Galápagos 5ª parte: en bici buscando tortugas gigantes

En la ya lejana mañana del 16 de junio, paseando por la Plaza Grande de Quito y sus alrededores, donde se celebraba algún tipo de concentración ciclista,

En la Plaza Grande

Al fondo, la catedral

me entraron unas ganas irrefrenables de montar en bici, ya que desde noviembre pasado apenas lo había hecho dada la gran cantidad de tiempo dedicada a preparar las clases del máster.

Durante el atardecer en Isabela, mientras montaba el trípode  y esperaba que la luz se desvaneciera casi por completo, la vista de un ciclista por la playa no hizo sino aumentar dichas ganas,

En la playa de Puerto Villamil

a lo que también contribuyeron algunas bicicletas encontradas en Puerto Ayora, que pasaron inmediatamente a engrosar mi colección de fotos de bicis.

Con sillín para niños

Un auto menos

¿Vehículo oficial?

Vive el lugar que amas

Esto, unido al deseo de ver tortugas en su ambiente, produjo la consecuencia lógica: alquilaría una bicicleta para ir al interior de la isla a buscar tortugas. Seleccioné entre las muchas agencias que organizan excursiones una que alquilara bicicletas buenas cerca de mi hostal, pregunté el precio y me fui a cenar a uno de los comedores populares de la calle Charles Binford. Antes de las 11:30 estaba en la cama deseando que amaneciera.

Por la mañana, tras mi habitual desayuno rodeado de cangrejos, iguanas y aves de diversas especies, fui a formalizar el alquiler para iniciar la excursión; como la agencia seleccionada estaba cerrada -todavía no eran las 8 de la mañana- me fui a otra cercana que sí estaba abierta. Las bicis tenían peor aspecto que las que había visto, pero como no quería esperar pagué los 15 dólares del alquiler por todo el día, dejé el carnet de identidad, cogí la bici que me pareció más adecuada a mi tamaño y salí a la calle. Cuando iba a marcharme descubrí con sorpresa que a la bici le faltaban el pedal y la biela izquierdos. Cambio de bici entre las excusas del dueño “Pero si las reviso todos los días“.

La segunda bici no tenía freno en la rueda trasera. La tercera no tenía freno en la rueda trasera. La cuarta no tenía freno en la rueda delantera. Sin mediar palabra, el propietario me devolvió el dinero y el carnet mientras murmuraba que no sabía cómo decir que sus empleados trabajaran bien y yo pensaba en el tiempo que llevarían esas bicicletas sin usarse.

Afortunadamente, en ese rato ya ha abierto la agencia que yo quería, así que recojo una estupenda bici, pago y me largo. La salida de Puerto Ayora por la avenida Baltra es un poco apestosa ya que el pavimento está hecho con unas baldosas grandes, octogonales, que están medio sueltas y con los bordes rotos, así que los botes son continuos, y además van aderezados por el humo que echan los buses, taxis y demás vehículos. La carretera, que discurre en dirección norte hasta llegar a la pequeña localidad de Bellavista, como es lógico saliendo del nivel del mar y dirigiéndose a la parte alta de la isla, es una cuesta arriba prácticamente continua, lo que unido a mi baja forma y a que sudo copiosamente desde el primer kilómetro hace que la excursión no sea demasiado placentera. Además, al poco de salir de Puerto Ayora, ha empezado a llover a cántaros

Lluvia y plataneras

así que de vez en cuando, cuando la lluvia arrecia más de lo razonable, me refugio bajo alguna de las muchas precarias paradas de autobús que jalonan la carretera,

Un refugio

Otro refugio

donde intento escurrirme un poco. También aprovecho mientras estoy a cubierto para limpiar las gafas, que tengo que llevar quitadas por el agua, y ponérmelas un rato para disfrutar del paisaje que se extiende a los lados de la carretera.

Camino prometedor

Finalmente llego a Santa Rosa, a unos 20 kilómetros de Puerto Ayora. Pregunto a una pareja joven que acaba de recoger a su hijo pequeño a la salida del colegio por dónde se va a la reserva ‘El Chato’, me dicen que el camino empieza en la primera calle a la izquierda y, cuando les pregunto si se tarda mucho en llegar, me contestan que depende, que ahora tendré casi cuatro kilómetros y medio de bajada y a la vuelta los tendré de subida. Efectivamente, en la esquina encuentro un cartel que anuncia la reserva a 4,4 kilómetros y allí mismo empieza una bajada con tramos de desnivel muy fuerte. Ya no hay asfalto, el piso está embarrado y a ratos es de piedra volcánica machacada y muy suelta, así que tanto la bici como yo llegamos abajo perdidos de barro: llevo pantalón corto y sandalias, que me he puesto esta mañana con la vana intención de que se me secaran un par de pequeñas heridas del pie izquierdo que no terminan de cerrarse.

Uno de los poquísimos tramos llanos cerca del final de la bajada

Lo único que hay allí es un cartel anunciando la llegada a la reserva de tortugas gigantes ‘El Chato’. Ato la bici a un árbol, escojo una de las varias trochas llenas de agua y barro que se adentran en el bosque

El camino

y, entre continuos resbalones, me interno en el silencio y la penumbra.

Bosque cerrado

Aquello parece una auténtica jungla mesozoica en la que podrían aparecer dinosaurios en cualquier momento. Y así es. De repente, veo a la primera tortuga. Es grande, no tanto como las del centro de cría de la ciudad, pero enorme para los estándares europeos: el caparazón, medido por su línea medio dorsal, tendrá unos 90 centímetros. Es un ejemplar de Chelonoidis nigrita, la especie que vive en la isla Santa Cruz y cuyo estatus de conservación es vulnerable, según la IUCN.

Mi primera tortuga

En esta selva verde, nublada, húmeda y oscura comienzo a hacerla fotos relajado y emocionado a la vez. La miro, disparo, la miro, disparo. Es un momento indescriptible hasta que, cuando llevo un buen rato observándola con los prismáticos, de lejos y apoyado en un árbol, empiezo a notar unos pinchazos tremendos en pies y piernas, y es que se me han subido montones de hormigas minúsculas que se me quieren comer literalmente, ajenas a la diferencia de tamaño y fiándolo todo a la superioridad numérica. Se trata de Solenopsis geminata, una de las especies de hormigas de fuego, según me explicará meses más tarde Víctor Carrión, experto del Parque Nacional Galápagos; (en el mes de septiembre conoceré a una chica holandesa que hace aquí su tesis doctoral sobre diversas especies de hormigas de fuego, especies invasoras que suponen una seria amenaza para la fauna local). Me froto con fuerza y me cambio de sitio, acercándome a la tortuga que,

En marcha

mientras tanto, ha girado a la izquierda apoyándose sobre su pata trasera derecha, y camina lentamente. Cuando estoy cerca se detiene, recoge parcialmente el cuello y la cabeza dentro del caparazón y, para mi sorpresa, emite un fuerte resoplido en un tono que, a no ser porque la estoy viendo, resultaría absolutamente amenazador.

Sigo caminando por este universo cerrado y soliario

El bosque húmedo

hasta que me encuentro con una pareja de ecuatorianos jóvenes, llevando él un niño a la espalda en una mochila. Me preguntan si he visto un coche en el lugar por el que he accedido a la reserva y, al decirles que no, se van por otra trocha después de que intercambiemos información sobre las tortugas vistas. No los vuelvo a ver -ni a ellos ni a nadie más- así que supongo que finalmente habrán conseguido salir a donde quiera que hubieran dejado el coche. De vuelta en casa, me enteraré de que desde el Parque Nacional Galápagos se recomienda encarecidamente visitar esta reserva con guía autorizado, dado que es muy fácil perderse; de hecho, en los últimos tiempos se han perdido dos personas, una de las cuales murió antes de que pudieran encontrarla.

Afortunadamente, yo no me pierdo y sigo encontrando tortugas, la segunda de ellas en un claro.

La segunda

Estira el cuello como para no perderse detalle,

Curioseando

aunque cuando me acerco para poner mi pie a su lado y poder tener una perspectiva de su tamaño

Comparando con un 44

desaparece dentro de su caparazón tras los habituales resoplidos.

Continuo el fantástico paseo

Bosque encantado

y, a pesar de los resbalones por los que rompo las tiras de las sandalias que sujetan los tobillos, disfruto con una intensidad difícil de explicar. Las dos siguientes tortugas que encuentro están cerca la una de la otra: la primera con pegotes de barro en el caparazón,

Manchada

y la segunda con el caparazón impoluto.

Limpia

Hasta ahora, las cuatro que he encontrado son de un tamaño similar, cercano al metro de longitud mediodorsal, pero la quinta, también cerca de estas dos, es mucho más grande.

La más grande

Está metida en un charco, comportamiento que los expertos en quelonios interpretan como una posible actividad de termo-regulación o, más probablemente, como una forma de librarse de garrapatas y otros parásitos externos. Sea como fuere, el cuello y la cabeza de esta gran tortuga, que parecen salir directamente del barro sin relación con el caparazón que está encima, me sugieren poderosamente la imagen de una anaconda que estuviera agazapada en el hueco bajo el caparazón.

Como una anaconda

Cuando paso junto a ella intentando no caerme en su charco, la visión se desvanece y ya sólo me da la impresión de que me mira de reojo esperando que la deje en paz con su lodo.

La anaconda se fue

Un rato más tarde, con gran pena, decido darme la vuelta. Ha pasado más de media hora desde la hora tope que me había puesto para volver, teniendo en cuenta todo lo que me falta y que no sería muy sensato ir por la carretera sin luces y de noche. Pero claro, en el camino de regreso sigo encontrando estas maravillas vivientes, y ¿quién se resiste a hacer una foto más?

Pastando

¿y otra, un poco más cerca?

Ensalada variada

O, ya puestos ¿por qué no tirarse un poco al suelo para hacer un primer plano de esa impresionante pata?

Escamas

Las últimas que veo son dos que comen juntas, aunque no tengo ni idea de si estarán juntas de forma voluntaria y activa, o es que la casualidad hace que sus caminos se hayan cruzado momentáneamente.

¿Casualidad o deseo?

Como no sabía que era tan fácil perderse llego a la bici sin dificultad, y eso que, con lo que ha cambiado la luz y mi ensoñamiento permanente, paso por sitios que me resultan completamente desconocidos. Antes de abandonar este maravilloso lugar  me miro los pies tras las horas de caminata por los barrizales….

Sin comentarios

Mientras hago los 4,4 kilómetros de subida hasta Santa Rosa prácticamente enteros andando con la bici a mi lado, voy pensando en las tortugas y en sus larguísimas y, al menos aparentemente, tranquilas, lentas y aburridas vidas y en que los animales más activos y dinámicos viven mucho -o muchísimo- menos tiempo. ¿Será el aburrimiento el secreto de la longevidad? ¿Se acortarán las vidas -las nuestras incluidas- con el incremento de la actividad y las experiencias acumuladas?

A mitad de la subida me cruzo con dos taxis con unos cuantos turistas estadounidenses; esa debe ser la forma normal de llegar aquí, mucho más para personas de mi edad. Paran a mi lado y, mientras me miran como si fuera un pordiosero, uno de los conductores me pregunta si he visto tortugas y, al explicarle más o menos dónde las he visto, salen corriendo como alma que lleva el diablo, dejándome de nuevo a solas con mis reflexiones existenciales y mis juramentos dedicados a la cuesta. Cerca de Santa Rosa vuelve la lluvia con una intensidad cercana al diluvio, así que, cuando por fin llego al pueblo y empiezo la vuelta a Puerto Ayora, casi todo cuesta abajo, es un auténtico alivio. Voy rapidísimo todo el camino y, excepto unas pequeñas subidas que hago con el plato grande, la bajada es continua.

Paro en Bellavista a comprar y beber un refresco en una tiendecita regentada por una pareja mayor, en la que están descargando un montón de grandes pollos congelados. El hombre los va poniendo en un barreño de plástico que cuelga de una báscula y la mujer apunta en un cuaderno las libras que pesan. Dejo la lata de bebida en el mostrador un momento, sin darme cuenta de que tiene la base completamente abollada, de manera que se vuelca encima del cuaderno; la levanto rápidamente, y quito el resto de líquido de la página con las cuentas y, cuando la mujer me mira con cara de pocos -muy pocos- amigos, le enseño la lata deformada que me acaba de vender, como diciendo “No ha sido culpa mía“. En cualquier caso, apuro de un trago lo que queda en la lata mientras me como unas rebanaditas de plátano frito -única comida del día- pago y sigo mi camino.

Al llegar a Puerto Ayora me doy cuenta de que quitarme el barro que llevo encima con el hilillo de agua de mi ducha sería una cuestión imposible así que, sin devolver la bici ni pasar por el hostal, me voy directamente a la playa de la estación biológica -la utilizada por la gente del pueblo- para, a base de intensos restregones mientras las olas me empapan los pantalones, adecentarme piernas, pies y sandalias.

Cuando devuelvo la bici, el chico que trabaja en la agencia me pregunta por mi excusión y, al decirle que he ido a la reserva ‘El Chato’, me contesta “¡Qué lejos ha ido! Yo no conozco ese sitio” Y entonces me acuerdo de nuevo de las tortugas y del secreto de la longevidad.

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