En kayak por la costa oriental de Mallorca

El viernes 25 de septiembre de 2009, aproximadamente a las 9:30 de la mañana, embarcamos en los kayaks cerca de la Colonia Sant Pere, en la parte oriental de la Bahía de Alcudia, en el nordeste de la isla de Mallorca. En la pequeña ensenada protegida del viento donde habíamos pasado la noche, el mar estaba tranquilo, aunque ya se adivinaba que a escasos centenares de metros del lugar de partida las cosas eran bastante distintas. Durante todo el día íbamos a tener viento del norte-nordeste fuerza 4, sol y marejada. Las condiciones de navegación no eran del todo malas, aunque sí cansadas, sobre todo para mí, el más flojo del grupo: el continuo oleaje obliga a estar concentrado y apenas permite dejar de remar, además de impedir -en mi caso- hacer fotos más que en los breves momentos en los que pasamos por un tramo de costa protegido del viento, o en las raras ocasiones en las que podemos entrar en una cueva.

César y Phil al poco de empezar la excursión

El reducido grupo de piragüistas, amigos desde 2003, cuando coincidimos en otro viaje en kayak alrededor de la isla de Menorca, lo formábamos Phil (palista inglés de altísimo nivel, en posesión de todos los títulos imaginables, que ha recorrido medio mundo remando, ha formado parte de selecciones inglesas de diversas disciplinas de kayak, y es el director del impresionante Centro de Actividades Calshot en la costa sur de Inglaterra, frente a la isla de Wight), César (palista santanderino curtido en los temporales del Cantábrico, fundador y presidente de la Asociación Cántabra de Kayak de Mar, veinte años más joven que nosotros), y yo, segoviano de adopción que, a falta de mucha técnica y mucha fuerza, apenas cuento con unos razonables entusiasmo y fuerza de voluntad para la práctica del kayak de mar. El proyecto de excursión: remar unos 150 kilómetros, más o menos la mitad de la costa mallorquina, desde el este de la bahía de Alcudia hasta el este de la bahía de Palma.

Fotos: Phil Quill. Izquierda, entrando en una cueva. Derecha, las olas ocultan por completo mi kayak

Tras reunirnos el día anterior, César y yo en Barajas y con Phil en el aeropuerto de Palma, nos recogió Miguel, el dueño de la empresa Kayak Mallorca, que nos iba a alquilar prácticamente todo el material necesario. Despues de comer con él unos “fideos de vermar” (fideos de vendimia), plato mallorquín típico de la época en la que estábamos, compramos comida y agua para unos cuantos días, pasamos por su tienda, cargamos kayaks, palas, pala de repuesto, chalecos, cubres, la compra y nuestros trastos personales en una camioneta y, fuimos conducidos por Janai -exbailarina inglesa afincada en Mallorca, que trabaja con Miguel- al norte de la isla.

En las cercanías de la Colonia Sant Pere encontramos una zona adecuada para dormir y embarcar y, tras descargar y despedirnos de Janai, organizamos un campamento básico (que, traducido, quiere decir que cenamos sobrasada, tomate, queso, pan y agua sentados en el suelo, estiramos las colchonetas sobre las piedras y algas que formaban la “playa”, pusimos los sacos encima y nos dispusimos a dormir arrullados por el sonido de las olas y vigilados por la luna, en cuarto creciente). Cuando muy poco rato despues de acostarnos empecé a clavarme las piedras en todo el cuerpo comprendí que, una vez más, me había llevado una de las colchonetas viejas pinchadas; mientras me desplazaba para situarme encima del blando pero húmedo lecho de algas, me prometí que aquella colchoneta no volvería a Segovia.

Remar con buenas olas es bonito y divertido: a veces la proa del kayak se clava en el seno de la ola y ésta barre toda la cubierta; en otras ocasiones la embarcación cabalga sobre el dorso de la ola y, al llegar a la cresta, cae bruscamente golpeando de plano sobre el agua, produciendo sendas explosiones de espuma a ambos lados del kayak. En las condiciones en las que hemos remado, con olas más o menos laterales, frecuentemente éstas rompen directamente encima del kayak con lo que es imposible estar seco en ningún momento. Cuando se juntan mar de fondo, olas de viento y olas reflejadas en los acantilados, se produce un mar caótico, una especie de batidora que te mueve en todos los sentidos posibles e imposibles, lo que los ingleses denominan “clapotis”.

Foto: César Moratinos

Aquel primer día doblamos el Cap Ferrutx y, tras una jornada de 7 horas, 6 en el agua y sólo una parada para comer unos orejones de albaricoque y algunos frutos secos en la playa de Es Matzoc -que yo aproveché también para echar un sueñecito debajo de un pino- dimos la jornada por terminada en Cala Gat, pequeña cala junto a la muy turística Cala Ratjada. En total recorrimos algo más de 26 kilómetros y, en cuanto sacamos los kayaks del agua por una rampa ad hoc y nos quitamos la ropa mojada, nos sentamos en una terraza que había en la misma playa donde, a unos precios un tanto exagerados, nos bebimos unas merecidas jarras de cerveza y César su obligada cocacola.

Cala Gat

La segunda jornada empezó con mal pie -nunca mejor dicho- ya que, llevando el kayak de Phil al agua, me resbalé en la rampa de acceso y dí con mis huesos, incluidos los del cráneo, en el suelo. La pequeña brecha resultante fue curada por mis abnegados compañeros con los medios a mano, previo rapado de la zona afectada, y a día de hoy no queda más que una bonita cicatriz de unos pocos centímetros de longitud, que se empeña en no terminar de cerrarse.

Phil en una cueva

28 kilómetros despues, nos detuvimos para pasar la noche en una pequeña playa sin acceso por carretera, justo al sur de Cala Morlanda. Para evitar la humedad de la arena subimos por las rocas que delimitaban los laterales de la pequeña ensenada y nos instalamos en la parte alta de la playa. Despues de la sobrasada, el tomate, los quesos y el pan (ya con algo de moho), cada uno buscamos un trocito de terreno llano donde estirar las colchonetas.

Era alrededor de medianoche cuando César me desperto diciéndome si podía ir donde él estaba; un tanto extrañado por la llamada me acerqué y, muy tranquilo, me dijo que estaba teniendo un cólico nefrítico, que ya había llamado a una ambulancia y que si podía confirmar en el mapa el nombre de la playa en la que estábamos. Tras bajar al kayak a por el mapa, desperté a Phil y esperamos la llegada de las asistencias, preguntándonos cómo íbamos a sacar a César de allí dada lo complicado de los accesos. Al rato llegó una pareja -en sentido estricto- de jóvenes y amables policías locales, mostrándose el chico muy interesado por nuestro viaje, que le parecía de mucho beneficio personal, y comparando muy favorablemente aquel servicio con el que le iba a tocar después en una discoteca de Manacor, en la que se había programado una superfiesta de diez horas de baile con diez “D. J.” distintos.

Poco después llegaron dos sanitarios, también pareja, resultando ser la chica otra gran aficionada al kayak de mar. Tras la amenaza de tener que evacuarle en helicóptero si no podía moverse, entre la palista-sanitaria y yo bajamos al bueno de César por las rocas hasta la playa -¡no sé cómo no aumentamos la nómina de necesitados de asistencia médica!- cruzamos la arena y subimos por la otra ladera hasta que llegamos a una zona donde le pudimos depositar en una camilla y, bien atadito, le llevamos entre los 6 hasta una valla de piedra, que también tuvo que cruzar por su pie. Al otro lado, por fin, la ambulancia.

La cala de la “evacuación”

Tras despedirnos de los policías, que se fueron a “su” fiesta, Phil se quedó en el campamento y yo me fui en la ambulancia hasta el hospital de Manacor. De camino, la palista le puso a César al tanto de las cuevas que no nos podíamos perder y las calas que debíamos visitar, mientras que, en la parte de delante de la ambulancia, el otro sanitario me contaba su recorrido juvenil a pie por la costa de la isla y la apropiación privada de algunos tramos de costa -como la exclusiva Costa de los Pinos, que habíamos recorrido aquella mañana- por parte de conocidas fortunas.

Instalado César en el hospital de Manacor donde tenía que pasar toda la noche al menos, y con los dolores también en cuarto menguante gracias a la medicación, sin mucho más que hacer allí, me volví en taxi a la playa y a las 3:30 de la madrugada me metía de nuevo en el saco sin que Phil se despertara. Como ‘no hay mal que por bien no venga’, aquellas horas que quedaban de noche dormí como un señor utilizando la estupenda colchoneta del enfermo, sin el más mínimo asomo de mala conciencia.

Todavía estábamos organizando las cosas cuando, a eso de las 9:30 de la mañana, apareció el recuperado César tras haber expulsado la piedra, algo dolorido pero dispuesto a continuar viaje, así que después de preparar todo nos lanzamos al agua sin tener ni idea del próximo percance que nos esperaba.

Con un mar algo mejor que el primer día y algo peor que el segundo, remamos hasta Cala Murada donde paramos a comer y a bebermos las correspondientes jarras de clara y cocacola, respectivamente, después de haber pasado por un sector de la costa donde vimos varios jóvenes alemanes de ambos sexos practicando el “psico-block”, una modalidad de escalada en paredes extraplomadas sobre el mar: cuando ya no se puede seguir, el cansancio aprieta o se da un mal paso, no hay más que dejarse caer al agua. Por la tarde seguimos rumbo sur, pasamos por el hermoso faro de Portocolom, y tuvimos otra experiencia con la privatización de hecho de terrenos públicos.

Faro de Portocolom

Ya atardeciendo, entramos en la muy protegida de todos los vientos Cala Mitjana. Al ver la hilera de focos que flanquean el tramo de la cala que discurre en dirección sur-norte, rápidamente reconocimos el lugar del que Miguel nos había prevenido: con unas cuantas construcciones y jardines hasta la misma orilla del agua, los dueños de todo aquello -como ya supondréis, con “pocos” recursos económicos- tenían la costumbre de dejar sueltos a varios perros Rotweiler para evitar desembarcos indeseados. Al margen de la amenaza de los perros -a los que no vimos- la cala resultaba poco acogedora y no ofrecía ningún sitio especialmente apetecible para dormir, así que nos dimos media vuelta y, tras deliberar brevemente, decidimos volver a la agitación exterior y remar los algo más de dos kilómetros que aún nos separaban de la siguiente cala protegida, Cala Ferrera.

Con poca luz y mucha ganas de bajarnos de los kayaks, desembarcamos en el ramal más nororiental de la cala, en una playa estrecha y profunda, completamente rodeada de viviendas aunque vacía a no ser por el solitario pescador que tenía varias cañas clavadas en la arena. Tras cambiarnos y extender la ropa húmeda en el vano rito diario de intentar su secado, nos fuimos a dar una vuelta y a tomar algo. El lugar no podía resultar más extraño, lleno de viviendas unifamiliares, hoteles y edificios de apartamentos, todos ellos medio vacíos, lo que unido a su aspecto de nuevo y artificial producía la sensación de estar viendo un falso decorado; las calles, casi desiertas y con apenas tráfico, tampoco contribuían a dar una apariencia acogedora a aquel sitio, así que nos volvimos rápidamente a nuestra oscura playita a cenar los consabidos quesos, tomate, sobrasada y pan, este último ya sólo con algo más de la mitad de cada rebanada aprovechable debido al moho.

Al terminar de cenar empezó a chispear y, dado que las previsiones meteorológicas que nos había trasmitido Miguel eran bastante pesimistas, decidimos a regañadientes montar las tiendas. Lo hicimos en la parte más oriental y elevada de la playa, las tres en fila, lo más cerca posible de una valla de piedra tras la que se encontraba el jardín abandonado con algunos pinos grandes de una casa en venta (que, previamente explorado, no nos había ofrecido buen acomodo). No llevábamos apenas tiempo acostados cuando empezó a llover y, cada vez que a lo largo de aquella noche me desperté, la lluvia no cesaba de martillear las paredes de la tienda que se agitaban por el viento flácidas y saturadas de agua.

Alrededor de las 8 de la mañana me desperté pensando en ramblas inundadas y arroyos bajando impetuosos por cauces habitualmente secos. Mientras me despabilaba agucé el oído y ahí estaba, el ruido inconfundible del agua corriendo. Abrí la cremallera de la tienda y ví con estupor que la playa había desaparecido casi totalmente, convertida en una torrentera a excepción de la zona en la que estaban las tiendas y los kayaks, y eso por poco tiempo si seguía lloviendo: el viento frontal de mi tienda ya estaba dentro del agua, que apenas estaba a un par escaso de palmos de mi puerta.

Tras comprobar que la salida por mar era imposible dado el tamaño de las olas y la incesante lluvia, hubo que recoger las empapadas tiendas y el resto del material y sacar todo chapoteando hasta la calle accesible en coche más próxima, a unos 300 metros de cuesta y 50 escalones de distancia, por los que también hubo que sacar los kayaks sin darnos cuenta del montón de litros de agua que habían embarcado por la boca del cubrebañeras ¡así pesaban!. Llamamos a Miguel para que fuera recogernos y nos fuimos a desayunar….a un supermercado, único establecimiento abierto de aquel extraño lugar, donde comimos unas estupendas ensaimadas recientes y un chocolate hirviente. Después de la llegada de Janai y Miguel, cuando ya sólo faltaban por cargar los kayaks en la furgoneta, arreciaron la lluvia y el viento, así que los dejamos allí y nos fuimos a buscar un bar. Nos refugiamos en uno alrededor del mediodía, y no pudimos salir hasta cerca de las 4 de la tarde cuando, finalmente, dejó de llover. Entre tanto, nos comimos unos deliciosos “fideos de pescado” (como una sopa de pescado con muy poco caldo), y unos lomos de bacalao a la plancha, todo regado con tinto mallorquín, que nos hicieron olvidar el moho del pan y todas las incomodidades pasadas.

A la vuelta a Palma, después de asomarnos a “nuestra” playa y comprobar que ya había desaparecido completamente bajo el agua, pudimos ver campos, cunetas y tramos de carretera inundados. Al día siguiente leimos en el periódico que el lugar donde habíamos estado había sido el que más agua había recibido de la isla: nos habían caído encima 97,5 litros por metro cuadrado.

Lo que quedó de la playa

En Palma vive mi amiga Merce, con la que había quedado en vernos al terminar la excursión y comer juntos nuestro último día en la isla. Poco podía sospechar la buena de Merce que su ofrecimiento “…si queréis venir a casa…” iba a ser repondido con entusiasmo por tres desconcertados marineros en tierra. Tras dejar lo más empapado de nuestra impedimenta en el patio de la tienda de Miguel, la llamé y, en un evidente abuso de confianza, le pedí asilo para los tres para un par de noches, a lo que ella respondió con una extraordinaria generosidad. Más tarde, confesaría que sus buenos sentimientos habían estado a punto de flaquear cuando nos recogió en su coche y descubrió nuestro espantoso olor, resultado de varios días sudando, sin haber podido más que lavarnos las manos al parar a comer, y continuamente mojados en agua salada. Afortunadamente, la invitación incluía ducha así que en poco rato volvimos a estar limpios y presentables para sacarnos a cenar. Muchas gracias, Merce.

Como ya os podéis imaginar, no volvió a llover, y en los dos días que aún nos quedaban de estancia en la isla y que dedicamos a hacer turismo terrestre, el mar estuvo como un plato.

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5 Respuestas a “En kayak por la costa oriental de Mallorca

  1. vaya historia de marineros!!! mientras lo leía os imaginaba flotando en el torrente o nadando detrás de unos kayaks desbocados!!

    gran experiencia!!

  2. Pingback: Herinneringen aan… | 800 zeemijlen ver weg·

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