Tipos de (y en) Bélgica. 2.- Gante

Esta es la última publicación sobre los retratos -casi siempre robados- hechos a distintas personas en tres viajes cortos, a razón de uno por mes, en agosto, septiembre y octubre, aunque por supuesto seguiré haciendo retratos, uno de los temas universales de la fotografía. Esta última galería de tipos empieza con el lector en el tren que nos llevó de Brujas a Gante. Su aire de poeta ruso de principios del siglo pasado me resultó irresistible.

Una vez en esta hermosa ciudad, y tras reunirnos con los amigos con lo que habíamos quedado, empezamos a pasear por sus calles y plazas y a cruzarnos con gente interesante y «retratable», ya fueran grupos familiares con amigo barbudo (reconozco mi especial debilidad por las buenas barbas, seguramente síntoma de envidia),

parejas de amigas trabajando sentadas en el suelo, con el portátil en el regazo y el móvil echando humo,

o un vendedor que, frente al castillo de los condes de Gante, ofrece flores y cuberdons o neuzekes, unos dulces típicos de Gante, y de Bélgica en general, cuya receta es tan secreta como la de la cocacola.

Otra presencia permanente -como en mi querida Copenhague- y también motivo de envidia, son las bicicletas, que aquí contrastan su modernidad y la del usuario del móvil con los viejos muros de ladrillo.

Al atardecer, y tras un breve descanso en el hotel, empezamos tomando unas cervezas en el Hotsy Totsy Club, lugar con una decoración un tanto pasada de moda pero agradable y acogedor, y una selección de cervezas francamente notable, uno de cuyos parroquianos parecía decidido a explorar a fondo.

Al principio el local estaba tranquilo y las camareras tenían tiempo para relajarse y leer la prensa local,

pero al rato empezó a llegar gente, mucha gente. La mayoría llevaban camisetas negras, bufandas y sombreros

y una de ellas nos explicó que venían de Holanda siguiendo a una banda de músicos amigos que, una vez al año, hacían una mini-gira por algún país cercano acompañados y jaleados por sus fieles fans. En este caso, y por eso de estar en Gante (Gent, en flamenco), la gira, según se podía leer en las camisetas, se denominaba Ladies & GENTlementour. Eso sí, y pido perdón por ello, he olvidado por completo el nombre de la banda, aunque pensándolo bien tampoco es demasiado importante.

A pesar del aspecto aburrido de alguno de los asistentes,

los músicos tenían marcha y consiguieron hacer bailar a algunas seguidoras

y beber para olvidar -o recordar- a otras.

Una de las conclusiones de la velada es que, a pesar de marcharnos antes de que acabara el concierto -el local estaba agobiantemente lleno- nos quedamos sin cenar: los belgas son gente de orden en esto de los horarios y más vale no despistarse.

En los dos días siguientes, continuaron los paseos por la ciudad, incluyendo algún café en la antigua sede de la oficina de correos, comprada y reconvertida por una cadena de locales que ofician como restaurante, cafetería y panadería,

el callejeo por barrios con pocos turistas,

un rato de relajo junto a un canal observando una embarcación atípica paseando a una familia

y una visita a la catedral de San Bavón, en la que un hombre ofrecía algún tipo de información o servicio, con poco éxito a juzgar por su cara,

y colgaba un pequeño esqueleto de ballena en la girola que rodea al ábside. Redactando esta entrada, leo que se trata del esqueleto de un rorcual joven que en 2015 llegó en el bulbo de un barco brasileño; donado a la universidad de Gante, dio la casualidad de que empezó a exhibirse en la catedral justo una semana antes de nuestra llegada.

Y ya que estamos con animales, parece que en Gante, al igual que en Brujas, también son populares los perros con tendencia al cansancio

y los conejos, aunque aquí no sean de escayola sino que están pintados a gran tamaño en las paredes.

En estos atardeceres y noches de fin de semana y con un tiempo más propio de primavera, la gente abarrota las muchas terrazas y restaurantes que hay en el centro, ya sea para tomar una cerveza

o para cenar al aire libre.

En nuestro último día juntos, descubrimos a un hombre -¡otro con gran barba!- meditando en un parque, como recién llegado del antiguo testamento,

y unas chicas paralelas descansando en otro parque.

Llegado el momento de la vuelta parece que a todo viajero le entra cierta nostalgia, que puede empezar ya en el tren

o mientras se espera en el aeropuerto.

Hay quien la combate a base de teléfono móvil,

o, como mi compañera de asiento en el avión, durmiendo un rato y soñando con el bebé que va a tener en unos pocos meses y que en el próximo viaje quizás ya le acompañe.

Todas las fotos están hechas con una cámara compacta Sony DSC RX100M3, con objetivo Zeiss Vario-Sonnar T* f=8,8-25,7 mm (equivalente a un zoom 24-70 mm en cámaras de 35 mm); F1,8-2,8.

 

 

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