Invierno en Laponia 2

Tres horas y media después de meternos en la cama, nos levantamos de nuevo: a las 5:30 nos tenía que recoger un taxi-furgoneta que nos llevaría a la estación donde íbamos a coger el tren que se dirige a Narvik, en la costa noruega, vía de salida del mineral de hierro, dado que el Báltico pasa varios meses al año helado. A esas horas, y sin turistas para acercarse a visitar el fiordo de Narvik, la estación estaba desierta y, además de nosotros, sólo abordaron el tren dos japoneses.

Nuestra parada era todavía en Suecia, en el parque nacional Abisko, cuya estación de investigación íbamos a visitar. El recorrido, de hora y media aproximadamente, sirvió para que mis compañeros echaran un sueñecito. Cuando llegamos a nuestro destino, entre el sueño, la nocturnidad, la nieve y el despiste, nos bajamos del tren por el lado equivocado y fuimos lanzándonos todos desde la puerta hasta el lejano suelo, cubierto por una gran capa de nieve. Cuando el revisor -casado con una española- nos vio, consiguió aguantarse la risa mientras nos indicaba que volviéramos a subir al tren (cosa bastante más difícil que bajar, dada la altura) para descender por el lado correcto y fácil, donde se encontraba el andén. Una vez allí, y mientras dábamos rienda suelta a la risa, que nosotros no reprimimos, fuimos conscientes de la nevada que estaba cayendo.

Tras su llegada, Frida nos guió hacia la estación de investigación, en la que trabaja. Cruzamos el pueblecito donde vive,

y tras un buen paseo por un precioso camino solitario,

y cruzar la carretera que va hacia Noruega,

llegamos a la estación científica.

Allí, nos enseñó las instalaciones

y nos presentó a sus colegas, incluso a algún ornitólogo retirado.

Tras despedirnos de los científicos, paseamos junto al gran lago Torneträsk, de 70 x 11 kilómetros, dentro del parque nacional Abisko,

hasta llegar a un pequeño cañón

en cuyo fondo había una espectacular cascada congelada.

Desde allí nos fuimos a comer, y terminamos a tiempo de ver la luz del atardecer sobre las cercanas montañas

y de coger nuestro tren de vuelta a Kiruna.

La última visita del día fue al famoso “Ice hotel”, un hotel enteramente construido de hielo que, como se puede adivinar, se hace nuevo cada temporada contratando para ello a renombrados arquitectos. Todo el mundo nos había recomendado encarecidamente ir a verlo y así lo hicimos aunque, una vez allí, dado el escandaloso precio que costaba entrar, nos conformamos con dar una vuelta por el exterior, “aprovechando” la enésima nevada del día.

En el paseo se incluyó asomarnos a una especie de iglesia civil, sin ningún símbolo religioso,

de la que tuvimos que salir porque se iba a celebrar una boda, asunto éste al parecer bastante popular entre los japoneses desde que han empezado a funcionar vuelos directos Tokio-Kiruna. De todas maneras, por muy de moda que esté, vaya birria de boda sólo con los novios a los que espero que, al menos, les den un caldo calentito.

El, para mí, momento álgido del viaje todavía estaba por llegar: se trató de una excursión en trineo de perros, y fue una de las experiencias más inolvidables de mi vida. La sensación de estar atravesando aquellos paisajes arrastrados por 12 huskies de Alaska fue indescriptible, conmovedora, emocionante,… Una rápida carrera en la que sólo se oye el trotar de los perros, el aire zumbando, alguna escasa orden del conductor del trineo, algún ladrido y alguna exclamación nuestra.

El paisaje a los lados de la ruta resulta grandioso en su sencillez y soledad.

A mitad de la mañana hacemos una parada para tomar un café y la mayoría de los perros ni siquiera se sientan.

Cuando nos vamos acercando al punto de partida, el horizonte se despeja y empieza a salir el sol.

Al llegar a casa, los perros tienen que estar cansados por haber arrastrado un pesado trineo cargado con 5 personas,

y reciben los cuidados y caricias de su dueño/conductor/entrenador…

De vuelta en Kiruna, ya acercándonos al largo crepúsculo, visitamos la gran iglesia de madera y sus alrededores,

antes de ir al centro para buscar algún sitio donde comer, a pesar de lo avanzado de la hora. El humo de la mina siempre está presente, como una amenaza latente que, de hecho, va a obligar a trasladar la ciudad alejándola de la explotación que, literalmente, está socavando sus cimientos.

A pesar de ello, sus habitantes son tranquilos y relajados,

aunque alguno parezca más mosqueado.

blog0137

Pero como decía el pato Howard, personaje de un cuento de mis hijos cuando eran niños, “todo lo bueno se acaba” y, casi sin darnos cuenta, ya estábamos en plena cuesta abajo del corto e inolvidable viaje.

Unas risas más tarde ya estábamos de nuevo en el aeropuerto de la ciudad para alejarnos rumbo al sur. El termómetro marcaba 11 bajo cero y los pasajeros andábamos en aparente desorden por la pista cubierta de nieve.

4 Respuestas a “Invierno en Laponia 2

  1. Me ancantaron!! La iglesia de hielo, sin imagenes religiosas, los novios de espalda, los árboles cubiertos de nieve, los perros!! en especial. Te pido permiso para imprimir algunas de tus fotos y enmarcarlas en lo que será mi futura casa.
    Gracias!!

  2. Increíble querido tio! Vaya experiencias con trineo incluido. Debe ser increíble! Ya me contaras con detalles. Abrazos grandes!

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