Viaje al norte de Noruega. Cuarta parte: Magerøya, la isla del Cabo Norte

¿Qué queréis que os diga? A mí esto del Cabo Norte me parece un poco raro. En el folleto oficial del lugar, en el que se presume de esos 71º 10′ 21″ de latitud Norte, se dice literalmente: “Durante más de 300 años, gente de todo el mundo ha ido al Cabo Norte para experimentar el punto más al norte del continente europeo….” ¿Continente? Pero si está en una isla. Y, si “valen” las islas ¿por qué no situar ese mítico punto en alguna de las islas Svalbard, que alcanzan los 81º norte? ¿No será porque Honningsvåg, la principal ciudad de la isla Magerøya, tiene un puerto con calado suficiente para acoger no sólo barcos de tamaño mediano, como nuestro Finmarken,

sino enormes cruceros, capaces de transportar a miles de pasajeros, y además es mucho más accesible y menos peligrosa que las remotas Svalbard, con más osos polares que personas? Business as usual.

La posibilidad de alcanzar el lugar por carretera tampoco es un argumento de peso, ya que sólo se puede hacer desde que en 1999 se inaugurara el túnel, de casi 7 kilómetros de longitud, que une el contienente con la isla cruzando bajo el lecho marino.

El caso es que de esos barcos descendemos los turistas por millares -unos 250.000 al año, incluyendo los que llegan por carretera- y nos lanzamos a buscar “lo típico”, ya sean niños comiendo helados,

o, en otra demostración más del poder del comercio global, cuernas y pieles de reno puestos a la venta por personas de etnia sami….en una caja de manzanas procedentes de Val Venosta, en la provincia autónoma de Südtirol, en el lejano norte de Italia.

Ya en las cercanías de Nordkapp, la huella humana en forma de carretera, estrecha cinta pegada al terreno, parece absolutamente frágil e irrelevante.

Esa sensación de pequeñez se acentúa al contemplar este paisaje de acantilados y enorme mar.

En lo alto de uno de ellos, se encuentra el Globo, escultura que se ha convertido en el símbolo del lugar.

Al mirar hacia el norte y pensar en el creciente deshielo del Ártico en verano, no queda más remedio que reconsiderar el asunto de la irrelevancia de la presencia humana: es cualquier cosa menos irrelevante, aquí y en toda la Tierra,

por más que dé la impresión de que el centro de visitantes, en su mayor parte subterráneo, podría ser barrido por una buena tormenta.

A última hora, un hombre saca de una bolsa una trompa de los Alpes extensible y toca algunas antiguas melodías. Bonito final de la visita.

Por lo que respecta a la ciudad, Honningsvåg, con sus escasos 2500 habitantes es poco más que un puerto en el mar de Barents (en honor del navegante, cartógrafo y explorador holandés del siglo XVI Willem Barentsz), dedicado a la pesca, aprovechando que esta zona permanece libre de hielo, y al turismo, sobre todo en verano.

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El amor por los barcos va más allá del puerto, y no es infrecuente encontrarlos también dentro de las casas, quizás como alegoría de la libertad de poder escapar de esta inhóspita tierra en los meses del cruel invierno,

aunque, en algún caso, el velamen desarbolado de uno de ellos no es más que una metáfora del fracaso.

Quien quiera puede encontrar más alegorías de la libertad -¿qué mejor que un ave, un ostrero en este caso?- siempre capaz de volar rumbo al sur,

sur al que mira siempre Honningsvåg, de donde vendrán todos los bienes y al que contemplar con añoranza.

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