Retratos en Nueva York. Primera parte: gente sin más

Algunas de las personas con las que he hablado desde que hemos regresado de este viaje ya saben que no me ha gustado esa gran -enorme- ciudad. No negaré las muchas cosas interesantes, y aun apasionantes, que se pueden encontrar en ella, pero me parece que está mucho más allá de unas dimensiones humanas razonables, sin entrar de momento en el despropósito ambiental del ingente despilfarro de materiales, petróleo y energía. Desde luego, y parafraseando a Paco Martínez Soria, «la ciudad -al menos esta- no es para mí». Pero lo que sí me ha gustado es la gran diversidad de personas que se puede encontrar allí, de la que me he aprovechado haciendo un buen número de retratos que, como quien siga este blog habrá notado, son uno de mis temas fotográficos recurrentes y favoritos.

No recuerdo quién decía que en un retrato hay al menos cuatro personas: la persona real retratada, la imagen que de sí misma quiere mostrar a los demás la persona retratada, la persona que ve el fotógrafo y la persona que el fotógrafo quiere mostrar. Por eso me gustan especialmente los retratos participados, consentidos, acordados, o como queráis llamarlos; es un ejercicio interesantísimo intentar juntar esas cuatro personas en una sola instantánea y, cuando se consigue, seguramente estaremos ante un buen retrato. Lo dicho, son mis favoritos. Sin embargo, en este viaje, solo he podido hacer uno, el de Ann Albert, de North Woodstock, New Hampshire, sentada en el porche de su motel.

Luego están los otros retratos, aquellos que se hacen sin que la persona fotografiada se dé cuenta o, como mínimo, sin su participación. Últimamente se los llama «robados», aunque yo preferiría llamarlos algo así como «retratos sin la participación activa y consciente de la persona retratada»… sí, ya sé que es un poco largo. El caso es que en estos retratos, como se quiera llamarlos, las cuatros personas se reducen a una, y lo que se pierde por un lado: la persona retratada no puede decir «aquí estoy y yo soy así», se gana quizás en valor documental: «en esos precisos momento y lugar, esa persona era así, aunque ella no fuera consciente».

Dicho lo cual, ahí va la primera parte de los retratos hechos en «esa» ciudad especial. Todos menos el de Ann Albert (hecho con la cámara réflex, mucho más grande e indiscreta, y cuyo enfoque automático se estropeó antes de aterrizar), han sido hechos con una pequeña cámara compacta que, además, tiene la pantalla móvil, lo cual permite hacer las fotos con la cámara en el regazo y sin mirar a las personas retratadas. Es un muestrario de las personas con la que nos cruzamos y que, por muy diversos motivos, llamaron mi atención y se convirtieron  sin saberlo en «mi» Nueva York particular. Muchas gracias a todas ellas.

Hay quien parece sacada de una película de los años cincuenta del siglo XX.

Y, aunque la tendencia al sobrepeso desmesurado está muy extendida, también hay mucha gente sin un gramo de grasa.

Los turistas, por supuesto, también formamos parte del paisaje urbano,

y hay quien se toma muy en serio lo de posar.

Hay quien prefiere un rato de soledad,

quien se reúne con los colegas para cerrar negocios… o una cita para acudir a una fiesta súper-moderna,

quien trabaja,

disfruta de un cuadro de Roy Lichtenstein,

de una instalación,

o descansa después de tanta actividad visual.

De vuelta a la calle, encontramos parejas enamoradas… o comiendo,

jugadores de ajedrez, mirones y paseantes,

amigos esperando amigos,

o la encantadora Jiya Da Chorona, que dejó su Corea del Sur natal y viaja por el mundo dibujando y pintando. Cuando la conocimos dibujaba el volcán Kilauea con tizas de colores en Washington Square Park, pidiendo a la diosa del fuego que fuera benévola.

Una de las cosas que más nos sorprendió, por desconocimiento, fue una manifestación de judíos ortodoxos que, por motivos religiosos, se oponen al sionismo y a la propia existencia del estado de Israel.

Los parques de la ciudad están llenos de sillas y mesas en las que, además de comer comida de calle y generar un montón de basura, la gente se sienta a descansar, mirar, charlar, etc. Y a que yo les haga fotos, claro.

Hay quien no tiene silla a mano,

quien casi se tumba a descansar, reventado de pedalear cargado,

quien espera a poder salir de aquí,

quien suplica que le saquen,

y hasta quien reza para largarse lo antes posible.

Nota: la foto de Ann Albert fue hecha con una cámara Nikon D-700, con objetivo Nikkor de 50 mm. Todas las demás con una cámara compacta Sony DSC RX100M3, con objetivo Zeiss Vario-Sonnar T* f=8,8-25,7 mm (equivalente a un zoom 24-70 mm en cámaras de 35 mm); F1,8-2,8.

 

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2 Respuestas a “Retratos en Nueva York. Primera parte: gente sin más

    • Jajaja, solo soy un mirón a quien además le gusta la fotografía, que sirve para remediar la falta de memoria.

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