Crónica atrasada de mi Hay Festival de Segovia

El Hay festival, encuentro de escritores con sus lectores, se celebra desde 1988 en la villa galesa de Hay on Wye, situada en la margen oriental del río Wye (Afon Gwy, en galés), que nace en Plynlimon en las montañas galesas y, durante parte de su recorrido de 215 kilómetros, sirve de frontera entre Inglaterra y Gales, justo antes de desembocar en el río Severn. La ciudad está en el parque nacional Brecon Beacons (Parc Cenedlaethol Bannau Brycheiniog, en galés), y tiene menos de 2000 habitantes y 30 librerías.

Desde 2006 el Hay Festival se celebra también en Segovia, y actualmente, convertido en auténtica franquicia, en nueve lugares distintos: Hay, Zacatecas, Segovia, Nairobi, Maldivas, Kerala, Cartagena de Indias, Alhambra y Belfast.

Hasta ahora, cuando ha tenido lugar el festival segoviano, yo solía estar haciendo una excursión en kayak de mar por algún tramo de la costa patria, con lo que mi experiencia en las anteriores ediciones ha sido limitadísima. Sin embargo, este año, por diversos motivos, no hemos podido hacer la excursión así que, por primera vez, he participado de forma más o menos intensa en el festival y me he podido formar una opinión.

La asistencia a “eventos” comenzó el jueves 23 de septiembre de 2010. Fuimos a oir a Antonio Muñoz Molina, en conversación con el historiador Justo Serna.

Antonio Muñoz Molina

El autor, con un discurso brillante y ameno y con la adecuada complicidad del historiador, habló de su última novela, de su proceso de documentación, de cómo los libros de historia sólo recogen los grandes hechos y se pierden todas las pequeñas historias cotidianas, de cómo el advenimiento de la república española de 1931 no encontró un país sumido en la absoluta oscuridad de la ignorancia, sino que había mucha gente inteligente, brillante, trabajadora y con sueños e inquietudes, y de lo peligroso que es juzgar a personas que han vivido otros momentos históricos, máxime si han sido más difíciles que los actuales.

Al salir, más que satisfechos por la estupenda hora pasada en el auditorio, el atardecer se apoderaba de la ciudad.

Atardecer en la calle San Juan

El viernes 24, a la intempestiva hora de las 5 de la tarde me dirigí Vía Roma arriba para escuchar a un afamado explorador sueco, pero nada más cruzar bajo los arcos del acueducto me encontré con un montón de mujeres vestidas con el traje típico de segoviana, para participar en una ofrenda a la patrona de la ciudad.

Segovianas en la plaza del Azoguejo

El explorador sueco, Mikael Strandberg, ha realizado un montón de viajes “exóticos”, recogidos en diversos documentales, entre otros, 3.000 kilómetros a caballo por la Patagonia, 1.000 kilómetros a pie por la tierra de los masais, no sé cuantos en bicicleta por Asia….

Mikael Strandberg

Contó que lo que le movía a viajar era “pure curiosity“, que su objetivo era conocer y poder comunicarse con otras personas de otras culturas, y que el lugar que más le había impresionado había sido Siberia. El problema fue que su compañero de conversación, Samuel Martín-Barbero, parecía estar encantado de oirse hablar en su fluido y académico inglés, y acaparó casi más tiempo que el propio Strandberg. Además, pese a que la regulación del tiempo es bastante rígida, la conversación empezó 10 minutos tarde y acabó a la hora en punto, con lo cual nos birlaron casi el 17% de la charla.

Tras media hora de tomar el fresco, empezó en el mismo local la siguiente conversación, esta vez entre Ángeles Caso y Fernando Delgado .

Fernando Delgado y Ángeles Caso

Colegas y viejos amigos que se quieren, la conversación se centraba de nuevo en el último libro de la escritora; sin embargo, empezó con relatos muy personales de su infancia y su padre y, cuando abordaron el tema del libro, salieron a relucir otras muchas cosas, entre otras la activa militancia feminista de Ángeles Caso. En un momento dado de la charla, Fernando Delgado le indicó que todos los hombres que aparecían en la novela eran malos; ella le replicó que no, que también los había buenos y honrados, pero que los muy malos que aparecían -maltratadores y abusadores- eran personajes reales, y pidió a la gran mayoría de los hombres un claro posicionamiento en su contra.

De nuevo, al salir, la calle, animadísima, se entregaba a un hermoso atardecer.

Atardecer en la calle Fernández Ladreda

El sábado 25 teníamos entradas para una única charla, la que iban a tener Manuel Vicent y Juan Cruz. Por primera y única vez, cambiamos de local y de una caja de ahorros nos fuimos a un museo de arte contemporáneo. Juan Cruz cedió todo el protagonismo a Manuel Vicent y tuvo una participación muy marginal. Vicent estuvo brillante, divertido y agudo, charlando sobre un sucedido familiar en la guerra, los nuevos tiempos de la prensa, la religión, los “cacharros” digitales, etc.

Juan Cruz, a la izquierda, y Manuel Vicent

Y sin embargo, yo, que admiro sinceramente a este hombre como escritor, terminé la conversación bastante disgustado. En un momento dado, “explicó” cómo “el mono“, tras pasarse algún que otro millón de años jugando con un palito, terminó por ello desarrollando un cerebro humano y vino a decir, con otras palabras, aquello que sostenía Lamarck (estupendo naturalista francés nacido en 1744 y muerto en 1829) acerca de que “la función crea el órgano”: las jirafas tienen el cuello alargado a base de estirarlo para llegar a comer las hojas más altas de las acacias, etc.

Hoy hay bastantes más conocimientos acumulados que en tiempos de Lamarck, y es un hecho universalmente admitido por toda la comunidad científica (excepto por los creacionistas estadounidenses, claro que tampoco son muy científicos), que las mutaciones en el material genético, origen de la evolución de las especies, se producen al azar y sin propósito ni dirección determinados. Esas mutaciones son puestas a prueba por la selección natural que selecciona las que son favorables y rechaza las que no lo son. Cuando ocurre un cambio en el medio natural y unas especies se adaptan con éxito a él, es porque ya habían sufrido previamente las mutaciones necesarias que estaban, hasta ese momento, en la reserva.

Por otra parte, hablar de “el mono” es una vulgarización y una inexactitud de tal calibre que, a estas alturas del siglo, me resulta casi escandalosa. El mayor problema es que a la mayoría de la audiencia, el asunto le resultó divertido y ocurrente y lo celebró con sonoras risas. Y es que, en este país, la cultura es sólo de letras. Si al señor Vicent se le hubiera ocurrido decir que la catedral de Segovia es de estilo románico temprano, o que Bach -a quien también se citó- compuso “La consagración de la primavera”, se habrían escuchado sonoros murmullos de desaprobación en la sala, y todo el mundo habría comentado a la salida que hay qué ver, qué burradas ha dicho el conferenciante ¡qué insoportable incultura! sin embargo, se puede decir cualquier barbaridad científica sin que nadie, o casi nadie, se sonroje.

Claro que, a la salida, encontramos posturas de todo tipo.

En la calle Cronista Lecea

El domingo 26, en sesión matinal, acudimos a la última charla; en esta ocasión se trataba de la poetisa india Tishani Doshi, que iba a hablar con Malcom Otero Barral sobre su primera y, de momento, única novela. La conversación, sin duda la menos brillante (junto con la de Strandberg) de las que he escuchado, se centró de forma casi exclusiva en la trama del libro: una mujer galesa que lo deja todo por amor y se va a vivir a la India. La propia historia personal de la escritora, de origen indo-galés, parece estar en el origen de la historia. Se habló de extrañamiento, integración en cultura distinta a la propia y poco más. Eso sí, una vez más, el horario se siguió con puntualidad británica.

Tishani Doshi

Tras unos estupendos cortos de diversas nacionalidades y temáticas, acabó para nosotros el Hay Festival. La sensación, agridulce y un poco rara. Habíamos pagado 4 euros por persona y evento para escuchar una publicidad muy especial y en general muy bien contada, pero publicidad; los autores no lo decían, pero los acompañantes sí: compren su libro que es muy bueno, y los anteriores también. Business as usual, y todos corremos encantados a que nos vendan algo, aunque en este caso sea buena literatura.

Todas las fotos han sido hechas con una cámara Nikon D-700, con un objetivo Nikon AF Nikkor 50mm 1:1.8 D

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