Viaje al norte de Noruega. Primera parte: de Bergen a Trondheim

A mediados de junio, cuando los días más largos del año convierten en interminables las horas de luz, empezamos un viaje de dos semanas que nos iba a llevar de Copenhague a Bergen en avión y de allí a Trondheim en autobús. En Trondheim íbamos a embarcarnos para llegar por mar a Honningsvåg, en la isla Magerøya, donde se encuentra el Cabo Norte; desde allí, de nuevo en autobús, bajaríamos a Lakselv, a unos 150 kilómetros al sur, donde con un coche alquilado íbamos a estar una semana recorriendo la zona.

Llegamos a Bergen sobre las 9:30 de la mañana, tras un respetable madrugón, y el autobús que cogimos en el aeropuerto nos dejó en el centro, junto a la Festplassen. Arrastramos unos pocos metros la maleta y la mochila y nos sentamos un rato junto al Lille (pequeño) Lungegårdsvann, bonito estanque lleno de gaviotas canas, para darnos cuenta de dónde estábamos.

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De camino al hotel, fuimos tomando el pulso a la ciudad y a sus habitantes, de variadas procedencias.

Teniendo en cuenta que Bergen es la ciudad más lluviosa de Europa (se recogen 2250 litros anuales, distribuidos entre los 235 días que llueve al año; entre el 29 de octubre de 2006 y el 21 de enero de 2007, llovió 85 días seguidos!), nada más dejar el equipaje en el hotel nos fuimos a Fløyen, una de las montañas que la rodean, a la que se accede mediante un moderno funicular

y en la que hay un mirador con unas vistas fantásticas de la ciudad. ¡Había que aprovechar el sol!

Además, allí arriba hay un montón de sendas por las que caminar entre bosques y con cuestas, lo que suponía un estupendo cambio respecto a la falta de montañas en Dinamarca. Así que caminamos un rato, disfrutando del sol y de algunos lugares que parecían ser el hogar de seres extraordinarios,

cuestión que vimos confirmada con algunos carteles encontrados en el camino.

De vuelta al mirador, vemos que se acerca al puerto el gran barco de vela que vimos alejarse esta mañana (ver fotos 5ª y 6ª), así que decidimos bajar para verlo atracar.

Al llegar a los muelles, de repente nos vemos transportados a una escena de alguna película de mediados del siglo pasado.

Y el calendario aún parece retroceder más cuando vemos por fin acercarse al magnífico Statsraad Lehmkuhl.

El barco incluso es protagonista en algunas tapas de alcantarilla, en las que parece resumirse el presente turístico de Bergen, incluyendo el Bryggen, el funicular de Fløyen o el telecabina de Ulriken, al que no subimos.

De camino hacia el centro pasamos por Bryggen, el barrio más antiguo de Bergen, en el que se asentaron los comerciantes de la liga Hanseática, y en el que todas las casas son de madera …..reconstruidas tras un incendio ocurrido en 1702 y otro en 1955. De momento no nos paramos mucho, ya habrá tiempo.

Volvemos a la zona de la Festplassen para ver el ambiente de domingo soleado por la tarde.

En uno de los lados del estanque está el KODE, el museo de arte de Bergen, que alberga una exposición de la colección Rasmus Meyer de la llamada edad de oro de la pintura noruega, que incluye obras de Edvard Munch.

Después de cenar tempranito, nos acercamos de nuevo al puerto. Justo enfrente del famoso mercado de pescado se encuentra una de las numerosas estatuas clásicas que hay repartidas por la ciudad. Ésta, del escritor, ensayista, filósofo, historiador y dramaturgo (¡cuántas cosas!) Ludvig Holberg, nacido en Bergen en 1684 y muerto en Copenhague en 1754, está en un emplazamiento realmente bonito.

La cerrada bahía -Vågen- que alberga la zona más popular del puerto es realmente atractiva, aún más con esta luz.

Pero nos hemos levantado a las 4 de la mañana y si esperamos a que la noche sea realmente oscura, igual tendríamos que esperar a septiembre, así que decidimos irnos a dormir, aunque cuando nos acostamos el sol sigue brillando, ya que no se pondrá hasta las 23:09 (ha salido a las 4:10) y se queda tan cerca del horizonte que no hay noche que merezca tal nombre.

Tras dormir como leones, retomamos los paseos por la ciudad, empezando por el ya citado Bryggen que, a decir verdad, no me interesó mucho: unas cuantas casas de madera que albergan tiendas para turistas, y montones de turistas que entramos y salimos de ellas sin parar de disparar nuestras cámaras (haciendo una birria de fotos, sin alma, al menos las pocas y desganadas que hice yo).

Junto a una de las salidas traseras del pequeño laberinto que forman las casa-tiendas hay otras casas, de piedra y con una esquela recordando su constucción en 1666, por delante de las cuales pasa la vida normal.

Vamos a continuación a otro de los polos de atracción turística, el Fisketorget, el mercado de pescado, consitutido por una veintena de puestos para comprar y comer, entre otras cosas, salmón, bacalao, cangrejo real o ballena. Noruega es de los pocos países que aún cazan ballenas, básicamente rorcual aliblanco (Balaenoptera acutorostrata). Las capturas se mantienen alrededor de los 500 ejemplares (459 en 2012), pese a que la cuota que se concede es de 1286; la poco justificable caza de ballenas parece que ya va tocando a su fin, y menos de 20 barcos pequeños se dedican a ella en los veranos de las islas Lofoten.

Otro caso interesante es el del cangrejo real (Paralithodes camtschaticus): se trata de un gran cangrejo originario del mar de Bering, introducido por la antigua Unión Soviética en el mar de Barents, y que ahora plantea un llamativo problema de gestión al estar afectando negativamente a los ecosistemas autóctonos y a la vez haberse convertido en un recurso económico no despreciable.

Paseando por el mercado oímos a muchos de los trabajadores hablar en español y, finalmente, nos acercamos a uno de los puestos en el que resulta trabajar Juan Menéndez Granados, asturiano de Pravia y aventurero de la bici que, a falta de generosos patrocinadores, se pasa los veranos trabajando en el mercado (y poniendo copas en una bar por las noches) para ahorrar para pagarse sus expediciones. Este otoño va a cruzar Groenlandia de este a oeste para entrenar la que va a ser su mayor expedición: llegar al Polo Sur con la bici, en solitario y sin asistencia, empresa que va a emprender el próximo invierno (verano austral). ¡Mucha suerte, Juan sin miedo!

Juan, segundo por la izquierda, con sus compañeros Nicola y Eric, italianos, y Miriam, de El Ejido, en Almería

Juan, segundo por la izquierda, con sus compañeros Nicola y Eric, italianos, y Miriam, de El Ejido, en Almería

Después de comer unos estupendos salmón y bacalao, subimos a la oficina de turismo, justo al lado, desde donde hay una bonita vista,

para, a continuación acerarnos al barrio que hay al oeste de Bryggen (no estoy seguro pero quizá sea el Nordnes), que está extrañamente vacío a pesar de estar constituido también por casas de madera, y muy bonitas. ¿Será por las cuestas?

A pesar de no ver prácticamente a nadie, ni nativos ni foráneos, sí encontramos rincones y escenas dignos de ser mirados.

Al bajar, de nuevo al puerto. No puedo evitar una enorme atracción por los barcos, y más si se trata de barcos con años y tormentas a sus espaldas o, mejor, bajo sus quillas, como el Granvin y el Atløy.

Aunque alguno, no especialmente pequeño, parezca de juguete al lado del Artania, uno de esos enormes cruceros que, con sus más de 230 metros de longitud, transportan a unos mil doscientos pasajeros y más de 500 tripulantes.

La medida humana la da un solitario y aparentemente triste pescador que lanza su caña sin éxito desde el muelle.

Antes de marcharnos, damos la vuelta hasta el otro lado de Vågen para hacer unas fotos que posteriormente montaré para tener una panorámica. Este es el resultado.

A la mañana siguiente, visitamos la sección de Historia Natural del Museo de la Universidad de Bergen, museo de planteamientos decimonónicos en lo que a las colecciones de animales disecados se refiere,

en las que destacan los esqueletos de ballenas, como el de una ballena azul, Balaenoptera musculus, el animal  más grande que ha existido nunca, dinosaurios incluidos. El esqueleto que está aquí colgado perteneció a una ballena que fue cazada en 1879 en Finnmark, la provincia más septentrional de Noruega, y que midió 24 metros.

Desde la sala de las ballenas hay una bonita panorámica de la ciudad.

Tras visitar de nuevo a Juan y sus colegas para interesarnos de nuevo por el salmón, recogemos y a las 4:20 de la tarde nos subimos al Fjordekspressen, el autobús que nos va a llevar a Trondheim.

El paisaje es espectacular: fiordos, lagos, ríos de anchura variable pero caudal siempre abundante; algunos te los imaginas hirviendo de salmones y otros serían imposibles de navegar en kayak de aguas bravas, salvo por los mayores expertos. A las 6 y media, entramos con el autobús en un ferry para cruzar el larguísimo Sognefjorden y evitar un rodeo de más de 200 kilómetros. La travesía durará 20 minutos.

Continúa el viaje por tierra. Montones de túneles atravesando las infinitas montañas, algunos de ellos en construcción. También subimos y bajamos puertos de montaña colgados sobre profundos valles glaciares. Abundan los serbales de cazadores en flor, los abedules y las píceas.

El cielo no termina de estar completamente oscuro, aunque durante unas escasas horas en el centro de la noche se ve bastante poco (a lo que también ayudan las omnipresentes montañas). Antes de las 4 vuelve a aclarar rápidamente. El terreno por el que discurre la carretera durante la última hora antes de llegar a Trondheim es mucho más amplio y ondulado, y está cubierto de cereal que parece césped, tal es su densidad y verdor.

Llegamos a Trondheim a las 6 y pico de la mañana tras 14 horas de viaje que, sorprendentemente, no se nos han hecho nada pesadas. El autobús ha hecho 32 paradas antes de llegar a su destino y ha sido llevado por tres conductores distintos. En las dos horas escasas que tenemos antes de embarcar, compramos víveres para la travesía y damos una pequeña vuelta por la ciudad, en la que vemos edificios modernos y barcos antiguos.

Nos sentamos al lado del puerto viendo Munkholmen, un antiguo fuerte y prisión construido en un islote, y que ahora ¡cómo no! es un restaurante.

Desde allí, por fin, vimos acercarse lentamente al elegante MS Finnmarken, que habría de ser nuestro hogar durante los próximos tres días, llevándonos hasta Honnigsvåg, tras navegar por lugares de ensueño.

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8 Respuestas a “Viaje al norte de Noruega. Primera parte: de Bergen a Trondheim

  1. Fascinantes barcos, sin duda un viaje de ensueño. Esperamos ansiosos la segunda parte de la travesía! Un beso

  2. Es impresionante el paisaje noruego, Me recuerda mi visita a Noruega en el mes de Septiembre hace años con un sol de verano. Inolvidable. Una vez mas las fotos espectaculares recogen perfectamente mis recuerdos. Que el viaje continúe feliz y nosotros que lo veamos. Un abrazo,

  3. Que bonito. Desde el calor de la península un viaje por esos lugares se echa de menos. Estoy deseando ver mas

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