Oslo o la añoranza del frío

No sé si será un sentimiento general o no, pero a mí me suele pasar que, en términos de tiempo atmosférico, echo de menos lo que la estación del momento no me ofrece. Así, en invierno suspiro por las largas tardes de verano, que invitan a prolongar las tertulias mucho más allá de la puesta de sol, con esa sensación casi siempre equivocada -y por la que se pena a la mañana siguiente- de estar de vacaciones.

Y, sin embargo, en verano, sobre todo si se trata de un largo y cálido verano como éste de 2010, añoro la nieve, el frío y hasta el escalofrío, la acogedora sensación de abrigarse abundantemente al recibir el viento helado y seco de la meseta en la cara. Eso sí, estando en la calle, porque el abuso de la calefacción en algunas comunidades de vecinos hace que el calor artificial de las casas en invierno haya sobrepasado con mucho la temperatura a la que me encuentro confortable (aquella con la que hay ponerse un jersey en casa, no la que obliga a estar en camiseta y sudando).

Así que, en estos días de canícula y añoranza del frío, me acuerdo de un breve viaje que hicimos el pasado mes de febrero a Oslo para, entre otras cosas, ver cómo era el invierno en el norte (tampoco tan al norte, “sólo” 59º 56′ de latitud, mientras que la de Segovia es 40º 57′). En los pocos días que pasamos allí, y en las horas en las que estuvimos activos, los termómetros que había cerca del hotel marcaron 7 bajo cero de temperatura máxima y 15 bajo cero de mínima (aunque, al parecer, se alcanzaron los 24 grados negativos).


A pesar de ese frío intenso y de la nieve que lo cubre todo y que cada día se renueva durante algún rato, la ciudad funciona sin problemas aparentes: pocos coches, un transporte público espectacular y cantidad de personas y medios dedicados a mantener todo operativo.

Por lo que pudimos ver, los habitantes de Oslo están siempre dispuestos a estar en la calle, haciendo deporte o, para pasmo de visitantes, echando un cigarrito nocturno en manga corta o con vestido de tirantes en las terrazas que todos los bares tienen instaladas, y sin utilizar las estufas y mantas dispuestas. Lo que más estupor les causaba respecto a nuestra presencia era no sólo que hubiéramos ido allí en invierno, si no que no lo hubiéramos hecho para esquiar, única razón que podría justificar tamaña insensatez. Y es que allí, aprovechando lo próxima que se encuentra la naturaleza, el esquí se practica por todas partes, incluidos los jardines del palacio real, que son públicos.

Tampoco le hacen ascos al patinaje sobre hielo, en pleno centro de la ciudad, o al uso de la bicicleta, aunque a veces, si la dejan aparcada mucho tiempo, luego pueden tener algún problemilla.

Los niños, sabedores de la suerte de tener nieve durante mucho tiempo, aprovechan sus privilegios,

aunque hay juegos difíciles de utilizar cuando ha nevado demasiado.

Las aves, como todos los seres vivos aquí, deben adaptarse a las duras condiciones o marcharse a pasar el invierno a latitudes más benévolas.

El mar tampoco muestra su cara más amable,

y, sin embargo, o puede que como consecuencia de ello, los noruegos siempre han sido excelentes marinos.

Quizás los más conocidos para nosotros fueron los vikingos, extraordinarios navegantes en sus frágiles y marineros drakkar, de los que hoy podemos ver 3 del siglo IX hallados en unos yacimientos arqueológicos, 2 de ellos increiblemente bien conservados. Están en el Vikingskipshuset, museo vikingo situado en la península Bygdoynes, a un rato de paseo desde el centro, andando o en el autobús 30.

Un poco más al sureste en la misma península se encuentra el Frammuseet, museo de una sola estancia enorme y heladora en la que está varado un barco que, para los amantes de la historia de las exploraciones polares es todo un mito, nada menos que el Fram.

Construido en 1893 por Colin Archer, fue usado por primera vez en la expedición en la que Fridtjof Nansen intentó alcanzar el Polo Norte dejando que la deriva del hielo atrapara y dirigiera a su barco. Tras tres años de viaje (1893-1896), durante los cuales descendió del barco con Hjalmar Johansen para intentar llegar al polo esquiando y en kayak, una vez comprobado que la deriva no le iba a conducir hasta él, ambos exploradores y el Fram con el resto de la tripulación a bordo llegaron a Noruega con escasos días de diferencia. En aquel viaje el Fram alcanzó los 85º 57′ de latitud norte.

Entre 1898 y 1902, el Fram navegó a las órdenes de Otto Sverdrup en un viaje de exploración y cartografía de las islas del Ártico Canadiense. Y en 1907, Nansen, entonces embajador en Londres de Noruega, independizada de Suecia en 1905, cedió el derecho de uso del Fram, propiedad del estado, a Roald Amundsen. Entre 1910 y 1912 el barco realizaría su última y quizás más famosa expedición, la que llevó y trajo de vuelta a Amundsen y su equipo para ser los primeros hombres que, el 14 de diciembre de 1911, alcanzaron el Polo Sur. En esa ocasión el Fram llegó hasta los 78º 41′ de latitud sur.

Poder andar por el Fram, en el que habían navegado aquellos gigantes de cuyas aventuras tanto había leído, fue no sólo un regalo sino algo realmente emocionante.

El último museo relacionado con los navegantes noruegos situado en Bygdoynes es el Kon-Tiki Museet. Su visita era una especie de tributo a mi padre, que en mi infancia me había dado a conocer tanto a la embarcación que daba nombre al museo, como a su constructor, Thor Heyerdahl, quien entre el 28 de abril y el 7 de agosto de 1947 realizó un viaje en la balsa Kon-Tiki de más de 7.000 kilómetros desde Perú hasta un atolón en las islas Tuamotu, para demostrar su teoría de que el poblamiento de Polinesia se había podido hacer por navegantes sudamericanos.

El otro gran objetivo del viaje a Oslo se había cumplido con creces. La nieve y el frío nos acompañaron en el largo paseo de vuelta al centro que, en su mayor parte, hicimos a pie rodeados de un paisaje sereno y relajante.

Oslo, sin ser una ciudad especialmente deslumbrante, tiene algo que la hace muy atractiva, y además sus habitantes son gente tranquila, amable y simpática. En resumen, es un sitio altamente recomendable, incluso en invierno.

En la película de Richard Attenborough “Tierras de penumbra”, interpretada en sus principales papeles por Anthony Hopkins y Debra Winger, un personaje cita unas palabras de su padre: “Leemos para saber que no estamos solos“. Creo que también podríamos decir “Viajamos para saber que no estamos solos“, o “Viajamos para comprobar que, aunque distintos, todos somos iguales“, mal que les pese a los apóstoles del “Como en casa, en ningún sitio“, dicho mientras miran por encima del hombro a lo distinto y a los distintos-iguales.

Volveremos a Oslo.

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5 Respuestas a “Oslo o la añoranza del frío

  1. Refrescante crónica para las noches estivales. El formato y la fotografía, como siempre, espectacular.

  2. yo también añoro un poco de fresquito..!!! Madrid va a acabar derritiéndome!!

    lo que más me ha gustado ha sido la conclusión final! la encuentro muy acertada!!

    calurosos saludos desde esta pequeña olla express en que se ha transformado mi habitación!

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