Galápagos 1ª parte: Wilmer Quezada y el volcán Sierra Negra

Puerto Villamil, Isla Isabela, Archipiélago de las Galápagos. 0º 57′ S, 90º 58′ O

Cuando le conté a Milton Cartagena -el amable dueño del hostal La Jungla, mi hospedaje en Puerto Villamil, capital y única localidad de la isla Isabela- mi interés por visitar el volcán Alcedo, en el centro de la isla, donde vive la mayor población de tortugas gigantes en todas las islas, unos 5.000 ejemplares de Chelonoidis vandenburgi, y le pregunté cómo podía llegar , me dijo que no podía.

Vista desde mi habitación en La Jungla

El área está cerrada a las visitas desde que en 1998 comenzó el Proyecto Isabela para acabar con las cabras asilvestradas que, en cantidades inmensas, estaban acabando con la vegetación y, de paso, con la fuente de alimentación de las tortugas. El resultado fue la matanza de unas 135.000 cabras en la parte norte de Isabela -hasta el itsmo de Perry, al sur del volcán Alcedo precisamente- dando por concluido el proyecto y por erradicadas las cabras en 2006, aunque de momento no se ha reabierto la zona al turismo.

En la isla Isabela, la mayor del archipiélago pero apenas poblada por poco más dos mil personas que en su mayoría viven en Puerto Villamil,

Calle Antonio Gil, avenida principal de Puerto Villamil, a la hora de comer.

hay cinco volcanes activos y otras tantas especies de tortuga gigante. Los campos de lava alrededor de cada volcán -de norte a sur Wolf, Darwin, Alcedo, Sierra Negra y Cerro Azul- suponen una barrera infranqueable para las tortugas que, tras milenios de aislamiento, se han diferenciado como especies distintas (aunque según algunos autores sólo serían subespecies de Chelonoidis nigra, que sería por tanto la única especie presente en las islas).

Milton me dijo que el volcán que se podía visitar era el SierraNegra, aunque debería hacerlo en un pequeño grupo con un guía naturalista acreditado por el Parque Nacional Galápagos. De acuerdo con una publicación de este mismo año de la Estación Biológica Charles Darwin, la tortuga que vive en ese volcán es Chelonoidis guntheri y su categoría en la lista roja de la IUCN es críticamente amenazada, lo que implica unos reducidísimos efectivos poblacionales y, por lo tanto, unas casi inexistentes posibilidades de verlas. A pesar de ello, me apunté a la excursión al volcán; ya tendría más ocasiones para ver tortugas gigantes en libertad.

A la mañana siguiente, bien temprano, un par de coches nos van recogiendo para acercarnos al punto de arraque de la marcha. El grupo está compuesto por una señora argentina, psicóloga de Córdoba emigrada a California donde trabaja con emigrantes víctimas de torturas; una chica alemana de Stuttgart, blanquísima y zanquilarga; dos chicos israelitas en su viaje iniciático; una pareja de estadounidenses de Indiana serios y educados, él, participante en los temibles triatlones “Ironman”, hizo toda la marcha descalzo menos la zona de lava más cortante en la que se puso unas chanclas; una pareja de novios de Quito y yo, además del guía oficial, Wilmer Quezada. Con la excepción de la señora argentina, Wilmer y yo, el resto apenas alcanza los 25 años.

En el primer tramo del camino la pendiente es continua, fuerte a ratos, el suelo está embarrado y el cielo está cubierto. La observación más interesante es la de un ejemplar macho de pájaro brujo (Pyrocephalus rubinus, el churrinche de Argentina) entre la espesa vegetación, lo que alegra mucho a Wilmer.

Pájaro brujo -churrinche- fotografiado en 2007 junto al río de la Plata, en Buenos Aires

Tras algo menos de una hora de caminata llegamos al borde de la impresionante caldera que, con más de 10 kilómetros de diámetro, es la segunda mayor del mundo sólo por detrás de la del mítico Ngorongoro, en Tanzania. Allí, además de la fantástica vista, nos recibe el sol.

Vista parcial de la caldera del volcán Sierra Negra

La última erupción tuvo lugar a finales de octubre de 2005 y, según nos cuenta Wilmer, la explosión inicial reventó cristales y capilares dejando a la gente con el pecho dolorido. Afortunadamente, los volcanes de las Galápagos suelen tener unas erupciones tranquilas, con producción de lava muy fluida que se suele verter en el mar, como el Cerro Azul, también en Isabela, en 2008, o La Cumbre, en la cercana isla Fernandina, en 2009.

Caminamos a lo largo del borde de la caldera, en medio de una exuberante vegetación, cada cual sumido en sus pensamientos o charlando con quienes caminan cerca. Mientras, el paisaje nos sobrecoge.

Recorriendo el perímetro de la caldera

De vez en cuando, la vegetación a nuestra izquierda se abre permitiéndonos atisbar la caldera de nuevo.

Bordeando la caldera

Mirando hacia atrás

También, más allá de la caldera y de la zona de frondosa vegetación regada por la garúa, vemos el mar que, como es natural en una isla, nunca está demasiado lejos.

Hacia el norte

Durante la comida, bajo un frondoso jaboncillo cubierto de plantas epífitas, Wilmer vuelve a la erupción de 2005 y nos cuenta cómo las epífitas se murieron, las hojas se cayeron y las ramas se secaron a consecuencia del tremendo calor.

Jaboncillo con epífitas

Mientras nos cuenta sus recuerdos de aquella erupción, le hago un retrato:

Wilmer Quezada

Tiene 62 años, una impresionante mata de pelo negro, con apenas alguna cana incipiente, y una permanente sonrisa. Natural de Loja, al sur del país, emigró a Japón donde vivió 12 años trabajando como un energúmeno (“eso no es para un latino“), al principio en un astillero y luego en una fábrica de juguetes electrónicos. Se casó con una japonesa y tuvieron un hijo, y tiempo después se volvieron a Ecuador porque él no podía con aquel ritmo. Se instalaron en Guayaquil donde ella tuvo un contrato de 20 horas semanales en la universidad -casi la jornada diaria en Japón, según él. En esta ocasión fue ella la que no pudo con aquel ritmo, así que cogió al chico y se volvieron los dos a Japón.

Él va cada dos años a renovar su residencia pero, me confiesa, ya no va a ir más más porque nunca volverá a vivir en Japón. Y sobre ella me dice que es como si se hubieran casado un pez y un pájaro: en cuanto se pasa la fascinación inicial aquello no funciona. A Wilmer, con su permanente sonrisa y un punto de melancolía, le encantan las plantas, los ratones y los pájaros: cuando está solo, a veces se queda quieto con los brazos en cruz para que se le suban los pájaros y le picoteen “a ver si estoy vivo“.

Y, efectivamente, cuando poco después de contarme eso se le cerca un individuo de Dendroica petechia aureola, la subespecie endémica de estas islas, pienso que los pájaros le quieren.

Wilmer y la Dendroica

Claro que, a los pocos instantes,  otro ejemplar de D. p. aureola se pasea al lado de mi pie,

Sin miedo

y un pinzón pequeño de suelo (Geospiza fuliginosa, una de las especies de los famosos pinzones de Darwin) hace lo propio por la mesa, al lado de los prismáticos,

“¿Para qué servirán esas cosas negras?”

y entonces recuerdo que las aves de Galápagos son poco asustadizas en general, y ya no me asombra tanto la proeza de Wilmer, aunque seguramente sí que le quieren los pájaros. Una chumbera en flor (Opuntia echios inermis) nos despide de la zona con vegetación.

Antes de bajar al volcán Chico

Desde el sitio donde hemos parado a comer comienza un descenso que nos conduce al volcán Chico, una zona volcánica secundaria localizada en la ladera noreste de la caldera del Sierra Negra, formada por una fisura de algunos conos parásitos compuestos de escoria y lava, cuya última erupción data de 1979.

Uno de los conos parásitos del volcán Chico

Nos adentramos en un paisaje primigenio, como debió ser la tierra cuando empezó a enfriarse,

Un mundo irreal

Es una explosión de colores minerales

¿Dónde conduce ese agujero?

y formaciones amenazantes que parecen querer atraerte a insondables abismos.

Otra sima

La vida, sin embargo, se abre paso, incluso en el infierno, y junto a los túneles de lava colapsados aparecen plantas pioneras,

Grupo de cactos candelabros

en su mayoría grandes cactos candelabro (Jasminocereus thouarsii), algunos visitados por pinzones de Darwin.

Oteando el horizonte

Cuando a la vuelta nos acercamos de nuevo al borde de la caldera, su aspecto ha cambiado dramáticamente desde esta mañana.

La ladera meridional de la caldera

Antes de comenzar la bajada hago otro retrato a Wilmer, ahora con el sombrero puesto: es un tipo entrañable.

El hombre al que le gustan las plantas, los ratones y los pájaros

Los tres mayores bajamos despacio -la señora argentina se ha caído- y nuestras conversaciones van y vienen entre Japón, los pájaros del parque nacional, los ratones que tanto gustan a Wilmer -aunque sean especies introducidas generadoras de problemas- el trabajo de los guardaparques, las peligrosas excursiones a caballo para hacer la marcha que estamos haciendo nosotros (en total andaremos 20 kilómetros durante casi 7 horas), para las que se utilizan caballos capturados de adultos y domados a golpes y a veces “pierden los papeles” al ver un palo o si alguien levanta el brazo: 6 muertos anuales y montones de heridos por caídas, según él, etc.

Poco a poco la garúa nos va envolviendo.

Alejándose entre la niebla

Me quedo atrás. Todo es silencio y soledad empapada. Los bordes del mundo se difuminan… y los de uno mismo también: me disuelvo en el paisaje y desaparezco.

Silencio

Las fotos han sido hechas con una cámara Nikon D-700, con objetivos de 28 y 50 mm, excepto la del pájaro brujo que fue hecha con una Nikon D-200 con un objetivo 18-200 mm.

Anuncios

2 Respuestas a “Galápagos 1ª parte: Wilmer Quezada y el volcán Sierra Negra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s