El despertador

Hay algo que agita mi cerebro intentando traerlo de vuelta al mundo consciente. Una mañana más, el ruido del viejo despertador cumple su misión y me despierta. Una mañana más, lo cojo y oprimo el botón para que se encienda la pantalla, convencido de que, esta vez sí, seguro, se ha equivocado, y no son las 7 sino las 5 ó, a lo sumo, las 6 pero, en cualquier caso y, a juzgar por el sueño que tengo, seguro que aún podré estar un buen rato en la cama: negativo, el viejo despertador nunca se equivoca. Haciendo caso omiso del sueño que yo pueda tener, él cumple su misión con eficacia germánica y puntualidad británica ¡vaya ruina!

Despertador

Mientras me levanto y me arrastro hasta el cuarto de baño, rascándome la cabeza e intentando pensar en lo que tengo que hacer esa mañana, hay un pensamiento que se impone por encima de todos los demás: ¿por qué no somos todos tan eficaces y puntuales como nuestro viejo despertador? Me acuerdo entonces de cuando, siendo estudiante, le decía a mi padre que me despertara bastante antes de la hora a la que me tenía que levantar, sólo para darme el gustazo de volver a dormirme un rato….¡qué tiempos aquellos!

Bueno, quizás mañana por fin se equivoque, nunca hay que perder la esperanza del todo.

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