El bosque encantado

En honor de  D. Miguel de Cervantes y su Don Quijote de la Mancha

En un lugar de Castilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que había un bosque de los que se dicen encantados, troncos antiguos, otros jóvenes y muchos rebrotes. Lluvias en otoño, sequía los más días, hielos y nieves los inviernos y algunos rayos sin fecha fija consumían las tres cuartas partes de su tiempo. El resto de él concluía en días luminosos de temperatura suave y dulces fragancias, a las que contribuían tanto las flores de su interior o de los alrededores,

Azucena silvestre o martagón (Lilium martagon), y clavelina (Dianthus sp.)

como los matorrales que habitualmente lo rodeaban.

De arriba a abajo: gayuba (Arctostaphyllos uva-ursi), brezo (Erica australis) y enebro rastrero (Juniperus communis) con jara (Cistus laurifolius)

Tenía en su comarca muchas especies de mariposas, entre otras la apolo (Parnassius apollo), la medioluto montañera (Melanargia russiae), o la zigena de seis puntos (Zygaena filipendulae),

así como muchas otras especies de invertebrados, como avispas papeleras (Polistes dominula), arañas escondidas en sus madrigueras (Lycosa hispanica, considerada recientemente como especie distinta de Lycosa tarantula), o grandes ciervos voladores, de los que algunos machos habían caído en singular combate (Lucanus cervus).

Todos ellos le alegraban con sus colores y zumbidos en los días cálidos del verano, como también lo hacían las numerosas especies de aves canoras de la comarca y los animales -grandes y pequeños- cubiertos de pelos o escamas, y aun los de piel lisa y resbaladiza.

Frisaba la edad de nuestro bosque con los muchos centenares de años; era de gran diversidad de especies, corto de lluvias, enjuto de suelo, con muy empinadas laderas y amigo de las buenas vistas. Quieren decir que tenía un sobrenombre u otro, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba El Bosque Encantado. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber, que este sobredicho bosque, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año- se daba al crecimiento de los árboles que lo componían con tanta afición y gusto que había en él árboles de grandísimo tamaño, ya fueran robles albares (Quercus petraea), tejos (Taxus baccata), hayas (Fagus sylvatica) o fresnos de hoja ancha (Fraxinus excelsior), sin olvidar a los más pequeños como los mostajos, (Sorbus aria), aladiernos (Rhamnus alaternus), serbales de cazadores (Sorbus aucuparia), avellanos (Corylus avellana), o cerezos de racimo (Prunus padus), a los que también dedicaba parte de su atención.

Siendo aquella una tierra tan dura, era frecuentemente golpeada de rayos que dejaban malheridos a los árboles sobre los que caían, si bien a veces se mantenían en pie.

Con estas razones perdía el pobre bosque algunos de sus miembros que, no pudiendo en ocasiones resistir la descarga, caían muertos, arrastrando en su caída a los jóvenes que anduvieran cerca,

y aun provocando incendios que mataban a más compañeros y dejaban libre el terreno que era rápidamente colonizado por brezos y otros matorrales.

Pero, con todo y con eso, el bosque se mantenía firme, exhibiendo orgulloso impresionantes ejemplares.

En fin, llegó el último momento de permanecer en el bosque, y después de recogidos los bártulos y hallándose presentes más de uno y más de dos escribanos, nos retiramos prudentemente.

Este fin tuvo el día en El Bosque Encantado, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todos los lugares de Castilla contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

Nota: las fotos han sido hechas con una cámara Sony Cyber-shot RX100 III

 

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5 Respuestas a “El bosque encantado

  1. Gracias doy, por la merced que me hace, de saborear la belleza de este Bosque encantado. Seamos cómplices en su cuidado, pues sin ellos no sólo perdemos sus gracias sino las nuestras.

    • Vuesa merced sí que dice palabras atinadas. Necesario es, pues, escucharlas con atención y ponerlas en práctica, ¡pardiez!

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