Un poco de Jutlandia

El último fin de semana de julio, mientras Mabel estaba aquí, decidimos alquilar un coche y hacer una excursión para conocer algo de la península de Jutlandia, la Dinamarca continental. Salimos del aeropuerto de Copenhague por la autopista E-20 que, tras unos kilómetros en dirección sur ligeramente suroeste, a la altura de Køge toma decididamente rumbo oeste con una leve deriva hacia el sur, hasta atravesar la isla de Selandia y llegar al mar. Allí, en lugar de tener que coger un ferry para cruzar el Store Bælt (Gran Cinturón, el estrecho que separa Selandia de la vecina isla de Fionia), como ocurría hasta julio de 1998, la E-20 continúa atravesando el conocido como el Puente de Oriente (Storebæltsforbindelsen, en danés, literalmente Puente del Gran Cinturón). No hay más que hacer una breve parada para pagar el peaje.

Cruzando el puente

El puente, el tercero colgante más largo del mundo, está habilitado para tráfico de coches y trenes y salva los más de 16 kilómetros y medio del estrecho por medio de dos tramos entre los que hay una pequeña isla, Sprogø. En la zona más próxima a Selandia es donde se encuentra la parte colgante del puente, la más espectacular.

En medio del puente

Llegando a Fionia, la isla en la que se encuentra la ciudad de Odense, el tráfico se complica y empieza a llover con ganas.

Lluvia y atasco

Ni la lluvia ni el tráfico denso nos abandonarán durante todo el cruce de Fionia, para “alegría” de Mabel que tiene que conducir todo el camino gracias a mi torpeza de haber olvidado el carnet de conducir. Para dejar la isla hay que cruzar otro estrecho, el Lille Bælt (Pequeño Cinturón), que se salva mediante un puente mucho más modesto que el Oriente, pero todavía notable.

Llegando al puente de unión con Jutlandia

Al poco de llegar al continente la lluvia va amainando y cuando, tras atravesar la base de la península, llegamos a Esbjerg, en la costa occidental de Jutlandia, ya hace un sol radiante.

Bandera sin complejos

Aquí, como en el resto del país, es muy frecuente ver banderas danesas por todas partes, sin que provoquen ningún tipo de mal rollo; son un símbolo de Dinamarca del que los daneses no han consentido que se apropie ningún grupo.

Tras atravesar las instalaciones del puerto de carga de Esbjerg, por cierto con una enorme zona donde se almacenan palas, rotores y demás componentes de aerogeneradores en espera de ser transportados, llegamos a un área residencial con un paseo marítimo de madera,

El paseo

vigilado por las gaviotas argénteas, a la espera de que a algún turista se le caiga algo de comida,

Al acecho

y flanqueado, al otro lado de la calzada, por una serie de casas bajas todas distintas y algunas originales y bonitas,

Casas y nubes

ante las que no hay más remedio que pararse a echar una miradita.

Paseo marítimo y casas

En la playa hay hamacas vacías,

¿Dónde están los bañistas?

y al final del paseo se alinean las pequeñas embarcaciones de recreo, sin que parezca que nadie las utilice.

Veleros 1

Veleros 2

No deja de sorprender la escasez de gente, sobre todo teniendo en cuenta que hoy es un sábado soleado de finales de julio. Por si acaso alguien se cae al agua, tenemos con que ayudarle.

Salvavidas

Continuamos viaje rumbo norte, pasando por Holmsland Klit, barra de 40 kilómetros de largo y entre 1 y 2 de ancho que separa el fiordo de Ringkøbing del Mar del Norte, que en danés es el Mar Occidental, Vesterhavet, y finalmente llegamos a Ringkøbing, ciudad de casi 10.000 habitantes, situada a 336 kilómetros de Copenhague, que es nuestro destino de hoy. Tiene muchas casas tradicionales con detalles que me llaman la atención,

Ladrillos, cristal, madera, hierro, pintura y sombra

y esculturas de madera, recién hechas en el parque en el que se exponen,

Para ver y tocar

pero como siempre, me tira el puerto, con sus viejos barcos bañados por un mar hoy tranquilo y una cálida luz.

Olga

Después de cenar, nos encontramos con una costumbre recuperada hace 15 años y que, en su día, era tradicional: dos hombres ya mayores van recorriendo las calles del centro de la ciudad, provistos de faroles y una especie de lanzas-mazas y pertrechados con abrigos largos y gorros altos. Son los vigilantes nocturnos (vægtere) que, seguidos por unas pocas personas, hacen su ronda mientras de vez en cuando cantan viejas melodías. A veces se detienen delante de una casa, cantan algo y la persona homenajeada les ofrece una copita de algún licor.

Los vigilantes nocturnos

Cuando nos separamos de ellos, volvemos hacia el puerto que, a estas horas, está vigilado por la luna.

Nocturno

Regresamos al hotel por calles que, si por la tarde apenas estaban transitadas, ahora están absolutamente desiertas.

Nadie de noche

Por la mañana ha vuelto la lluvia y, tras ver unas preciosas barcas tradicionales en un pequeño embarcadero,

Barcas

nos despedimos de este mar gris y tristón

Nostalgia

y de esta bonita aunque no demasiado animada ciudad que, como otras pequeñas localidades danesas, ha visto como su población emigraba a las ciudades grandes en busca de oportunidades.

Nadie de día

Viajamos de nuevo hacia el sur, más hacia el sur de donde empezamos, por otra carretera. El paisaje, como todo el que hemos visto en el país, es amable y suave, lleno de explotaciones agrícolas y ganaderas con apariencia tranquila.

Vacas felices

También se adivina otro modelo de producción energética, mucho más descentralizado que en España: hay aerogeneradores por cualquier sitio, pero casi nunca más de dos o tres juntos.  En cualquier caso, es una impresión basada en pocos datos y sin contrastar con nativos bien informados.

Aerogenerador solitario y maizal

Así, llegamos a Ribe, la ciudad más antigua de Dinamarca, permanentemente habitada desde el año 710 y hoy con 8.187 habitantes (Wikipedia dixit). Su centro urbano, muy bien conservado, y la proximidad a la frontera alemana (poco más de 56 kilómetros), hacen que haya muchos turistas, aunque no siempre salgan en las fotos.

Ribe 1

Ribe 2

Ribe 3

Ribe 4

Ribe 5

Pero cuando vuelve la lluvia,

Mucha más lluvia de la que parece

la ciudad se vacía totalmente.

Después de la lluvia

Nosotros también nos vamos. Es domingo por la tarde, tenemos que volver a Copenhague y devolver el coche y al día siguiente hay que madrugar para ir a trabajar.

Seguimos atravesando campos de maíz, de cereal aún sin cosechar y de patatas en flor,

Patatas y trigo

y seguimos viendo turbinas eólicas en grupos muy poco numerosos.

Energía limpia

Y así, cruzamos el puente que salva el Lille Bælt, atravesamos la isla de Fionia, llegamos al gran Puente de Oriente, más impresionante desde esta orilla,

El Storebæltsforbindelsen

y en la pequeña isla donde empieza la parte colgante del puente damos por concluida, desde el punto de vista fotográfico, esta primera incursión en Jutlandia.

La isla de Sprogø

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