Berlín, segunda parte: memoria del horror

Aún no se había completado el primer tercio del siglo XX cuando ocurrió algo que iba a tener trágicas consecuencias para Berlín, para Alemania, para casi toda Europa y para medio mundo: el fin de la república de Weimar y el ascenso al poder del nacionalsocialismo, bajo el mando de un dictador peligroso y fanático.

En una rápida sucesión de acontecimientos, el 30 de enero de 1933 Hitler era nombrado Canciller; el 27 de febrero se produjo el incendio del Reichstag del que acusaron a los comunistas; el día siguiente se aprobó el Decreto del Incendio del Reichstag mediante el que el Canciller podía abolir la libertad de prensa, el derecho a la libre expresión, el derecho a la privacidad de las comunicaciones y la propiedad privada; el 5 de marzo se celebraron elecciones parlamentarias que ganó el partido nazi con el 43,9% de los votos (en Berlín obtuvieron sus peores resultados, con el 31,24% de los votos); los 288 escaños obtenidos eran insuficientes para obtener la mayoría parlamentaria aunque, al estar en la cárcel los 81 comunistas electos -por el Decreto del Incendio- se detuvo a los socialdemócratas necesarios hasta lograrla. Así, el 23 de marzo, se promulgó la Ley Habilitante que entregó todo el poder a Hitler: la suerte estaba echada.

En la berlinesa Opernplatz -actualmente llamada Bebelplatz (en honor de August Bebel quien participó en la fundación del Partido Socialdemócrata Alemán, SPD, en 1869- frente a la Universidad Humboldt, casi al final de la avenida Unter den Linden (Bajo los Tilos), y a escasos metros de la Isla de los Museos, el 10 de mayo de 1933 ocurrió la Bücherverbrennung.

Panel dedicado a la quema de libros del 10 de mayo de 1933 en la exposición “Berlín, 1933-1945: entre la propaganda y el terror”

Instigados por el ministro de propaganda Goebbels, miembros de las SA -grupo paramilitar del partido nazi, conocidos como “camisas pardas”- y de las Juventudes Hitlerianas, quemaron los libros de la biblioteca del Instituto Hirrschfeld así como obras de autores como Thomas Mann, Erich Maria Remarque, Heinrich Heine, Karl Marx o Rosa Luxemburg. En total más de 20.000 libros fueron pasto de las llamas. Una exposición en el Museo Judío nos previene contra el olvido,

“Sin memoria todo se derrumba”

mientras que el monumento “Bibliothek”, construido por Micha Ullman en 1994-95, consistente en una estantería vacía de libros debajo del nivel del suelo, nos recuerda los hechos en el mismo lugar en que se produjeron, Bebelplatz. Resultan proféticas las palabras de Heinrich Heine, grabadas en una placa en el suelo al lado del monumento: “DAS WAR EIN VORSPIEL NUR, DORT WO MAN BÜCHER VERBRENNT, VERBRENNT MAN AM ENDE AUCH MENSCHEN“, que significan: “Sólo fue un preludio, allá donde se quemaron libros, se quemará a personas tambien” (traducción de mi hijo Pablo). Lo más tremendo es que la frase es de 1820!!

Monumento de Micha Ullman en Bebelplatz

La noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, fue el principio de la persecución contra los judíos; a lo largo de Alemania se destruyeron prácticamente todas las sinagogas (cerca de 1.600), más de 7.000 comercios y muchos cementerios, deteniéndose además a más de 30.000 judíos que fueron internados en campos de concentración. Antes de un año, el 1 de septiembre de 1939, Alemania invadiría Polonia empezando la segunda guerra mundial en Europa.

Cartel propagandístico: “Así como nosotros estamos luchando, tú debes trabajar por la victoria”. Exposición “Berlín, 1933-1945: entre la propaganda y el terror”

A 18 estaciones de distancia (media hora) de la céntrica Potsdamer Platz en la línea S-1 del S-Bahn (un “Metro” que sale del casco urbano y llega a los pueblos de los alrededores), en la localidad de Oranienburg, se encuentra Sachsenhausen, primer campo de concentración construido tras el nombramiento de Himmler, jefe de las SS, como jefe de la policía alemana en julio de 1936. El recinto, de forma triangular, debía someter a los prisioneros al poder absoluto de las SS.

Entrada al campo de prisioneros, “Torre A”, vista desde fuera y desde dentro del campo

El campo servía como modelo donde se entrenó al personal de otros campos, y albergó entre 1936 y 1945 a más 200.000 personas recluidas, de las que cerca de 100.000 murieron de enfermedades, trabajos forzados, malos tratos, hambre o víctimas de las acciones de exterminio sistemático de las SS.

Exterior del barracón 38, parcialmente destruido en 1992 por un incendio provocado por antisemitas

Interior del barracón 38, reconstruido

Ya desde la misma entrada al campo la visita es realmente impresionante. Allí nos recibe la verja con su siniestro y cínico mensaje “ARBEIT MACHT FREI” (El trabajo hace libre), utilizado en todos los campos de concentración nazis, salvo en el de Buchenwald.

En la puerta de entrada al campo

Teniendo en cuenta que en todos los campos se practicaban los trabajos forzados, esa frase era una broma macabra. El trabajo que le correspondió al recluso Henry Michel, como a muchos otros, consistía en probar la resistencia de diversos materiales para las suelas de las botas del ejército, y lo hacía corriendo cuarenta kilómetros diarios bajo pesadas cargas. Imaginemos por un momento la alimentación que recibirían, la ropa que llevarían y el clima del norte de Alemania, y podremos hacernos una idea cabal de lo que suponía ese “trabajo liberador”.

Pantalón de preso de Henry Michel

Ante la inminencia de la derrota, el campo se evacuó a finales de abril de 1945 en la llamada “marcha de la muerte”, en la que perecieron varios miles de prisioneros. El 22 de abril, soldados soviéticos y polacos liberaron a los cerca de 3.000 enfermos y sanitarios que habían permanecido en el campo de concentración. Mucho del horror que había pasado en aquellos lugares se pudo conocer gracias al trabajo de fotógrafos que llegaron con las tropas aliadas, como el del francés Eric Schwab que registró la liberación de Buchenwald con su cámara Rolleiflex.

Autorretrato de Eric Schwab al que fotografié en el Museo Judío

La terrible historia de Sachsenhausen no terminó con la liberación de los presos de los nazis ya que, a partir de agosto de 1945 y hasta marzo de 1950, el campo volvió a funcionar esta vez como campo especial soviético. Allí, funcionarios de bajo rango del régimen nazi, perseguidos políticos y personas detenidas arbitrariamente, de pasado nazi o no, y condenadas por tribunales militares soviéticos hicieron del campo el más grande en la zona de ocupación soviética. En esos años, pasaron por allí unos 60.000 prisioneros de los que casi 12.000 murieron de hambre y enfermedades.

Hoy, un monumento recuerda a las víctimas del campo de concentración. Pero sólo a las que murieron bajo el terror nazi. Cuando lo visitamos había muchas flores frescas.

Monumento de homenaje a las víctimas

Mientras avanzamos por la Lagerstrasse, la calle principal del campo por la que los prisioneros ingresaban a él, cruza corriendo una ardilla roja hacia el bosquecillo que hay al otro lado. Es como una metáfora de la vida, y me gusta pensar que algunos prisioneros, cuando se dirigían a ese lugar de horror y muerte, pudieron ver a otras ardillas o algunos pájaros que les hicieran no perder la esperanza.

De vuelta a Berlín, si caminamos por la calle Ebertstrasse desde la Potsdamer Platz hacia la puerta de Brandeburgo, encontramos a la derecha, frente al Tiergarten,  una manzana entera llena de bloques de hormigón.

Monumento al Holocausto

Se trata del “Monumento en memoria de los judíos asesinados en Europa”, coloquialmente conocido como “Monumento al Holocausto”. Construido entre 2003 y 2005 según los planos del arquitecto Peter Eisenman, está formado por 2.711 bloques de hormigón todos con la misma base (2,38 metros de largo x 0,95 metros de ancho), y todos con distinta altura (entre 0,2 y 4,8 metros). Se puede pasear entre ellos en cualquier dirección, y aunque vistos desde fuera dan la sensación de ser de poca altura, al avanzar hacia el centro del monumento el suelo desciende bastante y los bloques, que llegan a alcanzar casi cinco metros de altura, producen sensaciones de encierro, desorientación y agobio.

En la parte central del monumento

Una de las explicaciones que se ha dado a esta peculiar estructura es la de intentar reflejar el comportamiento de la sociedad alemana que permaneció callada ante el horror: en la periferia parece que es todo pequeño y sin problemas y, cuando nos queremos dar cuenta, ha crecido tanto el espanto que nos domina totalmente. Esta sensación quedó recogida de forma magistral por Bertolt Brecht en un conocido poema:

Primero vinieron a por los judíos y no dije nada porque no era judío. /Después vinieron a por los comunistas y no dije nada porque no era comunista. /Más tarde vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque no era sindicalista. /Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque era protestante. /A continuación vinieron a por mi, reaccioné y grité, pero ya era demasiado tarde: ya no quedaba nadie que hiciese algo por mí”.

Precisamente una de las críticas más importantes que ha recibido este monumento ha sido la de homenajear solamente a las víctimas judías del holocausto (más de seis millones), olvidando al resto de los grupos perseguidos:  gitanos, soviéticos (especialmente, los prisioneros de guerra), comunistas, Testigos de Jehová, republicanos españoles (unos 7.500), polacos, otros pueblos eslavos, discapacitados, homosexuales, disidentes políticos y religiosos…(otros cinco-seis millones).

En cualquier caso, si se encuentra el ángulo adecuado, el monumento también puede transmitir cierta esperanza.

Esperanza

Para terminar con este paseo berlinés que recoge la historia del horror, queda lo que quizás sea la muestra más impresionante de arquitectura que yo haya visto nunca: el Museo Judío de la calle Lindenstrasse, obra del arquitecto Daniel Libeskind, inaugurado en 2001. Si el exterior es absolutamente sorprendente, con su planta en forma de rayo, sus fachadas revestidas en zinc y sus peculiares ventanas,

Izquierda y arriba, vistas exteriores del edificio. Abajo, vista desde el “Jardín del Exilio”, con la “Torre del Holocausto” a la izquierda del fotograma

aún lo es más el interior, en el que dominan las líneas verticales, las luces cenitales y los planos inclinados; incluso, en los ejes principales del museo el suelo está inclinado lateralmente y de arriba hacia abajo (o al revés, según la dirección del visitante).

Líneas y luces en el museo.

De esta forma, el contenido se convierte en algo secundario al lado del continente: el contenido ofrece ingente cantidad de información sobre los judíos en Alemania, mientras que el continente -el propio edificio- produce un montón de tremendas sensaciones. Sobre todo en la impresionante Torre del Holocausto:

En el interior de la Torre del Holocausto

Es un recinto con planta en forma de cuadrilátero irregular, con uno de sus ángulos muy agudo formando una estrecha esquina , encima de la cual está la única entrada de luz al recinto.

Entrada de luz de la Torre del Holocausto

Frío, silencio, oscuridad, agobiante soledad…tan sólo un poco de luz y algún ruido de la calle que entran amortiguados por un invisible ventanuco allá arriba, a veinticinco metros de liso hormigón de distancia. El arquitecto ha sabido plasmar perfectamente todas las sensaciones -menos el miedo real, físico- que debieron sentir las víctimas de aquel espanto que fueron los campos de exterminio.

¿Dónde está la salida?

Además de los tres ejes que definen la estructura del museo hay seis torres de hormigón, de las que sólo una es accesible, la denominada “Void Void“,  el vacío de la memoria, que contiene una instalación del escultor y pintor israelí Menashe Kadishman, consistente en 10.000 caras de hierro de distintos tamaños y casi todas con la boca abierta en un grito de terror: “Shalechet“, hojas caídas, es su nombre.

Hojas caídas en el vacío de la memoria

Hay que andar sobre ellas, y el ruido que hacen al ser pisadas es como si estuviera producido por los gritos de los seres humanos a quienes representan, transportando al visitante -que ya se siente culpable y un tanto avergonzado por andar por encima de las víctimas- a los campos de exterminio.

El vacío de la memoria y Salechet

Las matanzas y holocaustos se han seguido repitiendo desde el final de la segunda guerra mundial: Ruanda, Irak, Liberia, Chechenia, Sudán, antigua Yugoslavia,….¿qué necesitamos para aprender? ¿sólo aprenden aquellos que una vez fueron verdugos, una vez que la sangre ha cubierto totalmente sus conciencias, pudriéndolas y produciendo su renacimiento? Hoy, los hijos de los verdugos de entonces son un pueblo admirable empeñado en la unidad de Europa, mientras que los hijos de las víctimas de entonces parecen querer empeñarse en convertirse en verdugos.

Cuando caminábamos por uno de los pasillos inclinados del museo, vimos una porción de materia que había sido viva que se había introducido en aquel memorial de la muerte masiva y el horror, como queriendo decir que todavía hay alguna esperanza.

Una hoja en el museo

Próximo capítulo: “El muro de la vergüenza”

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2 Respuestas a “Berlín, segunda parte: memoria del horror

  1. Segunda entrada, e incluso mejor sabor de boca que la primera.
    Ni que decir de las fotos! genial

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