Galápagos 4ª parte: magia en Bahía Tortuga

Hace una mañana gloriosa mientras cruzo la rada de Puerto Ayora en un taxi acuático (45 céntimos de euro) hasta la Punta de los Alemanes. Allí, entre otras construcciones, está el hotel Angermeyer (Angermeyer Waterfront Inn); el primero de los Angermeyer en instalarse aquí está citado por Irenäus Eibl-Eibesfeldt en su libro “Las islas Galápagos: un arca de Noé en el Pacífico“, como uno de los colonos pioneros de las islas en los tiempos actuales. Y el libro, de mi amigo Esteban y empezado a leer en Quito, narra los viajes que a partir de 1957 hizo el citado sabio a este archipiélago por encargo de IUCN y UNESCO para encontrar el lugar ideal para el emplazamiento de una estación biológica, honor que finalmente recayó aquí mismo, en Puerto Ayora, al final de la avenida Charles Darwin.

Hacia la Punta de los Alemanes

Sin palabras

Esta mañana, a las 5:30, nos ha recogido un taxi en La Jungla a los dos israelitas de siempre y a mi para llevarnos al puerto. Allí hemos hecho una pequeña cola, nos han revisado muy someramente el equipaje, hemos pagado 5 dólares en concepto de impuesto local para extranjeros, y nos hemos embarcado en la “Gabi”, lancha con capacidad para unos 20 pasajeros, rumbo a Puerto Ayora, capital de la isla Santa Cruz.

El mar está agitado y vamos pegando saltos hasta que, a mitad de la travesía, la lancha se detiene y los que vamos al aire en popa tenemos que levantarnos para que el tripulante acceda al compartimento del motor y, en medio del oleaje, haga una rápida reparación. Los piqueros de Nazca y los petreles de Galápagos (Pterodroma galapagensis) nos acompañan todo el viaje y Avner, uno de los israelitas, a veces parece que se indigna y quiere pedir explicaciones por los saltos que da la embarcación. En poco más de dos horas llegamos a Puerto Ayora sin más contratiempos.

Para no repetir la experiencia del alojamiento supercutre en el que me metí la primera noche, antes de ir a Isabela, veo cuatro de ellos (sobre todo los baños), antes de decidirme por el 5º, el Hostal España en la calle Tomás de Berlanga, recomendado tanto por Milton como por la señora de información turística del aeropuerto. Me dan una habitación pequeña, muy pequeña, con dos ventanas a sendos pasillos pero con un baño decente (de cuya ducha, como pronto comprobaré, apenas sale un hilillo de agua) que cuesta 40$ por noche con aire acondicionado; como no quiero aire acondicionado, el precio baja a 30 dólares aunque sigue siendo la misma habitación con el mismo aparato de aire acondicionado. Cuando me vaya de allí, tras dormir cuatro noches, me rebajan 3 dólares diarios por lo de la ducha.

Tras instalarme y cruzar a la Punta de los Alemanes en el taxi acuático voy paseando hacia Las Grietas, y lo primero que me encuentro es una garza de la lava (Butorides sundevalli) junto a unos mangles blancos,

Saliendo de caza

en el extremo de una playa idílica.

Colores

Al poco, una garza estriada. Tras posar un rato para las fotos, se sacude y al poco se lanza a volar; hay un instante, imperceptible a no ser por la cámara, en el que se produce un fenómeno casi metafísico: el cuerpo ya está moviéndose en el aire y sin embargo los pies aún permanecen fijos en la roca. Al instante siguiente se acaba la metafísica y ya es todo física del vuelo, dinámica de fluidos, planos de sustentación, ángulos de ataque y demás cuestiones materiales.

La metafísica del vuelo

Continuo el paseo que ahora discurre por unos lodazales en los que medran los pequeños cangrejos violinistas (Uca helleri), con una gran pinza que los machos agitan durante el cortejo. Como los cangrejos fantasma que había en Isabela, los violinistas también viven en madrigueras en el cieno.

A la entrada de las madrigueras

Por fin llego a las Grietas, fisuras en la lava recorridas por un brazo de agua salobre y transparente donde es muy popular bañarse y algo menos saltar desde lo alto de la pared.

Saltador y espectadores

A la vuelta, tras atravesar una zona cubierta por un auténtico bosque de la subespecie más alta de Opuntia (Opuntia echios gigantea) que se encuentra sólo en esta isla,

Chumberas gigantes

llego a Puerto Ayora y, de camino a las oficinas del Parque Nacional Galápagos, paso por la pescadería al aire libre donde siempre hay mucho ambiente, tanto de compradoras humanas como de descuideros alados.

Animación en la pescadería

Aunque el niño mimado es un pequeño lobo que, entre las piernas del pescadero de turno, espera que le den los “cueros” (la piel) de los pescados. Según me cuentan, llegó bastante hecho polvo hace unos cuantos meses, aquí lo recogieron y lo adoptaron y ya no hay forma de que se vaya: cuando hace alguna excursión por el mar, los de su especie le rechazan; se ha convertido en apátrida en el paraíso.

El exiliado

El camino que lleva a las oficinas del parque está lleno de interesantísima vegetación y montones de aves y lagartijas. Allí se encuentra el centro de crianza Fausto Llerena, en el que se reproducen y posteriormente liberan en sus islas de origen tanto tortugas gigantes como iguanas terrestres. Quizás el inquilino más tristemente popular de este centro sea “el solitario Jorge”, único representante vivo de Chelonoidis abingdoni, la especie de tortuga endémica de la isla Pinta, cuya edad se estima entre 92 y 108 años. Hay que verle de lejos ya que su corral, compartido con un par de hembras de otra especie ‘por si acaso’, es el único al que no se puede acceder.

El triste, pobre y solitario Jorge

Hay otros cuantos recintos por los que se puede pasear entre las tortugas, muchas de ellas enormes, traídas de varias islas,

Una de ellas

y aunque son unos animales impresionantes, no especialmente activos, aquí carecen de problemas y se supone que no deben sufrir demasiado la falta de libertad,

Comiendo de un tronco de Opuntia

me voy del centro con una sensación agridulce ya que, al margen de la excelente labor de recuperación, cría en cautividad y reintroducción en el medio natural de miles de ejemplares, no puedo dejar de sentir un poco de pena por estos magníficos individuos que ya nunca volverán a ver su isla natal. ¡Tengo que organizarme una excursión para ver tortugas gigantes en libertad!

¿Tristeza?

…..

Por la mañana temprano compro medio litro de zumo de naranja y un paquete de galletas “Amor” sabor fresa en el ‘minimarket’ que hay al lado de mi hostal, y que abre a las 7 de la mañana. Me voy a un banco solitario frente al mar y desayuno tranquilamente …. pero ¿realmente es solitario?: cuando entre galleta y galleta empiezo a fijarme, descubro que en un semicírculo de diez metros de radio desde donde estoy sentado hay unos cuarenta cangrejos zapaya, una iguana marina comiendo algas en la pared del pequeño malecón que tengo delante que ha quedado descubierta con la marea baja, una garza de la lava inmadura y un pelícano, también inmaduro, ambos acicalándose y sin hacer el más mínimo caso de mi presencia.

Camino por la calle Charles Binford en dirección noroeste para ir a Tortuga Bay, o Bahía Tortuga. A estas horas de la mañana, todo está muy tranquilo

Relajado

y la mayoría de los locales que de noche hierven de animación todavía están cerrados.

Aún no es la hora

Me despide de la ciudad unos de los muchos muros pintados, en este caso con motivos alusivos a las riquezas naturales de las islas.

Ideas claras

Al rato llego a la entrada del parque nacional, donde hay que registrarse, y me avisan de que hay que salir antes de las 6 de la tarde. Comienza un camino empedrado de alrededor de metro y medio de anchura,

Camino hacia la playa

que discurre entre frondosa vegetación: hay plantas ya familiares como las impresionantes Opuntia, aquí acompañadas de muyuyus en flor (Cordia lutea),

Al sol

y otras que no había visto antes, como Momordica charantia, con su llamativo fruto.

Flores y fruto

Aunque a mi lo que más me gusta del paseo son los pájaros, como los sinsontes, Nesomimus parvulus,

Al borde del camino

los papamoscas de las Galápagos, Myriarchus magnirostris,

¡Qué bonitos!

y entre los pinzones de Darwin, los de los cactus, Geospiza scandens,

Una de las especies de pinzones de Darwin

y unos que aún no tengo claro si son pinzones grandes de suelo, Geospiza magnirostris, o pinzones medianos de suelo, Geospiza fortis, y que, en cualquier caso, tienen un hermoso pico.

¿Grandes o medianos?

Tras casi dos kilómetros y medio de paseo -casi 3 y cuarto desde el hostal- la desembocadura del camino en la playa es espectacular.

Para quitar el hipo

La playa “brava” como la denominan para diferenciarla de la “mansa”, mucho más pequeña y protegida al oeste de ésta, es una bahía ligeramente semicircular, abierta al sur, al inmenso océano Pacífico.

La playa brava

Sólo se puede caminar por la playa, ya que el matorral de Nolana galapagensis que fija las dunas es zona de desove de tortugas marinas -de ahí el nombre de la bahía- las aquí denominadas tortugas negras, uno de los dos morfotipos que presenta aquí la tortuga verde, Chelonia mydas.

Mirando hacia el oeste, con la zona de anidación a la derecha (norte)

Mientras avanzo pausadamente, además de vuelvepiedras, gaviotines, pelícanos o piqueros de patas azules, me acompañan las huellas de iguana marina.

Pies y cola

Por fin llego al extremo occidental de la playa

El lugar mágico

y allí me doy de bruces con lo que había sido mi sueño durante meses: cuando antes de venir alguien me preguntaba por el viaje y lo que iba y no iba a hacer, yo siempre decía que quería tomármelo con calma y, por ejemplo, pasarme medio día sentado a la sombra mirando a las iguanas. Pues de repente todo eso estaba allí: en la orilla del mar, un grupo de mangles rojos, Rhizophora mangle,

En el agua

y blancos, bajo las ramas de uno de estos últimos un numerosos grupo de iguanas marinas,

Saliendo del agua

y a 5 ó 6 metros de distancia tierra adentro, alejados de la influencia de la marea como le gusta a esta espcecie, dos mangles de botón, Conocarpus erectus, entre cuyas ramas bajas alguien había colocado un tablón a modo de banco bajo la espesura de los dos árboles que protegen del recio sol. Allí me senté radiante, cogí los prismáticos y los puse en el tablón, monté la cámara en el trípode y, con mucha calma, empecé a comer la ración del día hasta la hora de la cena: una bolsa de patatas fritas, una bolsita de crujientes rebanadas de plátano frito dulce, una barrita “Snicker” de chocolate y caramelo y un par de botellas de agua ya templada. Mientras disfrutaba del espectáculo me dí cuenta de que había muchos escenarios y que, a mi alrededor, había un montón de grandes iguanas.

Descansando

En contacto

Y lo que es mejor, aquella zona era una especie de estación de servicio a la que acudían las iguanas para que los pinzones pequeños de suelo, Geospiza fuliginosa, les libraran de restos de piel muerta  y parásitos externos.

Con cuidado ¿eh?

Claro, que lo mejor, el momento mágico de ese rato inolvidable, aún estaba por llegar. Además de los pinzones que atendían a las iguanas, había otros cuantos comiendo semillas de mangle, observándome desde las ramas próximas o, los más atrevidos, subiéndose al tablón y acechando a las patatas fritas.

Arriba hembras, abajo machos

También los hay que se posan en la mochila, en las zapatillas y en mis rodillas hasta que, cuando me estoy comiendo la barrita “Snicker” de chocolate y caramelo, una hembra más intrépida repite el trayecto zapatilla-rodilla, trepa un poco más y se va a la barrita que sujeto con la mano izquierda, posándose en la parte mordida. Se va y al momento vuelve, haciendo de nuevo las mismas paradas pero incluyendo una intermedia en mi mano antes de llegar a la barrita. Me emociono.

A todo esto, las horas han pasado, y las iguanas que estaban bajo el mangle en la orilla se van desplazando, en su mayoría hacia la sombra en la que me encuentro,

En ruta

cruzando apresuradamente -para lo que son ellas- el tramo de arena que está al sol, atropellándose con las prisas,

¡Cuidado, que voy!

aunque también las hay tranquilas.

Sin agobios

Cuando las últimas abandonan la sombra de los mangles y se dirigen hacia las dunas, yo también me despierto del sueño, me levanto y continuo andando hacia la playa mansa.

Hacia las dunas

De camino, paso por un campo de lava que hay más allá de la playa, donde se concentran gran cantidad de iguanas jóvenes.

Se acabó la arena

y en cuyas proximidades se posa una gran garza azul, Ardea herodias, que toma una rato el sol antes de irse de caza.

LLegando

Al sol

Justo antes de la playa mansa se rodea un precioso bosquecillo de Opuntias,

Extraño aspecto

con enormes palas productoras de frutos.

Detalle

Finalmente llego a la playa en la que, haciendo honor a su nombre, el mar está como un plato. Hace un rato que se ha nublado, y a la luz cada vez más débil del atardecer me doy un baño rápido mientras un pelícano pesca cerca de mí, me seco apenas y emprendo el camino de vuelta. Mientras recorro de nuevo la playa se repiten los escuadrones de piqueros y los pelícanos y los gaviotines, y me paro para hacer una foto a un macho de reinita de manglar.

Me recuerda a Wilmer

La tarde se escapa a toda prisa y aún tengo que recorrer los dos kilómetros y medio hasta el puesto de control del guardaparque. La playa se va quedando oscura y a mi no se me quita la sonrisa extasiada ¡vaya día!

Adios a Bahía Tortuga

Las fotos han sido hechas con una cámara Nikon D-700, con objetivos de 28, 50 y 180 mm.

Se incluye el nombre científico de las especies únicamente la primera vez que se cita, aunque esa primera cita se haya producido en otra entrada.

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4 Respuestas a “Galápagos 4ª parte: magia en Bahía Tortuga

  1. Jo, que bonito!!! y además logras que los que te leemos podamos disfrutar un poquito de lo que disfrutaste tú. Las fotos de los pipis preciosas…

  2. Una vez más ¡¡¡ flipada !!! Gracias por compartirlo. ¿cuántas entregas quedan? me estoy enganchando…

  3. ¡Bellas imágenes! ¡bellos, algunos, extraños, otros, “bichos”! y textos que nos transportan a esas tierras.
    En resumen, disfrutamos un montón.

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