Viaje al norte de Noruega. Tercera parte: de las islas Lofoten a Honningsvåg

Las islas Lofoten tienen para mí ese halo mágico de las novelas de aventuras leídas en la infancia. Tierra de pescadores y balleneros, esta última industria parece que feliz y finalmente está a punto de expirar.

Hacemos una breve parada en Stamsund, en la isla Vestvågøy, una de las más suroccidentales de todas las Lofoten, para a continuación navegar hacia el nordeste la escasa hora y media que nos separa de Austvågøy, la isla en la que se encuentra Svolvær que, con sus casi  4200 habitantes, es una de las dos mayores ciudades del archipiélago.

Aunque vamos a estar en tierra solamente una hora, no puedo evitar sentir cierta emoción al pasear por las calles de Svolvær,

y al ver los secaderos de bacalao cuando nos alejamos de nuevo.

Sobre las 11 de la noche entramos en el Raftsundet, estrecho de 26 kilómetros de longitud,

y media hora después, tal y como estaba previsto, viramos hacia el oeste para entrar en el corto y espectacular Trollfjorden.

Hasta llegar al fondo de saco del fiordo, en el que se puede virar para salir, parece que el barco se va a quedar encajado entre las verticales paredes.

Al mirar desde la popa se aprecia la estrechez del paso, la profundidad hay que imaginársela.

Minutos más tarde de la una de la madrugada, parece que las nubes bajas y la niebla se van a adueñar de todo.

Sin embargo, quince minutos después la niebla se ha disipado por delante del barco y nos permite divisar el Hadselbrua, puente de 1011 metros de longitud construido en 1978, que une la isla de Langøya, al norte, con el pequeño islote de Børøya.

Pasamos bajo su arco central tras virar hacia el oeste,

y al rodear la pequeña Børøya y de nuevo virar hacia el sureste, para hacer una breve parada en Stokmarknes, en la isla Hadseløya, vemos aún otro puente, el Børøybrua, éste de 336 metros y construido en 1967, que une estas dos islas, ambas pertenecientes al grupo de las Vesterålen, justo al norte de las Lofoten.

En un edificio del puerto, de tejado plano y con grava, hay nidos de gaviota argéntea, ostrero y charrán ártico. Los pollos de gaviota corretean por la grava.

Son ya casi las 2 y cuarto de la madrugada y sé que tengo que irme a dormir, y aunque los paisajes por los que navegamos me mantienen sobre-excitado, tras unas últimas fotos me marcho al camarote, ya pensando en levantarme de la cama nuevamente.

Todavía no son las 10 de la mañana y ya estamos de nuevo en cubierta disfrutando de las vistas, tras haber engullido un magnífico desayuno.

El día se ha levantado radiante, y aunque el sol quita misterio al paisaje, hay luz una preciosa que acentúa los colores.

Llegando a Finnsnes, nuestra siguiente parada, avistamos otro de los numerosos puentes que conectan las islas con la red de carreteras. En este caso se trata del Gisund que, salvando el estrecho del mismo nombre con sus 1147 metros de longitud, une Finnsnes con la isla de Senja, la segunda más grande de Noruega.

En el puerto nos encontramos con un viejo anuncio de chocolate que parece sacado directamente de mi infancia. Las coordenadas de la ciudad dejan ver a las claras lo mucho que estamos avanzando hacia el norte.

Inmediatamente empezamos a ver grupos de charranes árticos (Sterna paradisaea), la única especie conocida de ave que migra entre las regiones árticas, donde cría, y la Antártida, donde pasa su segundo verano del año durante el invierno boreal. Un viajecito de entre 30 y 40 mil kilómetros ida y vuelta cada año.

Continuamos viaje siempre hacia el norte, pasando por algunos lugares transformados en mágicos por los reflejos en el agua tranquila .

Abundan las construcciones aisladas

y las pequeñas comunidades,

y casi siempre hay algún barco a la vista. También hay salmoneras, frecuentes pero nunca en grandes cantidades.

En Tromsø haremos la parada más larga del viaje. En las casi 4 horas que permanecemos en la ciudad más grande del norte de Noruega tenemos tiempo de pasear por el mercadillo en el que se vende ropa, bacalao (escrito tanto ‘torsk’ como ‘tørrfisk’) de la isla de Senja, y eglefino (‘hyse’), otro pez de la familia del bacalao, también popular porque su nombre inglés -haddock- sirvió para que Georges Remi, más conocido como Hergé, bautizara al ínclito Capitán Haddock, fiel compañero del reportero Tintín.

No nos encontramos con el famoso capitán, gran aficionado a los tragos de Whisky Loch Lomond, sino con gente del lugar y otros turistas disfrutando del magnífico día, y con una escultura de un ballenero.

El centro de Tromsø se localiza en la isla Tromsøya y, cruzando por el puente Tromsø o el túnel Tromsøysund (no demasiado originales poniendo nombres), se llega a la parte continental de la ciudad, donde se encuentra la catedral del ártico, que no tuvimos el gusto de visitar.

El escudo de armas, representando un reno, tiene 143 años de antigüedad y se encuentra tanto en las tapas de las alcantarillas

como en los vehículos municipales.

El centro de Tromsø alberga una gran cantidad de casas históricas de madera, la más antigua, de 1789.

En una de ellas se encuentra el Museo Polar, frente al que se levanta un busto de Roald Amundsen, el legendario explorador noruego que consiguió ser el primer hombre que alcanzó el polo sur, el 14 de diciembre de 1911, después de haber sido el primero en navegar el Paso del Noroeste entre el Atlántico y el Pacífico canadienses entre 1903  1906, y antes de ser el primero en documentar sin dudas el haber alcanzado el polo norte por aire en 1926. Murió dos años después, al estrellarse su avión en una expedición de rescate del explorador italiano Nobile y su tripulación, estrellados a su vez volviendo del polo norte.

A las ocho de la tarde, hora y media después de dejar Tromsø, las nubes empiezan de nuevo a cubrir el cielo,

y la situación se mantiene pasadas las diez de la noche,

lo que no impide que disfrutemos de unos paisajes grandiosos.

Cerca de las 11 hacemos una breve parada en Skjervøy, el tiempo justo para una rápida maniobra de atraque que permite la descarga de algunos materiales de construcción y unos pocos pasajeros, e inmediatamente continuamos la navegación.

Son las 12 de la noche y hoy es 21 de junio, solsticio de verano, aunque aquí el hecho de ser el día más largo del año carece por completo de significado: durante unos 70 días el sol no se oculta tras el horizonte, así que el día dura 24 horas. Sin embargo, un grupo de chicas que nos parece que trabajan en el barco está celebrando el momento con flores y sonrisas….y con nosotros, que somos los únicos disponibles en cubierta para hacerles unas fotos con sus móviles, y de paso hacerles un retrato.

Y este es el famoso sol de medianoche, para ser exacto de las 12 y 10 de la noche. Es la primera noche desde que cruzamos el círculo polar ártico que las nubes nos dejan verlo un poco. Habrá tiempo de disfrutarlo en condiciones.

Son las 9 y media de la mañana y hacemos otra breve parada en Havøysund, ya a 71º de latitud. Cuando partimos de nuevo, el puerto es un espectáculo de gaviotas argénteas y sombrías.

Por fin, tras un rato con un fuerte viento del norte, viramos ligeramente hacia el sudeste entrando en el Magerøysundet y poniéndonos al abrigo de la isla Magerøya.

Una hora escasa después llegamos a Honningsvåg, principal población de la isla, famosa porque justo en el extremo opuesto de esta localidad se encuentra Nordkapp, el Cabo Norte, el lugar más septentrional de Europa, aunque ya hablaremos de eso en la próxima entrada.

De momento, toca despedirse del Finnmarken y del viaje en barco por estos mares.

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