Viaje al norte de Noruega. Segunda parte: de Trondheim a las islas Lofoten

La compañía Hurtigruten (en noruego, la ruta rápida) lleva 120 años transportando pasajeros y mercancías a lo largo de la complicada costa noruega (además de ir a la Antártida, Groenlandia, Svalbard…), y sus 12 barcos hacen regularmente el viaje entre Bergen y Kirkenes, a poco más de 7 kilómetros de la frontera rusa y 35 de la finlandesa. Diariamente, la mayoría de ellos están haciendo el recorrido y cruzándose cuando unos van hacia el norte y otros hacia el sur. Nuestro barco, el MS Finnmarken, fue construido en 2002 y, con sus 138,5 metros de eslora y 21,5 de manga, tiene capacidad para 1000 pasajeros.

Zarpamos de Trondheim sobre las 12 del mediodía. Muy pronto, tras salir del enorme fiordo en cuya mitad más o menos se encuentra la ciudad, empiezan los paisajes espectaculares (en realidad, no “empiezan”, no nos han abandonado desde que llegamos a Bergen).

Durante la navegación nos iremos encontrando con todo tipo de barcos,

y pequeñas localidades a la orilla del mar,

en cuyas costas a menudo se levantan faros que, al menos en un pasado no tan lejano, eran la única guía para las embarcaciones.

Respecto al Finnmarken, a pesar de la cantidad de gente que viajamos en él, la cubierta está casi vacía en muchas ocasiones.

Sobre las 9 de la noche (es un decir), tras pasar bajo el puente que la comunica con el continente,

llegamos a nuestra primera parada, Rørvik, en la isla Indre Vikna (Vikna Interior; es la más cercana al continente de las islas que componen el archipiélago de Vikna). Como el barco va a estar atracado algo más de media hora, aprovechamos para dar un paseo por la pequeña localidad, justo para ver a un pollo de gaviota cana en el suelo, pegado al muro exterior de una casa. Uno de los adultos baja y lo empolla, pero cada vez que pasa alguien por la calle demasiado cerca, se levanta y el pollo se queda solo. Aprovecho una de esas ocasiones para hacer una foto rápida del pollo de futuro incierto, tirando a negro. Hay otro pollo pequeño correteando por el canalón del tejado que, de momento, no se ha caído.

Como era de esperar, Rørvik no está llena de monumentos pero, aún así, tiene rincones bonitos.

Cuando zarpamos de nuevo, el paisaje adquiere un aspecto melancólico

y esa sensación de soledad se ve extrañamente acentuada con el paso de una motora, tan pequeña y frágil se la ve en ese inmenso escenario.

Yo no me quiero perder nada, así que cuando nos aproximamos a Brønnøysund pasadas las 12 y media de la noche,

nos deslizamos bajo el puente de rigor

y navegamos junto a sus dormidos muelles,

ando de una borda a otra mirando todo con ojos ávidos. Pero alguna vez hay que irse a dormir, sobre todo teniendo en cuenta que la última noche la hemos pasado en el autobús, de manera que cuando, en algún momento alrededor de las 8 de la mañana, navegando entre Nesna y Ørnes, cruzamos el Círculo Polar Ártico, el evento me pilla en la cama.

Junto con los trópicos de Cáncer (23º 27′ Norte) y Capricornio (23º 27′ Sur), el Ecuador (0º) y el Círculo Polar Antártico (66º 33′ Sur), la línea que hemos cruzado a los 66 grados 33 minutos de latitud Norte, es uno de los cinco paralelos principales de la tierra, y delimita el territorio donde el sol no se pone durante las 24 horas en el día del solsticio de verano. Lo que para nosotros significa que, desde ahora mismo hasta que regresemos a Oslo dentro de 10 días, no volveremos a tener noche.

Eso sí, aunque sea de día, de momento las nubes, alguna de ellas con aparente apego por la tierra, no nos abandonan.

Los paisajes siguen siendo para dejar sin habla a cualquiera y, a pesar de que es muy frecuente el tráfico de barcos, se mantiene la sensación de navegar por lugares solitarios e inalcanzables.

Por lo que no es de extrañar que navegar por aquí produzca ensoñaciones en algunos viajeros,

aunque también haya lugar para observaciones de marcado carácter económico con implicaciones ambientales, como las relacionadas con la abundancia, en algunas zonas, de explotaciones de acuicultura dedicadas al engorde de los famosos salmones noruegos (aunque los más famosos son los salvajes).

Pasado el mediodía llegamos a Bodø que, con sus casi 50.000 habitantes es la segunda ciudad más grande del norte de Noruega. Estamos en ella un par de horas y, al margen de encontrar los mapas del país que me faltaban y ver alguna bonita casa de madera mientras damos un paseo, la verdad es que no tiene mucho destacable -o no lo vemos en tan escaso tiempo.

A partir de media tarde sale un sol glorioso, lo que no impide que se sigan produciendo situaciones de ensoñación entre el pasaje.

Hemos puesto proa al noroeste para, tras cruzar el Vestfjorden (el fiordo del oeste), ancho brazo de mar abierto, llegar a las míticas islas Lofoten. Antes de las 7 de la tarde empezamos a navegar cerca de ellas, y el espectáculo es fantástico,

aunque al principio hay quien se lo pierde por su desmedida afición a las siestas al sol.

Pero no hay problema. Hay tiempo para todo y suficientes cosas para mirar.

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5 Respuestas a “Viaje al norte de Noruega. Segunda parte: de Trondheim a las islas Lofoten

  1. Estuve en Trondheim unos días hace un par de inviernos y pude hacer un corto viaje en tren hacia el norte. También tuve esa sensación de inmensidad tranquila, pero este viaje va mucho más allá. ¡Enhorabuena!

  2. Hmmm, qué gussssto. Me requetechifla la última foto. Para colmo tengo de fondo una música para meditación, que parece acompañar a las nubes, al agua…

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