El fotógrafo

(Título prestado del post “El fotógrafo”, que Guzmán, mi hijo mayor, me dedicó hace unos meses en su blog. ¿Qué mejor que utilizar el mismo en este post que yo dedico a mi padre, el primero de la familia en practicar la afición-profesión?)

En septiembre de 1955 mi padre pidió un ‘Crédito laboral’ de 25.000 pesetas (150,25 euros) a la Mutualidad Laboral de Seguros para comprar un equipo fotográfico básico y montar un laboratorio para revelar fotos en casa. Se comprometía a devolverlo en 120 reintegros mensuales (¡¡10 años!!), a deducir de su sueldo que, por aquel entonces era de 2.280 pesetas mensuales (13,70 euros). Además del proyecto razonado, adjuntaba a la solicitud los documentos “Información de la Alcaldía”, “Información del Sindicato Provincial de Seguros” y “Testimonio de la empresa donde presta sus servicios”, entre otros.

Entonces, él tenía 32 años, mi madre 29, mi hermana algo más de 3 y medio y yo aún no había alcanzado la tierna edad de 2 años.

La familia en 1956, el primer año de funcionamiento del laboratorio

Le concedieron el crédito y, con aquellas 25.000 pesetas, compró una cámara Contax IIIa con un objetivo Zeiss Ikon 50 mm f:1.4, un flash Braum, un fotómetro, una ampliadora con objetivos para positivar negativos de 35 mm y de 4 x 5 cm, una esmaltadora, 2 cizallas, cubetas, tanques de revelado, productos para hacer revelador, baño de paro y fijador, carretes, un surtido de papeles de variada gradación, y aún dio para hacer una obra en casa, consistente en la fabricación de dos paredes de madera en la entrada, con su correspondiente puerta, tras las cuales estaba instalado el laboratorio: dos mesas altas, también de madera, una para la ampliadora y la otra para las cubetas, colocadas perpendicularmente la una a la otra, dos taburetes altos, y una vieja pila de piedra bajo la zona muerta de unión de las dos mesas, en la que se almacenaban los negativos enrrollados y envueltos en papel celofán.

Mi padre estudió un curso de fotografía por correspondencia de la Academia Fotográfica P.C., escrito por José Mª Parramón, y con ese bagage y su buen ojo empezó a trabajar como fotógrafo profesional a tiempo parcial: hacía fotos de bautizos, comuniones y eventos similares, y luego las revelaba y positivaba en casa, entregando a los clientes las copias finales. Supongo -nunca lo llegué a saber- que en la decisión de empezar con ese lío, aparte de las dificultades económicas, debieron de pesar los consejos del tío Félix, marido de la tía Ángeles, una de las hermanas mayores de mi madre, él sí fotógrafo profesional (fue el fotógrafo oficial del pabellón español en la Feria Mundial de Nueva York de 1964, y ya nunca volvió a España, quedándose allí a trabajar como fotógrafo de prensa).

El fotógrafo con la Contax en 1961

Aquel cuarto oscuro (creo que jamás empleamos la palabra laboratorio), era un sitio mágico. Cuando crecí un poco me encantaba estar dentro: cuando había trabajo, mi padre se ponía a los mandos de la ampliadora tomando decisiones sobre encuadres, reservas, tiempos de exposición y tipo de papel a emplear para positivar cada fotograma, y mi madre manejaba las copias en las cubetas, controlando los tiempos de revelado y pasándolas sucesivamente por los tres baños. Entonces yo tenía que estar quietecito y calladito: no había reloj de ampliadora y mi padre debía contar mentalmente los segundos de exposición; cualquier error podía suponer una mala copia, su repetición y, por tanto, un gasto de más. Me asomaba a la cubeta del revelador donde mi madre iba dando vueltas a los papeles impresionados, y contemplaba embobado cómo, de forma misteriosa, comenzaban a aparecer en ellos las imágenes hasta que, cuando ya estaban perfectamente definidas y contrastadas, las pasaba a la cubeta del baño de paro para detener el efecto del revelador.

Cuando no estaba en uso casi me gustaba más meterme allí. A solas, cerraba la puerta por dentro, y entonces aquel era mi reino. Podía ver todo lo que únicamente lograba entrever con la luz roja de trabajar y, aunque lo conocía de memoria, lo miraba y remiraba y lo tocaba y retocaba. Muchos años después, en todos los laboratorios que he montado en las distintas casas en las que hemos vivido, siempre ha habido algunos objetos de aquel refugio: un banderín de tela roja, conmemorativo de una excursión motorista a Cuenca en la que participaron mis padres en 1959, un pequeño avioncito de juguete, un viejo ventilador con aspas de plástico blando….

Mi padre, el fotógrafo, tras inculcarme algunas de sus pasiones, entre otras la de la fotografía, murió prematuramente con unos cuantos años menos de los que tengo yo ahora. Bastantes años después también murió mi madre y ahora, cuando lo que está muriendo a chorros es la fotografía analógica, contemplo la ampliadora en su mesa de siempre, cubierta con su bolsa de plástico, como un barco que ya no volverá a navegar, y me acuerdo de ellos, y de aquellos lejanos días, y de la luz roja, y de aquel pequeño y maravilloso cuarto oscuro….y me siento muy viejo.

El fotógrafo en marzo de 1975, el año antes de morir y un mes antes de la muerte de Walker Evans. Le hice la foto probando una cámara Contarex, recién comprada de segunda mano, y un tele de 400mm que finalmente no compró. La limpieza digital de la copia la hemos hecho entre Pablo, mi hijo pequeño, y yo.

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11 Respuestas a “El fotógrafo

  1. Querido Paco, siempre es un placer leerte. Me ha gustado mucho la historia de tu padre, narrada con esa sensibilidad, tan característica tuya y que echaba de menos desde los tiempos Patagónicos. ¿Cuándo nos vemos otra exposición de fotografía juntos? Un beso, G*

  2. La Cóntax del 55 la llegué a usar yo 40 años más tarde. Aunque ahora en digital, la saga continúa, las pasiones son legado. No dejes de escribir. besos

  3. El viajero austral nos sigue deleitando con viajes, esta vez no en el espacio, si no en el tiempo; He disfrutado muchísimo leyendo esta entrada.
    Hoy he vuelto a toquetear los artilugios del laboratorio bajo esa luz rojiza en la que un día, yo también me quedé perplejo al ver las fotos aparecer de la nada en una cubeta roja.
    Besos

  4. el anterior comentario lo he escrito yo, no me había dado cuenta que estaba la sesión de guzman

  5. ¡Cuantos recuerdos del “cuarto oscuro” y su magia!
    ¿Te acuerdas del drama que suponía abrir la puerta, y que el “cuarto” dejara de ser oscuro, en el momento crítico?
    ¿Y del papel cebolla conque las fotos iban envueltas, sobre el que papá ponía el precio que tenía que pagar el vecino al que tú,, o yo o los dos llevabamos las fotos?
    Leer tu homenaje ha sido muy emocionante!
    ¡Y leer lo que escriben mis sobrinos, también!

  6. Me encantaría ser capaz de transmitirle a mi hijo alguna pasión ¿ lo conseguiré? Mientras mi duda se disipa, yo , que tengo la lectura como una de mis pasiones, te leo y me emociono. Sigue viajero austral, que ya era muy larga la ausencia

  7. esta gran pasión, que por lo que leo ya viene de muy lejos, no sólo se está transmitiendo en forma de árbol genealógico!!!

    yo nunca he tenido la suerte de estar dentro de un cuarto oscuro como aquel pero gracias a tu descripción me sentido dentro por unos breves instantes.

  8. Los hombres de los regalos. Esos que te duran para siempre, que se te pegan a la carne.
    Celebro tu nota y tu recuerdo.
    Celebro también que, pese a la vorágine digital, pese a el huracán que azotó la analogía, como las hierbas en los faldeos del volcán, esas viejas cámaras, esas viejas técnicas, vuelvan a la vida y despierten el interés de los más jóvenes.
    Aprendimos una técnica especial, una alquimia de la imágen tan poderosa, que te pronostico querido amigo, que esta resucitando, y para siempre.

  9. Deje en mi cabeza una nota; “mirar el post “El Fotografo” de El Viajero Austral”. Y aqui estoy, a punto de llorar, y feliz de haber leido algo tan hermoso…
    Gracias!!
    Abrazo.

  10. Pingback: Queridos primos | El Viajero Austral·

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