Galápagos 3ª parte: el islote Tintoreras

Hoy he decidido hacer una breve excursión matinal al islote Tintoreras: guiados por Fausto Cartagena, hermano de Milton, en cuya “Jungla” estoy hospedado, haremos una corta travesía de la bahía de Puerto Villamil, pasearemos por el islote y después haremos un rato de buceo de superficie. Los participantes somos mis dos vecinos israelitas, dos chicos de Ambato que han ido a ver a su primo que vive en Puerto Ayora, y yo. Los seis, junto con Fausto y el patrón de la panga, nos embarcamos bajo la lluvia.

Día nublado

La pequeña bahía de Puerto Villamil se abre al sur mirando al gran océano Pacífico; eso sí, hay que aguzar la vista para ver algo más que agua porque la primera tierra firme que encontraríamos bajando por el meridiano 90º oeste, el más próximo a dicha localidad, sería la Antártida, de la que nos separan más de ocho mil kilómetros de azul ininterrumpido.

Nada más abandonar el muelle, nos encontramos con el primer lobo marino sesteando en la cubierta del ‘Don Guido’, pesquero con base en Puerto Ayora.

El ‘Don Guido’ y su polizón

No es raro encontrarlos descansando en las superficies lisas proporcionadas por las estructuras humanas, ya sea en el suelo del puerto, en un banco, …. o debajo de él.

En el muelle de Puerto Villamil

En la bahía Concha de perla

Hay veces que, mientras ellos aprovechan esas superficies, alguien aprovecha para acercarse a mirarlos.

“Snorkel” en Concha de perla

Pero volviendo a la travesía de la bahía principal, pronto llegamos a algunos pequeños islotes  llenos de piqueros de patas azules y pingüinos de las Galápagos,

Rumbo a Tintoreras

que ocupan casi cada roca.

Piqueros y pingüino

Los piqueros parece que lleven aletas de bucear, como las que hemos recogido nosotros en el muelle.

Equipados

Ya en el islote, caminamos por un sendero circular que lo va recorriendo y enseguida encontramos una zona de “guardería” de pequeñas iguanas marinas,

Todas juntas

que ya adoptan posturas de mayores.

Aquí estamos

El islote se llama Tintoreras porque hay una grieta donde el agua está tranquila y transparente, que es utilizada para descansar durante el día por pequeños tiburones coralinos –Triaenodon obesus– también llamados tintoreras, que se distinguen por tener la punta de las aletas dorsal y caudal blanca. Hoy sólo hay una, de unos tres metros.

Tintorera en Tintoreras

El paseo continúa con avistamientos de garzas de la lava (Butorides sundevalli), que comparten peña con algunos cangrejos de las rocas o zapayas (los “Sally lightfoot” de entradas anteriores, cuyo nombre español desconocía),

Al acecho

ostreros americanos (Haematopus palliatus galapagensis), que comparten peña con algunos cangrejos de las rocas o zapayas,

Descansando

lobos, que comparten playas de guijarros con otros lobos,

En parejas

o con nadie.

Sola

y, por supuesto, muchas iguanas marinas

A ver si encontráis dos lagartijas de la lava encima de sendas iguanas

a las que, como ya hemos comentado en otra ocasión, parece encantarles el contacto con sus semejantes.

En contacto estrecho

Según vamos andando, disfrutando con este espléndido panorama, el suelo cruje bajo nuestros pies, y es que está formado por trozos de coral y lava.

Suelo elegante

Al terminar el recorrido por el perímetro del islote, nos embarcamos para acercarnos a una zona de buceo a escasos minutos. Nos calzamos las aletas, nos ponemos gafas y tubo y al agua; se quedan en la panga el patrón y los dos muchachos de Ambato. El resto intentamos seguir a Fausto, aunque a los pocos instantes cada uno vamos por nuestra cuenta y, únicamente cuando uno divisa a un gran tortuga verde (Chelonia mydas agassisi), a veces consigue atraer brevemente la atención del resto.

Ingravidez

Aunque, ante este espectáculo ¿quién quiere ver a sus compañeros de panga?

¿Nada o vuela?

La diversidad de peces e invertebrados es abrumadora; no se sabe dónde mirar. Además, el agua te mueve continuamente así que, al menos para mí, es imposible volver a un lugar en el que he creido ver algo interesante. Aquí debajo -muy poco debajo en realidad- pierdo absolutamente el sentido de la orientación, claro que no es para menos.

Diversidad desconocida

De repente, surgido no se sabe de dónde, aparece un lobo de mar al que apenas soy capaz de hacerle tres malas fotos, apenas sin verle; antes de que me dé cuenta ha desaparecido de nuevo en su mundo líquido.

Visión fugaz

Todavía extasiado por el encuentro, me doy cuenta de que todo el mundo está a bordo y me están llamando. Nado hasta la popa, subo por la escalerilla y recojo en silencio mientras nos dirigimos de vuelta al muelle. Uno de los israelitas tirita sin parar.

Al llegar al puerto nos despedimos y yo me dirijo a otra pequeña bahía -‘Concha de perla’- que está al lado. No hay un minuto que perder. La zona está llena de fantásticos manglares que se atraviesan por una pasarela de madera.

Ecosistema protector

Los manglares constituyen una zona de refugio y alimentación de vital importancia para muchas especies de peces y, entre otros muchos papeles, protegen a la costa de las embestidas del mar. Además, son preciosos.

En Concha de perla

Tras un rato de contemplación relajada, incluyendo un ratito de anatomía comparada viendo las extremidades de los lobos del banco,

Pies disfrazados

me dirijo caminando al pueblo, a comer en “El Faro”, recomendado por Milton como bueno y barato (9 dólares el menú, poco más de 6 euros). Durante el kilómetro y medio escaso que me separa del Faro, paso junto a cadáveres de embarcaciones,

Varadas….

…. en tierra

Vehículos oficiales

La poli

y los bomberos

y algún que otro vehículo particular.

Transporte ligero

El menú de hoy es sopa de pollo, guajú a la plancha, jugo de limón y helado, al que yo añado una Pilsener “ecuatorianamente refrescante”, como reza la frase de la etiqueta del cuello de la botella.

El techo del Faro

Al poco de sentarme, pasa por delante la psicóloga argentina del día del volcán (ayer) y se sienta conmigo a comer; tiene un ojo morado de la caída y viene de Quito de aistir a un seminario. Nada más terminar la comida la recoje un conductor para llevarla al centro de cría de tortugas. Yo me voy a la Jungla, me cambio (todavía llevo el bañador), y a las 3 ya estoy de nuevo en la calle para ir al ‘Muro de las lágrimas’.

Se trata de un lugar, a escasos 6 kilómetros de la Jungla, en el que los nortemericanos instalaron unos radares en la 2ª guerra mundial para controlar el tráfico por el canal de Panamá. Al terminarse la guerra, los norteamericanos y los radares se fueron y las escasas construcciones se quedaron, así que los ecuatorianos decidieron sacarlas partido y enviaron allí a 300 presos y 30 policías. Los presos enviados desde 1946 hasta 1959, cuando se cerró el presidio, construyeron como castigo y en unas condiciones lamentables un muro de bloques de lava, acarreados desde largas distancias, que tiene unos 100 metros de longitud, 7 de altura y 3 de anchura, y que nunca ha servido para nada. “El lugar donde los valientes lloran y los débiles mueren” se cobró un montón de vidas y, según cuentan, por las noches se oye llorar a los espíritus de los que allí murieron.

El camino discurre inicialmente al lado de la playa, pasa por una zona de terreno volcánico donde se pueden ver algunas pequeñas lagunas,

De camino al muro

y un enorme túnel de lava, el túnel del Estero, en el que se puede entrar unos metros en marea baja,

El túnel desde fuera y desde dentro

y posteriormente se adentra enun bosque bastante cerrado. El suelo está formado casi siempre por gravilla de lava negra, y llueve de forma intermitente; en cuanto a visitantes, veo a cuatro personas en un coche y, ya en el muro, una pareja que ha ido en bicicleta. Llego cerca de las 6 de la tarde, muy cerca del anochecer por lo tanto. Es un sitio extraño y un poco sobrecogedor,

Otro monumento al absurdo

aunque el tremendo paisaje lo empequeñece.

El muro y más allá

Del otro lado del muro empieza otra zona de guerra, esta vez contra los animales que, introducidos por el hombre, se han convertido en auténticas plagas para el resto de la fauna y la flora de este edén.

¿Y las cabras?

Cuando me marcho de allí sólo está la pareja de las bicis, que me adelantará a escasos cientos de metros. Camino un buen rato en semipenumbra hasta que no me queda más remedio que encender el frontal que, previsoramente, he cogido antes de salir. Mientras ando a oscuras por el suelo crujiente y negro, bajo la lluvia y sin dejar de sudar, siento un extraño vértigo al pensar que detrás de mí, hacia el norte, a no ser que se encuentre la tripulación de algún barco, soy el último ser humano hasta las costas de Centro América a más de 1.600 kilómetros de distancia.

Tras tres cuartos de hora de solitaria caminata nocturna llego a la Jungla. La ducha, un plato de guajú a la plancha con patatas fritas y la Pilsener de turno acaban con el vértigo existencial. Mañana a las 5:30 de la mañana me recoge un taxi para llevarme al puerto y embarcarme en la “Gabi” de vuelta a Puerto Ayora.

Las fotos han sido hechas con una cámara Nikon D-700, con objetivos de 28, 50 y 180 mm, y las de debajo el agua con una compacta Lumix DMC-FT2, que me prestó mi amigo Phil.

Se incluye el nombre científico de las especies únicamente la primera vez que se cita, aunque esa primera cita se haya producido en otra entrada.

3 Respuestas a “Galápagos 3ª parte: el islote Tintoreras

  1. Otro viaje de sillón compartiendo el vértigo existencial (no he encontrado las lagartijas)

  2. Impresionantes tanto las fotos como el texto. Después de leer tus andanzas se afronta con más entusiasmo mi próximo viaje hacia la experiencia Erasmus

  3. Es una gozada dejarse llevar. Las imágenes son una pasada y el texto… En fin, sólo echo de menos una pantalla más grande… aunque yo sí he conseguido ver una de las lagartijas.

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