La puntualidad de los daneses

Habían coincidido en un bar de blues aquella misma noche escuchando a un bluesman de Mississippi, setentón, negro por supuesto, y fantástico. El local en cuestión era pequeño y estaba bastante viejo, pero ofrecía música en directo a diario y, a juzgar por lo que pudo oír entonces, de gran calidad. Para unos turistas como él y sus amigos, recién llegados a Copenhague, tenía la ventaja de estar en el centro. Además, el hecho de que en el local se pudiera fumar y se bebiera sin ninguna moderación (incluido el cantante guitarrista, que trasegaba vasos de whisky con una sorprendente velocidad), era muy útil para que su torpeza con cualquier idioma diferente del suyo careciera casi por completo de importancia.

Habían intercambiado unas cuantas miradas durante el concierto hasta que, al final, se le acercó y, con un gesto de su vaso vacío, le invitó a acompañarle a la barra. Ella, alta, rubia y guapa, muy guapa, y él, con el pelo negro rizado, la piel bronceada y una buena colección de músculos -trabajosamente contorneados en horas de gimnasio- marcados bajo la camiseta blanca ajustada, hacían una pareja francamente llamativa. La incomunicación verbal era absoluta: ella lo intentó primero en danés, luego en inglés y por último en alemán. Él respondía a cada intento de ella con una sonrisa hasta que, después del alemán y antes de que ella siguiera demostrando sus habilidades y poniendo en evidencia sus carencias, la besó sin pensárselo dos veces. Ella recibió el beso de forma participativa, de modo que, al cabo de varias cervezas y unos cuantos besos largos  y sin cruzar palabra, ella le cogió de la mano para sacarle del local. Apenas tuvo tiempo de guiñar un ojo a sus amigos que le miraban envidiosos mientras se encaminaban a la puerta.

Afortunadamente para él, habían alquilado unas bicicletas nada más llegar a la ciudad, de manera que pudo ir con ella sin dificultad hasta su piso en la calle Gammel Kongevej, según pudo atisbar en un cartel. De lo que pasó arriba no hay nada que decir.

Recuerda que en un momento dado, ella le besó ya vestida y le dijo algo que, por supuesto no entendió. Oyó la puerta cerrándose cuando ella salió, seguramente para ir a trabajar. Se dio la vuelta en la cama y siguió durmiendo hasta que la luz que entraba por la ventana sin persiana le hizo levantarse.

Al llegar al salón, observó lo que quedaba de la noche anterior, y se sorprendió al ver que ella había dejado los zapatos tirados allí mismo. Esos zapatos con los que a él le parecía imposible andar, pero que a ella no le impedían ni siquiera pedalear y que, además, le quedaban espectaculares.

Llegó a la cocina con intención de preparase un café. Encima de la mesa encontró una nota escrita con una letra limpia y ordenada, pero por completo indescifrable para él. Primero había algo escrito en lo que acertadamente supuso que era danés: “Min mand går fra arbejde kl. 9.30 og kommer hjem kl. 10. Vær venlig at forlade lejligheden før”. También lo había escrito en inglés: “My husband ends his job at 9:30 and arrives home at 10. Please, leave before”.

Justo en el momento en el creyó recordar que “husband” significa marido, se escuchó el ruido de una llave en la cerradura del piso. El reloj de la cocina señaló las 10.

Los daneses son muy puntuales.

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2 Respuestas a “La puntualidad de los daneses

  1. ¡¡¡que sorpresa!!!. Precioso relato. Lenguaje elegante muy bien construido. Me ha gustado. Dan ganas de ir a la sala de jazz y conocer a la pareja, sobre todo a ella. Para que hacden falta a veces las palabras.

  2. 590 palabras: preséntate a un concurso de microrelatos, proliferan más que la pleurotus. La Ostreatus…. Oh tempora, oh mores.
    Recomendación literaria: Katherine Mansfield.
    Insisto: veámonos.

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