayor parte del año hasta la llegada de la estación lluviosa. Al llegar al canal nos embarcamos en una lancha. El grupo lo componemos 9 estadounidenses, una pareja de argentinos con una explotación agropecuaria en la zona de Mendoza y yo, además del capitán, dos tripulantes y el guía autorizado, Jaime Navas. Como es habitual, la lancha se mueve un montón (para disgusto y mareo de la señora argentina) a pesar de que vamos bastante despacio. Durante la hora y media de travesía vemos una ballena piloto, piqueros de Nazca, petreles de las Galápagos, gaviotines de cabeza blanca y unos pequeños paíños que a veces parecen andar sobre el agua.
La lancha atraca en el estrecho canal que separa las dos islas Plaza, la norte y la sur. Recorremos en una zodiac y en dos grupos los escasos metros que nos separan del precario embarcadero de la isla Plaza Sur, nuestro destino. Esta isla, la mayor de las dos, llega escasamente a los 1.100 metros de longitud, y en su parte más ancha mide 200 metros. Nada más desembarcar vemos a las primeras y preciosas iguanas terrestres, Conolophus subcristatus,
alguna de las cuales parece mirarnos con curiosidad.
Allí mismo también hay gaviotas de cola bifurcada, Larus furcatus, tanto adultos como inmaduros,
y, por supuesto, leones o lobos marinos de Galápagos.
Antes de alejarnos del embarcadero observamos una escena un tanto sorprendente: una iguana terrestre, que cuando adultas son básicamente vegetarianas, está comiendo del cadáver momificado de otro miembro de su especie.
Nos dirigimos hacia la parte sur de la isla por una estrecha senda que dicurre entre grandes opuntias y matas de Sesuvium edmonstonei, planta endémica del archipiélago que adquiere unos fantásticos tonos rojos y naranjas en la estación de la garúa, ahora.
La fachada meridional es un impresionante acantilado, desde el que se ve la cercana isla de Santa Cruz cerrando el horizonte por el oeste.
Mirando hacia atrás -hacia el norte- se divisan las isla Plaza Norte, la más cercana, y de nuevo Santa Cruz, con el suelo en primer plano cubierto de matas de Sesuvium con sus cálidos colores contrastando con el cielo encapotado;
nunca he estado allí, pero esos colores me sugieren la imagen de pastizales de la tundra ártica.
Caminamos hacia el este por un sendero que recorre el borde sur de la isla. En un saliente de la costa, una solitaria opuntia vigila el mar que se agita contra los acantilados,
mientras algunas gaviotas de cola bifurcada descansan entre el matorral de Sesuvium,
otras lo hacen a descubierto, sobre las rocas que forman el borde superior del acantilado,
y algunas parejas de individuos de distintas especies comparten el espacio sin ningún problema de competencia, como una iguana terrestre y otra marina (en esta isla se encuentran algunos híbridos de ambas especies),
o un piquero de Nazca y una gaviota de cola bifurcada.
Otro piquero espera el momento oportuno para salir a pescar, en un tramo lleno de espesas matas de Portulaca oleracea,
desde donde se divisa un islote, de nombre desconocido para mí, y que a buen seguro albergará más muestras de esta apasionante fauna.
Llegamos a un sector del acantilado en el que los jóvenes leones marinos machos se retiran a descansar y a comer, después de haber sido derrotados por los machos dominantes en sus luchas por controlar los harenes de hembras, que se instalan en la parte norte de la isla, con un acceso al mar mucho más cómodo, ya que no tienen que “escalar” las decenas de metros que aquí los separan del agua. Mientras llegan tiempos mejores, se entrenan para futuras peleas serias
Llegando al extremo sudoriental de la isla, tenemos ocasión de comprobar la fuerza del mar, y eso que hoy no está especialmente revuelto.
Ya de regreso, pasamos por una zona de rocas y abundante matorral de Portulaca. En un momento dado, una iguana terrestre corre -en el sentido “iguánico” del término”- para subirse a una roca y quedarse de nuevo totalmente quieta.
Alcanzamos así la zona de la costa norte donde están los machos dominantes de lobos marinos con las hembras y sus crías. Un enorme macho, reconocible además de por el tamaño por el abultamiento en la parte frontal de su cabeza, descansa en las rocas de la orilla.
De repente, la paz se altera y la tensión se masca en el ambiente. Se produce una extraña agitación, y mientras algunas hembras con crías corren para alejarse del agua
algunos lobos se lanzan a ella y nadan en grupos apretados tras los dos tiburones de Galápagos, Carcharhinus galapagensis, que acaban de aparecer en escena y nadan arriba y abajo a escasa distancia de la costa, en una típica acción de caza esperando que alguien cometa un error y se convierta en su próxima comida.
De nuevo nos separamos brevemente de la orilla para cortar hacia el embarcadero; las iguanas terrestres siguen estando por doquier, una comiendo un trozo de la subespecie de opuntia que se encuentra en esta isla, Opuntia echios echios,
especie de la que un impresionante ejemplar nos despide de las horas disfrutadas aquí.
De regreso hacia el canal Itabaca, comemos a bordo; después, mientras todo el mundo dormita mecido por los balanceos y saltos de la lancha, voy hablando en popa con Jaime, el guía. Tras charlar de la fauna de las islas, la conversación deriva hacia el turismo y sus posibles impactos y excesos, y me cuenta que él compró hace un par de años una lancha parecida a ésta y la acondicionó para hacer este tipo de excursiones; sin embargo, por una reciente ley, no la puede utilizar ya que dicha norma, promulgada para controlar el excesivo desarrollo turístico que supondría matar a la gallina de los huevos de oro, establece que sólo pueden organizar y hacer excursiones aquellos que ya tuvieran licencia en vigor antes de determinada fecha, creo recordar que antes de 2008. A pesar de lo que eso supone para su trabajo, Jaime dice no estar en contra del presidente Correa ya que, por otra parte, su hija disfruta de una beca del gobierno de 10.000 dólares anuales para estudiar medicina en Estados Unidos.
En la radio de un taxi de Quito oí una noticia sobre una norma similar aplicable precisamente a los taxis de Quito, que se cuentan por miles, en un intento por organizar el sector; lo curioso fue que la noticia la dio un locutor cuyo nombre apunté por original: Saturno Colmenares; consultado en casa, resulta que el único que responde por ese nombre es un locutor de la cadena BBN, ¡Red de radiodifusión bíblica! que, presente en 13 países centro y sudamericanos, tiene una emisora en Quito y en cuya web hay una pestaña en la que te explican nada menos “cómo ir al cielo”.
En Punta Carrión a la entrada de Itabaca, unos cuantos hacemos “esnórkel” disfrutando de la gran diversidad de peces presentes, aunque a diferencia de lo que ocurrió en el islote Tintoreras, no hay ni tortugas ni lobos. Eso sí, en la pared sur de la isla de Baltra, que flanquea el otro lado del canal, hay unas cuantas fragatas con sus bolsas gulares flojas, como globos pinchados, y un jovenzuelo en el que destaca su enorme pico. Nos miran, con escasa atención, mientras buceamos.
De vuelta a Puerto Ayora en el microbús, de nuevo atravesamos las grandes zonas de palo santo en una interminable recta de más de veinte kilómetros, por la que todos vamos sumidos en nuestros pensamientos o hablando en parejas en voz baja.
Esta es mi última noche en el paraíso. Como en las dos anteriores, voy a cenar al Isla Grill, donde me tratan como si fuera de la familia; desde la primera vez, al terminar de cenar me invitan a un chupito especialidad de la casa: licor de caña (algo más fuerte que el ron, según me explican), zumo de maracuyá, azúcar y hielo picado, sencillamente espectacular. Al salir de cenar, tras la correspondiente despedida, paseo por el muelle con la marea bajísima: una garza de la lava hace su ronda pescando entre las rocas, mientras los cangrejos zapaya comisquean cogiendo briznas de alimento con sus maxilípedos como si fueran manitas.
De vuelta al hostal, en la calle Islas Plaza, una garza nocturna de corona amarilla, Nyctanassa violacea, camina lentamente por la acera cazando insectos. De repente me acuerdo de que en un momento de la conversación con Jaime esta tarde en la lancha, éste me pregunta por mi profesión y, cuando le contesto que soy biólogo, me mira fijamente y me dice: “Entonces estás donde tienes que estar“. Y tiene razón.
Galápagos 5ª parte: en bici buscando tortugas gigantes
En la ya lejana mañana del 16 de junio, paseando por la Plaza Grande de Quito y sus alrededores, donde se celebraba algún tipo de concentración ciclista,
me entraron unas ganas irrefrenables de montar en bici, ya que desde noviembre pasado apenas lo había hecho dada la gran cantidad de tiempo dedicada a preparar las clases del máster.
Durante el atardecer en Isabela, mientras montaba el trípode y esperaba que la luz se desvaneciera casi por completo, la vista de un ciclista por la playa no hizo sino aumentar dichas ganas,
a lo que también contribuyeron algunas bicicletas encontradas en Puerto Ayora, que pasaron inmediatamente a engrosar mi colección de fotos de bicis.
Esto, unido al deseo de ver tortugas en su ambiente, produjo la consecuencia lógica: alquilaría una bicicleta para ir al interior de la isla a buscar tortugas. Seleccioné entre las muchas agencias que organizan excursiones una que alquilara bicicletas buenas cerca de mi hostal, pregunté el precio y me fui a cenar a uno de los comedores populares de la calle Charles Binford. Antes de las 11:30 estaba en la cama deseando que amaneciera.
Por la mañana, tras mi habitual desayuno rodeado de cangrejos, iguanas y aves de diversas especies, fui a formalizar el alquiler para iniciar la excursión; como la agencia seleccionada estaba cerrada -todavía no eran las 8 de la mañana- me fui a otra cercana que sí estaba abierta. Las bicis tenían peor aspecto que las que había visto, pero como no quería esperar pagué los 15 dólares del alquiler por todo el día, dejé el carnet de identidad, cogí la bici que me pareció más adecuada a mi tamaño y salí a la calle. Cuando iba a marcharme descubrí con sorpresa que a la bici le faltaban el pedal y la biela izquierdos. Cambio de bici entre las excusas del dueño “Pero si las reviso todos los días“.
La segunda bici no tenía freno en la rueda trasera. La tercera no tenía freno en la rueda trasera. La cuarta no tenía freno en la rueda delantera. Sin mediar palabra, el propietario me devolvió el dinero y el carnet mientras murmuraba que no sabía cómo decir que sus empleados trabajaran bien y yo pensaba en el tiempo que llevarían esas bicicletas sin usarse.
Afortunadamente, en ese rato ya ha abierto la agencia que yo quería, así que recojo una estupenda bici, pago y me largo. La salida de Puerto Ayora por la avenida Baltra es un poco apestosa ya que el pavimento está hecho con unas baldosas grandes, octogonales, que están medio sueltas y con los bordes rotos, así que los botes son continuos, y además van aderezados por el humo que echan los buses, taxis y demás vehículos. La carretera, que discurre en dirección norte hasta llegar a la pequeña localidad de Bellavista, como es lógico saliendo del nivel del mar y dirigiéndose a la parte alta de la isla, es una cuesta arriba prácticamente continua, lo que unido a mi baja forma y a que sudo copiosamente desde el primer kilómetro hace que la excursión no sea demasiado placentera. Además, al poco de salir de Puerto Ayora, ha empezado a llover a cántaros
así que de vez en cuando, cuando la lluvia arrecia más de lo razonable, me refugio bajo alguna de las muchas precarias paradas de autobús que jalonan la carretera,
donde intento escurrirme un poco. También aprovecho mientras estoy a cubierto para limpiar las gafas, que tengo que llevar quitadas por el agua, y ponérmelas un rato para disfrutar del paisaje que se extiende a los lados de la carretera.
Finalmente llego a Santa Rosa, a unos 20 kilómetros de Puerto Ayora. Pregunto a una pareja joven que acaba de recoger a su hijo pequeño a la salida del colegio por dónde se va a la reserva ‘El Chato’, me dicen que el camino empieza en la primera calle a la izquierda y, cuando les pregunto si se tarda mucho en llegar, me contestan que depende, que ahora tendré casi cuatro kilómetros y medio de bajada y a la vuelta los tendré de subida. Efectivamente, en la esquina encuentro un cartel que anuncia la reserva a 4,4 kilómetros y allí mismo empieza una bajada con tramos de desnivel muy fuerte. Ya no hay asfalto, el piso está embarrado y a ratos es de piedra volcánica machacada y muy suelta, así que tanto la bici como yo llegamos abajo perdidos de barro: llevo pantalón corto y sandalias, que me he puesto esta mañana con la vana intención de que se me secaran un par de pequeñas heridas del pie izquierdo que no terminan de cerrarse.
Lo único que hay allí es un cartel anunciando la llegada a la reserva de tortugas gigantes ‘El Chato’. Ato la bici a un árbol, escojo una de las varias trochas llenas de agua y barro que se adentran en el bosque
y, entre continuos resbalones, me interno en el silencio y la penumbra.
Aquello parece una auténtica jungla mesozoica en la que podrían aparecer dinosaurios en cualquier momento. Y así es. De repente, veo a la primera tortuga. Es grande, no tanto como las del centro de cría de la ciudad, pero enorme para los estándares europeos: el caparazón, medido por su línea medio dorsal, tendrá unos 90 centímetros. Es un ejemplar de Chelonoidis nigrita, la especie que vive en la isla Santa Cruz y cuyo estatus de conservación es vulnerable, según la IUCN.
En esta selva verde, nublada, húmeda y oscura comienzo a hacerla fotos relajado y emocionado a la vez. La miro, disparo, la miro, disparo. Es un momento indescriptible hasta que, cuando llevo un buen rato observándola con los prismáticos, de lejos y apoyado en un árbol, empiezo a notar unos pinchazos tremendos en pies y piernas, y es que se me han subido montones de hormigas minúsculas que se me quieren comer literalmente, ajenas a la diferencia de tamaño y fiándolo todo a la superioridad numérica. Se trata de Solenopsis geminata, una de las especies de hormigas de fuego, según me explicará meses más tarde Víctor Carrión, experto del Parque Nacional Galápagos; (en el mes de septiembre conoceré a una chica holandesa que hace aquí su tesis doctoral sobre diversas especies de hormigas de fuego, especies invasoras que suponen una seria amenaza para la fauna local). Me froto con fuerza y me cambio de sitio, acercándome a la tortuga que,
mientras tanto, ha girado a la izquierda apoyándose sobre su pata trasera derecha, y camina lentamente. Cuando estoy cerca se detiene, recoge parcialmente el cuello y la cabeza dentro del caparazón y, para mi sorpresa, emite un fuerte resoplido en un tono que, a no ser porque la estoy viendo, resultaría absolutamente amenazador.
Sigo caminando por este universo cerrado y soliario
hasta que me encuentro con una pareja de ecuatorianos jóvenes, llevando él un niño a la espalda en una mochila. Me preguntan si he visto un coche en el lugar por el que he accedido a la reserva y, al decirles que no, se van por otra trocha después de que intercambiemos información sobre las tortugas vistas. No los vuelvo a ver -ni a ellos ni a nadie más- así que supongo que finalmente habrán conseguido salir a donde quiera que hubieran dejado el coche. De vuelta en casa, me enteraré de que desde el Parque Nacional Galápagos se recomienda encarecidamente visitar esta reserva con guía autorizado, dado que es muy fácil perderse; de hecho, en los últimos tiempos se han perdido dos personas, una de las cuales murió antes de que pudieran encontrarla.
Afortunadamente, yo no me pierdo y sigo encontrando tortugas, la segunda de ellas en un claro.
Estira el cuello como para no perderse detalle,
aunque cuando me acerco para poner mi pie a su lado y poder tener una perspectiva de su tamaño
desaparece dentro de su caparazón tras los habituales resoplidos.
Continuo el fantástico paseo
y, a pesar de los resbalones por los que rompo las tiras de las sandalias que sujetan los tobillos, disfruto con una intensidad difícil de explicar. Las dos siguientes tortugas que encuentro están cerca la una de la otra: la primera con pegotes de barro en el caparazón,
y la segunda con el caparazón impoluto.
Hasta ahora, las cuatro que he encontrado son de un tamaño similar, cercano al metro de longitud mediodorsal, pero la quinta, también cerca de estas dos, es mucho más grande.
Está metida en un charco, comportamiento que los expertos en quelonios interpretan como una posible actividad de termo-regulación o, más probablemente, como una forma de librarse de garrapatas y otros parásitos externos. Sea como fuere, el cuello y la cabeza de esta gran tortuga, que parecen salir directamente del barro sin relación con el caparazón que está encima, me sugieren poderosamente la imagen de una anaconda que estuviera agazapada en el hueco bajo el caparazón.
Cuando paso junto a ella intentando no caerme en su charco, la visión se desvanece y ya sólo me da la impresión de que me mira de reojo esperando que la deje en paz con su lodo.
Un rato más tarde, con gran pena, decido darme la vuelta. Ha pasado más de media hora desde la hora tope que me había puesto para volver, teniendo en cuenta todo lo que me falta y que no sería muy sensato ir por la carretera sin luces y de noche. Pero claro, en el camino de regreso sigo encontrando estas maravillas vivientes, y ¿quién se resiste a hacer una foto más?
¿y otra, un poco más cerca?
O, ya puestos ¿por qué no tirarse un poco al suelo para hacer un primer plano de esa impresionante pata?
Las últimas que veo son dos que comen juntas, aunque no tengo ni idea de si estarán juntas de forma voluntaria y activa, o es que la casualidad hace que sus caminos se hayan cruzado momentáneamente.
Como no sabía que era tan fácil perderse llego a la bici sin dificultad, y eso que, con lo que ha cambiado la luz y mi ensoñamiento permanente, paso por sitios que me resultan completamente desconocidos. Antes de abandonar este maravilloso lugar me miro los pies tras las horas de caminata por los barrizales….
Mientras hago los 4,4 kilómetros de subida hasta Santa Rosa prácticamente enteros andando con la bici a mi lado, voy pensando en las tortugas y en sus larguísimas y, al menos aparentemente, tranquilas, lentas y aburridas vidas y en que los animales más activos y dinámicos viven mucho -o muchísimo- menos tiempo. ¿Será el aburrimiento el secreto de la longevidad? ¿Se acortarán las vidas -las nuestras incluidas- con el incremento de la actividad y las experiencias acumuladas?
A mitad de la subida me cruzo con dos taxis con unos cuantos turistas estadounidenses; esa debe ser la forma normal de llegar aquí, mucho más para personas de mi edad. Paran a mi lado y, mientras me miran como si fuera un pordiosero, uno de los conductores me pregunta si he visto tortugas y, al explicarle más o menos dónde las he visto, salen corriendo como alma que lleva el diablo, dejándome de nuevo a solas con mis reflexiones existenciales y mis juramentos dedicados a la cuesta. Cerca de Santa Rosa vuelve la lluvia con una intensidad cercana al diluvio, así que, cuando por fin llego al pueblo y empiezo la vuelta a Puerto Ayora, casi todo cuesta abajo, es un auténtico alivio. Voy rapidísimo todo el camino y, excepto unas pequeñas subidas que hago con el plato grande, la bajada es continua.
Paro en Bellavista a comprar y beber un refresco en una tiendecita regentada por una pareja mayor, en la que están descargando un montón de grandes pollos congelados. El hombre los va poniendo en un barreño de plástico que cuelga de una báscula y la mujer apunta en un cuaderno las libras que pesan. Dejo la lata de bebida en el mostrador un momento, sin darme cuenta de que tiene la base completamente abollada, de manera que se vuelca encima del cuaderno; la levanto rápidamente, y quito el resto de líquido de la página con las cuentas y, cuando la mujer me mira con cara de pocos -muy pocos- amigos, le enseño la lata deformada que me acaba de vender, como diciendo “No ha sido culpa mía“. En cualquier caso, apuro de un trago lo que queda en la lata mientras me como unas rebanaditas de plátano frito -única comida del día- pago y sigo mi camino.
Al llegar a Puerto Ayora me doy cuenta de que quitarme el barro que llevo encima con el hilillo de agua de mi ducha sería una cuestión imposible así que, sin devolver la bici ni pasar por el hostal, me voy directamente a la playa de la estación biológica -la utilizada por la gente del pueblo- para, a base de intensos restregones mientras las olas me empapan los pantalones, adecentarme piernas, pies y sandalias.
Cuando devuelvo la bici, el chico que trabaja en la agencia me pregunta por mi excusión y, al decirle que he ido a la reserva ‘El Chato’, me contesta “¡Qué lejos ha ido! Yo no conozco ese sitio” Y entonces me acuerdo de nuevo de las tortugas y del secreto de la longevidad.
Galápagos 4ª parte: magia en Bahía Tortuga
Hace una mañana gloriosa mientras cruzo la rada de Puerto Ayora en un taxi acuático (45 céntimos de euro) hasta la Punta de los Alemanes. Allí, entre otras construcciones, está el hotel Angermeyer (Angermeyer Waterfront Inn); el primero de los Angermeyer en instalarse aquí está citado por Irenäus Eibl-Eibesfeldt en su libro “Las islas Galápagos: un arca de Noé en el Pacífico“, como uno de los colonos pioneros de las islas en los tiempos actuales. Y el libro, de mi amigo Esteban y empezado a leer en Quito, narra los viajes que a partir de 1957 hizo el citado sabio a este archipiélago por encargo de IUCN y UNESCO para encontrar el lugar ideal para el emplazamiento de una estación biológica, honor que finalmente recayó aquí mismo, en Puerto Ayora, al final de la avenida Charles Darwin.
Esta mañana, a las 5:30, nos ha recogido un taxi en La Jungla a los dos israelitas de siempre y a mi para llevarnos al puerto. Allí hemos hecho una pequeña cola, nos han revisado muy someramente el equipaje, hemos pagado 5 dólares en concepto de impuesto local para extranjeros, y nos hemos embarcado en la “Gabi”, lancha con capacidad para unos 20 pasajeros, rumbo a Puerto Ayora, capital de la isla Santa Cruz.
El mar está agitado y vamos pegando saltos hasta que, a mitad de la travesía, la lancha se detiene y los que vamos al aire en popa tenemos que levantarnos para que el tripulante acceda al compartimento del motor y, en medio del oleaje, haga una rápida reparación. Los piqueros de Nazca y los petreles de Galápagos (Pterodroma galapagensis) nos acompañan todo el viaje y Avner, uno de los israelitas, a veces parece que se indigna y quiere pedir explicaciones por los saltos que da la embarcación. En poco más de dos horas llegamos a Puerto Ayora sin más contratiempos.
Para no repetir la experiencia del alojamiento supercutre en el que me metí la primera noche, antes de ir a Isabela, veo cuatro de ellos (sobre todo los baños), antes de decidirme por el 5º, el Hostal España en la calle Tomás de Berlanga, recomendado tanto por Milton como por la señora de información turística del aeropuerto. Me dan una habitación pequeña, muy pequeña, con dos ventanas a sendos pasillos pero con un baño decente (de cuya ducha, como pronto comprobaré, apenas sale un hilillo de agua) que cuesta 40$ por noche con aire acondicionado; como no quiero aire acondicionado, el precio baja a 30 dólares aunque sigue siendo la misma habitación con el mismo aparato de aire acondicionado. Cuando me vaya de allí, tras dormir cuatro noches, me rebajan 3 dólares diarios por lo de la ducha.
Tras instalarme y cruzar a la Punta de los Alemanes en el taxi acuático voy paseando hacia Las Grietas, y lo primero que me encuentro es una garza de la lava (Butorides sundevalli) junto a unos mangles blancos,
en el extremo de una playa idílica.
Al poco, una garza estriada. Tras posar un rato para las fotos, se sacude y al poco se lanza a volar; hay un instante, imperceptible a no ser por la cámara, en el que se produce un fenómeno casi metafísico: el cuerpo ya está moviéndose en el aire y sin embargo los pies aún permanecen fijos en la roca. Al instante siguiente se acaba la metafísica y ya es todo física del vuelo, dinámica de fluidos, planos de sustentación, ángulos de ataque y demás cuestiones materiales.
Continuo el paseo que ahora discurre por unos lodazales en los que medran los pequeños cangrejos violinistas (Uca helleri), con una gran pinza que los machos agitan durante el cortejo. Como los cangrejos fantasma que había en Isabela, los violinistas también viven en madrigueras en el cieno.
Por fin llego a las Grietas, fisuras en la lava recorridas por un brazo de agua salobre y transparente donde es muy popular bañarse y algo menos saltar desde lo alto de la pared.
A la vuelta, tras atravesar una zona cubierta por un auténtico bosque de la subespecie más alta de Opuntia (Opuntia echios gigantea) que se encuentra sólo en esta isla,
llego a Puerto Ayora y, de camino a las oficinas del Parque Nacional Galápagos, paso por la pescadería al aire libre donde siempre hay mucho ambiente, tanto de compradoras humanas como de descuideros alados.
Aunque el niño mimado es un pequeño lobo que, entre las piernas del pescadero de turno, espera que le den los “cueros” (la piel) de los pescados. Según me cuentan, llegó bastante hecho polvo hace unos cuantos meses, aquí lo recogieron y lo adoptaron y ya no hay forma de que se vaya: cuando hace alguna excursión por el mar, los de su especie le rechazan; se ha convertido en apátrida en el paraíso.
El camino que lleva a las oficinas del parque está lleno de interesantísima vegetación y montones de aves y lagartijas. Allí se encuentra el centro de crianza Fausto Llerena, en el que se reproducen y posteriormente liberan en sus islas de origen tanto tortugas gigantes como iguanas terrestres. Quizás el inquilino más tristemente popular de este centro sea “el solitario Jorge”, único representante vivo de Chelonoidis abingdoni, la especie de tortuga endémica de la isla Pinta, cuya edad se estima entre 92 y 108 años. Hay que verle de lejos ya que su corral, compartido con un par de hembras de otra especie ‘por si acaso’, es el único al que no se puede acceder.
Hay otros cuantos recintos por los que se puede pasear entre las tortugas, muchas de ellas enormes, traídas de varias islas,
y aunque son unos animales impresionantes, no especialmente activos, aquí carecen de problemas y se supone que no deben sufrir demasiado la falta de libertad,
me voy del centro con una sensación agridulce ya que, al margen de la excelente labor de recuperación, cría en cautividad y reintroducción en el medio natural de miles de ejemplares, no puedo dejar de sentir un poco de pena por estos magníficos individuos que ya nunca volverán a ver su isla natal. ¡Tengo que organizarme una excursión para ver tortugas gigantes en libertad!
…..
Por la mañana temprano compro medio litro de zumo de naranja y un paquete de galletas “Amor” sabor fresa en el ‘minimarket’ que hay al lado de mi hostal, y que abre a las 7 de la mañana. Me voy a un banco solitario frente al mar y desayuno tranquilamente …. pero ¿realmente es solitario?: cuando entre galleta y galleta empiezo a fijarme, descubro que en un semicírculo de diez metros de radio desde donde estoy sentado hay unos cuarenta cangrejos zapaya, una iguana marina comiendo algas en la pared del pequeño malecón que tengo delante que ha quedado descubierta con la marea baja, una garza de la lava inmadura y un pelícano, también inmaduro, ambos acicalándose y sin hacer el más mínimo caso de mi presencia.
Camino por la calle Charles Binford en dirección noroeste para ir a Tortuga Bay, o Bahía Tortuga. A estas horas de la mañana, todo está muy tranquilo
y la mayoría de los locales que de noche hierven de animación todavía están cerrados.
Me despide de la ciudad unos de los muchos muros pintados, en este caso con motivos alusivos a las riquezas naturales de las islas.
Al rato llego a la entrada del parque nacional, donde hay que registrarse, y me avisan de que hay que salir antes de las 6 de la tarde. Comienza un camino empedrado de alrededor de metro y medio de anchura,
que discurre entre frondosa vegetación: hay plantas ya familiares como las impresionantes Opuntia, aquí acompañadas de muyuyus en flor (Cordia lutea),
y otras que no había visto antes, como Momordica charantia, con su llamativo fruto.
Aunque a mi lo que más me gusta del paseo son los pájaros, como los sinsontes, Nesomimus parvulus,
los papamoscas de las Galápagos, Myriarchus magnirostris,
y entre los pinzones de Darwin, los de los cactus, Geospiza scandens,
y unos que aún no tengo claro si son pinzones grandes de suelo, Geospiza magnirostris, o pinzones medianos de suelo, Geospiza fortis, y que, en cualquier caso, tienen un hermoso pico.
Tras casi dos kilómetros y medio de paseo -casi 3 y cuarto desde el hostal- la desembocadura del camino en la playa es espectacular.
La playa “brava” como la denominan para diferenciarla de la “mansa”, mucho más pequeña y protegida al oeste de ésta, es una bahía ligeramente semicircular, abierta al sur, al inmenso océano Pacífico.
Sólo se puede caminar por la playa, ya que el matorral de Nolana galapagensis que fija las dunas es zona de desove de tortugas marinas -de ahí el nombre de la bahía- las aquí denominadas tortugas negras, uno de los dos morfotipos que presenta aquí la tortuga verde, Chelonia mydas.
Mientras avanzo pausadamente, además de vuelvepiedras, gaviotines, pelícanos o piqueros de patas azules, me acompañan las huellas de iguana marina.
Por fin llego al extremo occidental de la playa
y allí me doy de bruces con lo que había sido mi sueño durante meses: cuando antes de venir alguien me preguntaba por el viaje y lo que iba y no iba a hacer, yo siempre decía que quería tomármelo con calma y, por ejemplo, pasarme medio día sentado a la sombra mirando a las iguanas. Pues de repente todo eso estaba allí: en la orilla del mar, un grupo de mangles rojos, Rhizophora mangle,
y blancos, bajo las ramas de uno de estos últimos un numerosos grupo de iguanas marinas,
y a 5 ó 6 metros de distancia tierra adentro, alejados de la influencia de la marea como le gusta a esta espcecie, dos mangles de botón, Conocarpus erectus, entre cuyas ramas bajas alguien había colocado un tablón a modo de banco bajo la espesura de los dos árboles que protegen del recio sol. Allí me senté radiante, cogí los prismáticos y los puse en el tablón, monté la cámara en el trípode y, con mucha calma, empecé a comer la ración del día hasta la hora de la cena: una bolsa de patatas fritas, una bolsita de crujientes rebanadas de plátano frito dulce, una barrita “Snicker“ de chocolate y caramelo y un par de botellas de agua ya templada. Mientras disfrutaba del espectáculo me dí cuenta de que había muchos escenarios y que, a mi alrededor, había un montón de grandes iguanas.
Y lo que es mejor, aquella zona era una especie de estación de servicio a la que acudían las iguanas para que los pinzones pequeños de suelo, Geospiza fuliginosa, les libraran de restos de piel muerta y parásitos externos.
Claro, que lo mejor, el momento mágico de ese rato inolvidable, aún estaba por llegar. Además de los pinzones que atendían a las iguanas, había otros cuantos comiendo semillas de mangle, observándome desde las ramas próximas o, los más atrevidos, subiéndose al tablón y acechando a las patatas fritas.
También los hay que se posan en la mochila, en las zapatillas y en mis rodillas hasta que, cuando me estoy comiendo la barrita “Snicker“ de chocolate y caramelo, una hembra más intrépida repite el trayecto zapatilla-rodilla, trepa un poco más y se va a la barrita que sujeto con la mano izquierda, posándose en la parte mordida. Se va y al momento vuelve, haciendo de nuevo las mismas paradas pero incluyendo una intermedia en mi mano antes de llegar a la barrita. Me emociono.
A todo esto, las horas han pasado, y las iguanas que estaban bajo el mangle en la orilla se van desplazando, en su mayoría hacia la sombra en la que me encuentro,
cruzando apresuradamente -para lo que son ellas- el tramo de arena que está al sol, atropellándose con las prisas,
aunque también las hay tranquilas.
Cuando las últimas abandonan la sombra de los mangles y se dirigen hacia las dunas, yo también me despierto del sueño, me levanto y continuo andando hacia la playa mansa.
De camino, paso por un campo de lava que hay más allá de la playa, donde se concentran gran cantidad de iguanas jóvenes.
y en cuyas proximidades se posa una gran garza azul, Ardea herodias, que toma una rato el sol antes de irse de caza.
Justo antes de la playa mansa se rodea un precioso bosquecillo de Opuntias,
con enormes palas productoras de frutos.
Finalmente llego a la playa en la que, haciendo honor a su nombre, el mar está como un plato. Hace un rato que se ha nublado, y a la luz cada vez más débil del atardecer me doy un baño rápido mientras un pelícano pesca cerca de mí, me seco apenas y emprendo el camino de vuelta. Mientras recorro de nuevo la playa se repiten los escuadrones de piqueros y los pelícanos y los gaviotines, y me paro para hacer una foto a un macho de reinita de manglar.
La tarde se escapa a toda prisa y aún tengo que recorrer los dos kilómetros y medio hasta el puesto de control del guardaparque. La playa se va quedando oscura y a mi no se me quita la sonrisa extasiada ¡vaya día!
Las fotos han sido hechas con una cámara Nikon D-700, con objetivos de 28, 50 y 180 mm.
Se incluye el nombre científico de las especies únicamente la primera vez que se cita, aunque esa primera cita se haya producido en otra entrada.
Galápagos 3ª parte: el islote Tintoreras
Hoy he decidido hacer una breve excursión matinal al islote Tintoreras: guiados por Fausto Cartagena, hermano de Milton, en cuya “Jungla” estoy hospedado, haremos una corta travesía de la bahía de Puerto Villamil, pasearemos por el islote y después haremos un rato de buceo de superficie. Los participantes somos mis dos vecinos israelitas, dos chicos de Ambato que han ido a ver a su primo que vive en Puerto Ayora, y yo. Los seis, junto con Fausto y el patrón de la panga, nos embarcamos bajo la lluvia.
La pequeña bahía de Puerto Villamil se abre al sur mirando al gran océano Pacífico; eso sí, hay que aguzar la vista para ver algo más que agua porque la primera tierra firme que encontraríamos bajando por el meridiano 90º oeste, el más próximo a dicha localidad, sería la Antártida, de la que nos separan más de ocho mil kilómetros de azul ininterrumpido.
Nada más abandonar el muelle, nos encontramos con el primer lobo marino sesteando en la cubierta del ‘Don Guido’, pesquero con base en Puerto Ayora.
No es raro encontrarlos descansando en las superficies lisas proporcionadas por las estructuras humanas, ya sea en el suelo del puerto, en un banco, …. o debajo de él.
Hay veces que, mientras ellos aprovechan esas superficies, alguien aprovecha para acercarse a mirarlos.
Pero volviendo a la travesía de la bahía principal, pronto llegamos a algunos pequeños islotes llenos de piqueros de patas azules y pingüinos de las Galápagos,
que ocupan casi cada roca.
Los piqueros parece que lleven aletas de bucear, como las que hemos recogido nosotros en el muelle.
Ya en el islote, caminamos por un sendero circular que lo va recorriendo y enseguida encontramos una zona de “guardería” de pequeñas iguanas marinas,
que ya adoptan posturas de mayores.
El islote se llama Tintoreras porque hay una grieta donde el agua está tranquila y transparente, que es utilizada para descansar durante el día por pequeños tiburones coralinos -Triaenodon obesus- también llamados tintoreras, que se distinguen por tener la punta de las aletas dorsal y caudal blanca. Hoy sólo hay una, de unos tres metros.
El paseo continúa con avistamientos de garzas de la lava (Butorides sundevalli), que comparten peña con algunos cangrejos de las rocas o zapayas (los “Sally lightfoot” de entradas anteriores, cuyo nombre español desconocía),
ostreros americanos (Haematopus palliatus galapagensis), que comparten peña con algunos cangrejos de las rocas o zapayas,
lobos, que comparten playas de guijarros con otros lobos,
o con nadie.
y, por supuesto, muchas iguanas marinas
a las que, como ya hemos comentado en otra ocasión, parece encantarles el contacto con sus semejantes.
Según vamos andando, disfrutando con este espléndido panorama, el suelo cruje bajo nuestros pies, y es que está formado por trozos de coral y lava.
Al terminar el recorrido por el perímetro del islote, nos embarcamos para acercarnos a una zona de buceo a escasos minutos. Nos calzamos las aletas, nos ponemos gafas y tubo y al agua; se quedan en la panga el patrón y los dos muchachos de Ambato. El resto intentamos seguir a Fausto, aunque a los pocos instantes cada uno vamos por nuestra cuenta y, únicamente cuando uno divisa a un gran tortuga verde (Chelonia mydas agassisi), a veces consigue atraer brevemente la atención del resto.
Aunque, ante este espectáculo ¿quién quiere ver a sus compañeros de panga?
La diversidad de peces e invertebrados es abrumadora; no se sabe dónde mirar. Además, el agua te mueve continuamente así que, al menos para mí, es imposible volver a un lugar en el que he creido ver algo interesante. Aquí debajo -muy poco debajo en realidad- pierdo absolutamente el sentido de la orientación, claro que no es para menos.
De repente, surgido no se sabe de dónde, aparece un lobo de mar al que apenas soy capaz de hacerle tres malas fotos, apenas sin verle; antes de que me dé cuenta ha desaparecido de nuevo en su mundo líquido.
Todavía extasiado por el encuentro, me doy cuenta de que todo el mundo está a bordo y me están llamando. Nado hasta la popa, subo por la escalerilla y recojo en silencio mientras nos dirigimos de vuelta al muelle. Uno de los israelitas tirita sin parar.
Al llegar al puerto nos despedimos y yo me dirijo a otra pequeña bahía -’Concha de perla’- que está al lado. No hay un minuto que perder. La zona está llena de fantásticos manglares que se atraviesan por una pasarela de madera.
Los manglares constituyen una zona de refugio y alimentación de vital importancia para muchas especies de peces y, entre otros muchos papeles, protegen a la costa de las embestidas del mar. Además, son preciosos.
Tras un rato de contemplación relajada, incluyendo un ratito de anatomía comparada viendo las extremidades de los lobos del banco,
me dirijo caminando al pueblo, a comer en “El Faro”, recomendado por Milton como bueno y barato (9 dólares el menú, poco más de 6 euros). Durante el kilómetro y medio escaso que me separa del Faro, paso junto a cadáveres de embarcaciones,
Vehículos oficiales
y algún que otro vehículo particular.
El menú de hoy es sopa de pollo, guajú a la plancha, jugo de limón y helado, al que yo añado una Pilsener “ecuatorianamente refrescante”, como reza la frase de la etiqueta del cuello de la botella.
Al poco de sentarme, pasa por delante la psicóloga argentina del día del volcán (ayer) y se sienta conmigo a comer; tiene un ojo morado de la caída y viene de Quito de aistir a un seminario. Nada más terminar la comida la recoje un conductor para llevarla al centro de cría de tortugas. Yo me voy a la Jungla, me cambio (todavía llevo el bañador), y a las 3 ya estoy de nuevo en la calle para ir al ‘Muro de las lágrimas’.
Se trata de un lugar, a escasos 6 kilómetros de la Jungla, en el que los nortemericanos instalaron unos radares en la 2ª guerra mundial para controlar el tráfico por el canal de Panamá. Al terminarse la guerra, los norteamericanos y los radares se fueron y las escasas construcciones se quedaron, así que los ecuatorianos decidieron sacarlas partido y enviaron allí a 300 presos y 30 policías. Los presos enviados desde 1946 hasta 1959, cuando se cerró el presidio, construyeron como castigo y en unas condiciones lamentables un muro de bloques de lava, acarreados desde largas distancias, que tiene unos 100 metros de longitud, 7 de altura y 3 de anchura, y que nunca ha servido para nada. “El lugar donde los valientes lloran y los débiles mueren” se cobró un montón de vidas y, según cuentan, por las noches se oye llorar a los espíritus de los que allí murieron.
El camino discurre inicialmente al lado de la playa, pasa por una zona de terreno volcánico donde se pueden ver algunas pequeñas lagunas,
y un enorme túnel de lava, el túnel del Estero, en el que se puede entrar unos metros en marea baja,
y posteriormente se adentra enun bosque bastante cerrado. El suelo está formado casi siempre por gravilla de lava negra, y llueve de forma intermitente; en cuanto a visitantes, veo a cuatro personas en un coche y, ya en el muro, una pareja que ha ido en bicicleta. Llego cerca de las 6 de la tarde, muy cerca del anochecer por lo tanto. Es un sitio extraño y un poco sobrecogedor,
aunque el tremendo paisaje lo empequeñece.
Del otro lado del muro empieza otra zona de guerra, esta vez contra los animales que, introducidos por el hombre, se han convertido en auténticas plagas para el resto de la fauna y la flora de este edén.
Cuando me marcho de allí sólo está la pareja de las bicis, que me adelantará a escasos cientos de metros. Camino un buen rato en semipenumbra hasta que no me queda más remedio que encender el frontal que, previsoramente, he cogido antes de salir. Mientras ando a oscuras por el suelo crujiente y negro, bajo la lluvia y sin dejar de sudar, siento un extraño vértigo al pensar que detrás de mí, hacia el norte, a no ser que se encuentre la tripulación de algún barco, soy el último ser humano hasta las costas de Centro América a más de 1.600 kilómetros de distancia.
Tras tres cuartos de hora de solitaria caminata nocturna llego a la Jungla. La ducha, un plato de guajú a la plancha con patatas fritas y la Pilsener de turno acaban con el vértigo existencial. Mañana a las 5:30 de la mañana me recoge un taxi para llevarme al puerto y embarcarme en la “Gabi” de vuelta a Puerto Ayora.
Las fotos han sido hechas con una cámara Nikon D-700, con objetivos de 28, 50 y 180 mm, y las de debajo el agua con una compacta Lumix DMC-FT2, que me prestó mi amigo Phil.
Se incluye el nombre científico de las especies únicamente la primera vez que se cita, aunque esa primera cita se haya producido en otra entrada.
















































































































































